A veces el pánico parece capaz de tragarnos enteros, de consumir nuestras vidas hasta dejarnos secos.
A veces pareciese que estás solo en medio de la angustia, la ansiedad, una tormenta de emociones oscuras que nadie más parece ser capaz de entender...
El sonido repentino de una alarma sacó a un chico del estado de hipnosis y concentración absoluta al que entró en algún momento de la noche, probando acordes y notas en aquella guitarra desgastada.
Extendió una mano cansada hacia el teléfono, apagó la alarma, y finalmente, levantó la mirada hacia la ventana de cortinas cerradas. Un hilillo de luz le indicaba que ya era de día: que nuevamente daba comienzo aquel ciclo sin fin.
Bostezó, desganado. Unas cuantas lágrimas escaparon sus ojos inyectados en sangre carmesí. El ardor de sus globos oculares y el peso abrumador sobre sus pestañas eran la evidencia de un crimen contra sí mismo que, en algún punto al comienzo de su adolescencia, se convirtió en rutina.
Mientras guardaba su guitarra en una funda tan llena de agujeros y mordidas de polillas que parecían parte del diseño, unos golpes ahogados por madera interrumpieron el silencio y la puerta fue abierta por una mujer de mirada vacía.
—Tu desayuno está en la mesa... Tu...—un escalofrío recorrió el cuerpo de la mujer. Cerró los ojos con fuerza, y tras unos segundos en los que sólo su respiración agitada fue audible, los abrió de nuevo—padre ya se fue al trabajo. ¿A qué hora vuelves hoy?
—Hoy me quedo donde Woonhak. Te dije hace una semana—contestó el chico.
—Ah...
—Sí.
—Qué te vaya bien. ¿Puedes llevarte a tu hermana al colegio?
—Siempre lo hago.
—Ah.
Ambos se quedaron en silencio, hasta que la mujer finalmente cerró la puerta.
Un suspiro escapó de los labios rotos del chico.
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—Taesan, Taetae, Han Dongmiiin—llamaba la voz de un chico rubio. El aludido llevaba puestos audífonos de cascos, stickers sucios y viejos de su banda favorita decorando cada centímetro de plástico negro. El rubio se acercó apenas un metro a su amigo, y pese a la bulla de los estudiantes que pasaban por su lado como un río de personas, alcanzaba a oír la leve melodía de Welcome To The Black Parade.
—¡Han Dongmin! —exclamó, y en un movimiento ágil, le sacó los audífonos. El aludido apenas reaccionó con un sobresalto, y, lentamente, se volteó hacia su mejor amigo.
—Woonhak, te he dicho que no hagas eso. Con tocarme el hombro bastaba—musitó. Woonhak puchereó, y tras unos segundos manteniendo los audífonos en el aire, se los extendió al mayor.
—Ya, pero es que no escuchas. Mira, no soy alguna vieja metiche como para venirte a decir que te vas a quedar sordo por escuchar la música tan fuerte, y mucho menos cuando sé porqué lo haces—empezó el rubio. Taesan suspiró—. Pero tienes que estar aunque sea un poco más atento. No te digo que dejes el volumen al mínimo o a la mitad, esa mierda hasta a mí me estresa, pero no puedes estar como zombi ajeno a tu entorno ¡Imagínate un día vas en la calle así y no sientes el ruido de un camión y PUM, me quedo solito!