Capitulo 1

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A quienes apuestan por el amor y la libertad

aún cuando todo está en juego.


Quedaban unos pocos minutos para empezar a descender y un nudo se formó en la boca de mi estómago. Las nubes parecían envolver el avión como si nos estuviera arrastrando hacía un lugar desconocido, pero, a pesar de la tranquilidad aparente, sentía que mi cuerpo se tensaba con cada milímetro que bajábamos. No me gustaba volar. No me gustaba la sensación de perder el control, de estar suspendida en el aire, entre el cielo y la tierra, sin saber exactamente qué vendría después. Miré por la ventana, sin saber qué esperar aquí, sin saber qué esperaba conseguir con todo esto. El sol de la tarde apenas iluminaba las montañas que se perfilaban en el horizonte.

Granada. Una ciudad que hasta ese momento solo existía en mi imaginación y que había llegado a mí a través de conversaciones con papá. Pero ninguna de aquellas charlas me habían preparado para lo que sentía en este momento. En realidad, nada podía prepararme para esta sensación de estar desmoronándose mientras aterrizaba hacia algo que ni siquiera sabía si quería.

Todo parecía lejano, distinto. El paisaje que veía a través del cristal estaba lleno de montañas que no conocía, de tierras que nunca había tocado, y, aún así, sentí el temblor. Como si la ciudad me estuviera esperando para ser parte de algo que yo aún no podía entender.

Miré al frente, donde las azafatas recorrían el pasillo con calma, dando las últimas instrucciones antes de aterrizar, y mi mente volvió a lo que había dejado atrás.

Oviedo. Mamá. Javier. Cat.

Aún sigo pensando en lo que he hecho ¿Por qué me he ido? ¿Porque esta Olivia ha hecho algo totalmente distinto de lo que está acostumbrada? Como si escapar fuera la solución, como si la distancia pudiera curar las cicatrices que aún no lograba ver con claridad. De pequeña siempre había tenido miedo a volar ( y a todo) pero en los últimos años, he aprendido a vivir con ese miedo. A vivir con la idea de que, aunque no tuviera control sobre lo que ocurría, siempre podía intentar seguir adelante, aunque fuera sin rumbo. La vida se convirtió en una serie de pasos que no sabía dónde me llevarían. Y cada vez que pensaba que ya había llegado a algún sitio, me daba cuenta de que estaba más perdida que antes.

Volví a pensar en mi madre, en la conversación que tuvimos la última vez que la vi, cuando le dije que me iba. Era muy difícil dejar de pensar en mi madre, con su constante necesidad de controlarlo todo, de hacer que todo fuera perfecto, desde mis estudios hasta mi vida amorosa. La perfección era su objetivo, y yo, su hija, debía ser su obra maestra. Lo había hecho durante toda mi vida: cada elección que tomaba, cada paso que daba parecía diseñado para encajar en su idea de lo que debía ser. Pero, en el fondo, yo nunca me sentí como esa hija perfecta que ella soñó. No. No lo era. Y nunca lo fui.

Todo había explotado una semana antes, el día antes de mi boda con Javier. Mi madre ya lo había elegido todo: el lugar, el vestido, hasta la fecha. Estaba tan emocionada que ni siquiera se dio cuenta de cómo me sentía. No me preguntó nunca si yo quería casarme con él. Lo que ella quería era ver el matrimonio ideal, con un buen hombre, un buen partido. Javier lo era. Un abogado exitoso, de buena familia, educado, serio. Un futuro brillante juntos.

Pero yo lo supe todo, al final. El día antes de la boda. Cuando me enteré, por accidente, que Javier me engañaba con Cat, mi mejor amiga y dama de honor. Cat, que siempre había estado allí, que siempre me había hablado de amor eterno, como si mi relación con Javier fuera perfecta. Y ahí estaba ella, con él, con la misma sonrisa tonta que siempre ponía cuando hablábamos de él.

Fue como si alguien me arrancara el corazón del pecho y lo dejara caer en el suelo. No podía respirar. No podía hablar. Todo se desmoronó en cuestión de segundos. Lo supe todo. Las miradas furtivas, los mensajes ocultos, las excusas, los silencios. Nada era lo que parecía. Pero lo peor de todo fue saber lo que mi madre había hecho.

Al día siguiente, me levanté, recogí mis cosas, llamé al cura y al restaurante para suspenderlo todo, y dejé a Javier. Pero mi madre no lo entendió. No podía entenderlo. Para ella, todo lo que importaba era lo que "debería" haber sido. Y me acusó de destruirlo todo. No entendía por qué no podía ser feliz con lo que ella había planeado para mí. Me sentí como una fracasada, como si todo lo que había sido mi vida hasta ese momento no tuviera valor.

Los recuerdos de mi madre me seguían a todas partes. Su voz, sus expectativas, sus susurros sobre lo que debería haber sido mi vida y mi futuro. Pero huir no era suficiente para borrar lo que sentía. Un peso me cayó sobre los hombros al recordarlo. La sensación de que mi vida había sido un continuo escapar de algo que no sabía cómo afrontar. Me había creído más fuerte de lo que realmente era. Ahora, aquí, en este avión, en esta ciudad a punto de recibirme, me pregunto si he tomado la decisión correcta.

—Señoras y señores, estamos en proceso de aterrizaje. Por favor, permanezcan sentado con los cinturones de seguridad abrochados. En breve llegaremos a nuestro destino.

La voz del piloto me sacó de mis pensamientos, y al mirar por la ventana, vi que estábamos descendiendo. El paisaje se estiraba bajo nosotros, y sentí una ligera calma. Estaba aquí. ¿Qué esperaba encontrar? No lo sabía. No podría dejar de sentirme vacía y rota. Pero tal vez Granada fuera el lugar donde, al menos, podría empezar de nuevo, aunque no tuviera claro cómo hacerlo.

El avión tocó tierra con suavidad. Vi a los demás pasajeros coger su equipaje y levantarse con prisa. Me obligué a levantarme. Al salir del avión, el aire cálido de la ciudad me envolvió. No estaba a este tipo de calor. En Oviedo, el frío era una compañía constante, pero aquí el calor era diferente.

Caminé hacia la terminal. Cogí un taxi y le di la dirección de la pensión donde me alojaría durante este tiempo. El viaje hasta allí fue rápido. El taxi se detuvo ante una pequeña fachada blanca, que no destacaba especialmente pero que tenía algo cálido y tranquilo.

«Pensión La Morada»

Pagué al taxista, dejé caer la maleta con indiferencia y, con la cabeza baja, me dirigí hacia la entrada. La puerta se abrió con un sonido crujiente y un hombre mayor apareció en el umbral. Su rostro era amable, pero tenía una expresión que no sabía leer.

—Buenas tardes —me dijo mientras me entregaba una llave—. Tu habitación es la número 4, en la primera planta, a la derecha.

Le di las gracias sin saber muy bien qué decir, y él asintió en silencio. Subí las escaleras de madera con el peso de la maleta marcando mis pasos. Al llegar al pasillo, me detuve por un momento y miré la habitación con él número 4. La puerta estaba ligeramente entreabierta, y entré sin pensarlo mucho. Cerré la puerta a mis espaldas, me dejé caer en la cama y miré el techo.

Estaba cansada. Muy cansada. Y no era solo cansancio físico. Era esa sensación que me perseguía desde hace meses, esa constante de sentir que siempre estaba en el lugar equivocado, de no saber cómo dejar de sentir que estaba fallando en cada aspecto de mi vida. Me quedé allí. En la penumbra de la habitación, escuchando los pocos sonidos que llegaban desde la calle. Las voces dispersas, el rumor de los coches que pasaban lentamente. Todo se sentía lejano.

Todo me parecía distante. Como si estuviera en una película, pero no de las me hubiera gustado protagonizar. Mis manos apretaron las sábanas con fuerza, como si pudiera arrancarme este dolor que llevaba dentro.

Mi respiración se volvió más tranquila, pero mi mente seguía en ese torbellino de emociones que no dejaban de girar. Quizá no necesitaba escapar de todo. Quizá solo necesitaba encontrarme conmigo misma. Pero no sabía cómo hacerlo. Lo único que sabía es que aquí, en este lugar desconocido, estaba sola, lejos de todos lo que había conocido y eso, por alguna razón, me daba miedo. En silencio, me recosté, y cerré los ojos, esperando que, al menos por un momento, el dolor se desvaneciera. Pero, como siempre, la calma nunca era suficiente.

Aquella noche me dormí preguntándome si alguna vez podría dejar de sentirme tan vacía.

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⏰ Last updated: Aug 30 ⏰

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