Magical Goblin

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—Astra Nym, ¿juráis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente vuestras obligaciones como Magical Girl, guardar y hacer guardar las sonrisas de todo el Reino Rosa Lunar como norma fundamental de la Constitución Brillo Total, acabar con el malévolo Rey Umbra; proteger al resto de ciudadanos, no abandonarlos nunca y, si preciso fuere, entregar vuestra vida en defensa de nuestra nación?

Con brillo en los ojos, Astra Nym gritó:

—¡Sí, juro!

—Pues por el poder que me ha sido otorgado, yo, el apuesto y misterioso Caballero Estrella, actuando en calidad de instructor y testigo del presente acto, hago que el anciano custodio de la Piedra Mágica te conceda el don de convertirte en Magical Girl.

Astra apenas podía contener las lágrimas. Su sueño iba a volverse realidad; iba a ser una Magical Girl.

«Siempre supe que lo lograría. Soy la mejor».

El poder de la Piedra Mágica era limitado, y solo podían recibirlo tres chicas en cada década. Por descontado, el proceso de convertirse en Magical Girl era arduo y exigente; solo las jóvenes más hermosas, carismáticas y polifacéticas conseguían completarlo.

El anciano custodio comenzó a caminar con torpeza hacia ella. Era un señor que rondaba los noventa años, al que le costaba dar cada paso, como si tuviese los huesos hechos de ladrillo y cemento.

«Estúpido viejo. Date prisa. Llevo años esperando este momento. Además, aquí a la intemperie hace un frío que pela».

Pese al mal humor que sentía, Astra mantuvo una sonrisa impecable.

Casi dos minutos después, cuando al anciano le quedaban apenas tres metros para alcanzarla, trastabilló, con la mala suerte de que la Piedra Mágica se resbaló de sus arrugadas manos y cayó por un pequeño agujero semioculto por hierbajos.

La perfecta y trabajada sonrisa de Astra se esfumó.

Diez metros bajo Tierra. Cueva Goblin.

—¡Cambia de canal, Gruk, van a empezar las Mágicas aventuras de FaSolLa! —protestó un goblin, tratando de arrebatarle el mando a otro. Ambos tenían la piel verde y un rostro hosco y horrendo.

—Ayer ya pusimos a FaSolLa —se negó Gruk, el portador del mando—. Hoy toca SailorSun.

—¡Pero hoy es el especial aniversario, hay capítulo especial!

—Gruk, Moga, ya basta. —Una goblina de pelo canoso caminó despacio hacia ellos—. No os peléis. Vivimos diez metros bajo tierra, repudiados por ser feúchos en este mundo tan superficial, lo único que nos faltaba era pelearnos entre nosotros.

Moga soltó un suspiro de resignación.

—No es justo, abuela Glima —gimoteó—, solo podemos ver la tele, y estoy harto de tener que compartirla. Además, estoy aburrido de las mazmorras, quiero salir a conocer el mundo exterior.

Gruk asintió, conforme.

—Coincido con Moga. A mí también me gustaría salir alguna vez...

La abuela Glima les dirigió una mirada larga.

—Lo sé... pero mientras las cosas no cambien ahí fuera, mucho me temo que tendremos que conformarnos con esto. Además, vivir en una mazmorra no es tan malo. Convivimos todos juntos en una pequeña comunidad, y tenemos tiempo para ver la televisión.

En ese preciso instante, una piedra extraña cayó por el conducto de ventilación y golpeó la cabeza de la goblina. Acto seguido, Glima se elevó en el aire, a la vez que una extraña y pegadiza música comenzaba a sonar. Un brillo purpurinoso emanó de su cuerpo, el cual empezó a girar sin control. Sus ropas harapientas desaparecieron; en su lugar, al sonido de un CHING, un vaporoso vestido carmesí se materializó a su alrededor, ajustándose a su figura. Cuando la transformación terminó, Glima exclamó:

—¡Destello Rojo, despertado!

Moga y Gruk parpadearon, atónitos. La misteriosa música cesó y Glima clavó el último acorde con una pose imposible para su edad. Tardaron unos segundos en reaccionar.

—¿¡Qué ha sido eso!?

—No lo sé. —Glima observó asombrada su nuevo aspecto—. Pero de repente me siento más joven y poderosa. ¡Y hasta las tetas se han vuelto a colocar en su sitio!

—¡Yo también quiero tocar esa piedra! —gritó Moga, corriendo. Gruk lo imitó y los jóvenes goblins se abalanzaron sobre ella, tocándola ambos al mismo tiempo.

Al igual que ocurrió con Glima, sus cuerpos se alzaron por los aires y un destello mágico cambió sus ropas. La breve pieza musical sonó de nuevo.

—¡Destello Azul, despertado! —dijo Moga, ataviado con un vestido celeste.

—¡Destello Verde, despertado! —Gruk ahora vestía un conjunto de dos piezas, compuesto por un top y una minifalda en tonos verdosos.

—¡Eh! —protestó Moga—. ¿Por qué llevo un vestido de tía?

Gruk trató de estirar su minifalda, pero la tela no daba de sí.

—Esto es cortísimo... se me va a ver hasta el alma —rezongó, avergonzado—. La abuela Glima tenía razón... no se vive tan mal en las mazmorras. No quiero que nadie me vea así vestido.

—¡Al cuerno esta vida! —rugió Glima, en cuya mano derecha había aparecido una varita roja que tenía punta de corazón—. ¡Estoy macizorra perdida, y pienso salir ahí fuera a demostrarles a esos capullos que los goblins también tenemos derechos!

Dándole veracidad a sus palabras, unas alas semitransparentes brotaron de su espalda. Estiró su varita y gritó:

—¡Piriko Pirilolo Glitter Goblinolo!

Un haz de luz rojizo atravesó la gruesa roca sobre sus cabezas y la pulverizó por completo, abriendo un túnel que conducía al exterior.

—¡Seguidme! —ordenó Glima, que ya había alzado el vuelo. Moga y Gruk intercambiaron una mirada, pero no se atrevieron a desobedecer a su abuela, así que invocaron sus propias alas y varitas y la siguieron.

Apenas cinco segundos después, alcanzaron la superficie. Echaron un vistazo rápido a su alrededor; unos metros a su izquierda una hermosa joven con dos trenzas rubias zarandeaba bruscamente a un nonagenario, mientras que un atractivo joven trataba de detenerla.

—¡Astra, tranquila, ha sido un accidente!

—¡Suéltame, Caballero Estrella! ¡Este viejo acaba de dejar caer mi sueño por un agujero! ¡No merece vivir!

—Que... cof... alguien me ayude... cof...—suplicaba el anciano.

—¡Déjale ir, rubia maligna!

La voz de Glima llamó la atención de los presentes, que se giraron hacia ellos y los contemplaron con una mezcla de asombro y miedo.

—No me jodas... la Piedra... —El Caballero Estrella se dejó caer de rodillas.

—Esas ropas brillantes... esas varitas con corazones... —reconoció Astra. Se volteó hacia el anciano con una mirada gélida—. Ahora sí que eres hombre muerto. La has pifiado, pero bien.

—¡A-ayuda!

—¡Formación Luz Cromática! —chilló Glima.

El trío de goblins unió sus varitas, las cuales comenzaron a titilar en múltiples colores, y, acto seguido, un irisado torrente de luz golpeó de lleno a Astra. La rubia gritó horrorizada, pero medio segundo después no quedaba rastro de ella.

—Uf... gracias a los Dioses... me habéis salvado... —El anciano se acarició la garganta dolorida.

—Pero... señor custodio... ¿no se ha dado cuenta? ¡La abuela y los dos críos se han convertido en Magical Girl! ¡Y, para colmo, son goblins!

El custodio se encogió de hombros.

—Tal vez sea el cambio que necesitábamos. Llevamos dos siglos enviando chicas jóvenes y atontadas a luchar contra el Rey Umbra. Quizá el momento de que los seres marginados asuman el liderazgo ha llegado.

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