A veces conocer a la persona correcta no significa que sea el momento correcto para quedarse.
Anne Collins tiene diecisiete años y ha aprendido a vivir sintiéndose invisible.
En una casa demasiado grande, con un padre cada vez más ausente y el recue...
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La vida misma muchas veces te pone en el camino a la persona correcta, aquella con la que sientes cosas inexplicables y, a la vez, reales.
Y la razón principal de todo se convierte en una sola cosa: ¿Qué haces para retener a ese amor verdadero? O, mejor dicho, ¿qué haces para luchar por ella?
Cada paso en ese camino te va alejando un poco más de tu destino, y es allí donde piensas qué hubieras hecho diferente. ¿Si hubiera luchado un poco más? ¿Hubiera valido la pena?
Anne, la siempre solitaria Anne Collins, una chica con demasiados problemas de autoestima. La mayor parte de su existencia se ha sentido sola, una joven con demasiados miedos e inseguridades que poco a poco se han adueñado de su vida. Y no porque ella desee sentirse así, pero las circunstancias de la vida han hecho de su propia existencia algo difícil de sobrellevar.
La misma Anne ha pensado que, de no tener a Richard, ya hubiera desaparecido, y no porque le interese lo que él piense, sino porque casi nunca la deja sola, pues es la encomienda de su padre.
—Necesito ir a la farmacia —comentó Anne en tono seco mientras se acercaba apresuradamente a la puerta, dispuesta a salir.
Parecía que se encontraba sola y que le hablaba a la nada, pero la realidad es que Richard siempre estaba al acecho.
—Sabe que no la puedo dejar ir sola —se escuchó una voz saliendo por detrás del estudio.
Y antes de que pudiera abrir la puerta para salir corriendo, Richard la interceptó y él mismo la abrió.
—No hay necesidad de que me acompañes a todos lados, ¿sabes? —murmuró Anne con la mirada perdida en la nada.
—Claro que sí —contestó él—. Tú sabes que es necesario.
—¿Me llevas, por favor? —dijo resignada, en tono sarcástico.
Aquel hombre canoso, de edad adulta y cansancio en los ojos, le sonrió sinceramente. Parecía que el mismo tiempo se había encargado de pasarle factura a su cuerpo, pues ya caminaba un poco encorvado y debajo de sus ojos colgaban unas bolsitas que, a simple vista, se notaban y dejaban ver los años de su vida. Richard Smith, el siempre fiel guardaespaldas de la familia Collins.
Había entrado a trabajar con el padre de Anne a los treinta y cinco años, siempre leal al Sr. Collins y a su familia. Cuando Anne nació, el padre de Anne le dijo que él sería su sombra, que no debía separarse de su hija y que, si era necesario, tendría que dar la vida por ella. Richard se lo había tomado tan en serio que casi nunca la dejaba sola.
Esa tarde, mientras iban rumbo a la farmacia, Anne miraba por la ventana del auto mientras el ruido de los autos desesperados por avanzar se perdía en sus pensamientos. No pudo evitar recordar ese par de veces en las que se había escabullido por la ventana para ir a ver a esa chica con la que salió un par de veces.