Libro I - Sumac - La Lujuria

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La fuerza que hace que dos seres se deseen.

EL MITO DE SUMAC

Dicen los antiguos que, antes del primer beso, ya existía el deseo.
Antes de que los hombres aprendieran a llamarlo lujuria, antes de que las mujeres lo vistieran de romance y antes de que alguien intentara ponerle un nombre, los animales ya lo conocían.

No tenía voz.
No tenía rostro.
Era solamente un impulso.

Una criatura veía a otra.
Una elegía y otra era elegida.
Una y otra vez, generación tras generación, así la vida continuó.

Pero un día, cuando una criatura miró a otra y sintió aquel impulso con una intensidad desconocida, cuando trató de entender lo que pasaba, en ese instante el deseo adquirió conciencia.

Y en ese instante Sumac nació.

No llego de los cielos ni fue creada por los dioses. Nació de nosotros.

Nació de cada mirada que buscó un cuerpo, de cada corazón que se aceleró ante una presencia, de cada instinto que susurró «acércate».

Al principio, Sumac era apenas una sombra entre los animales. Aprendió observando sus cuerpos, sus rituales y disputas. Con cada especie que evolucionaba, ella también cambiaba.

Pero cuando apareció la humanidad, ocurrió algo que ninguna otra criatura había conseguido. Los humanos podían imaginar.

Y Sumac... Aprendió a hacerlo también.

Por primera vez pudo verse a sí misma. Y con su espejo descubrió que podía adoptar cualquier rostro que despertara deseo. Desde entonces caminó entre nosotros.

Algunos la llamaron hermosa. Otros, peligrosa. Los sabios, instinto. Pero los sacerdotes, la llamaron pecado.

Ella nunca aceptó ninguno de esos nombres.

Sumac sólo se consideraba curiosa.
Curiosa por saber cuánto podía hacer para que un corazón deseara a otro. Sin embargo, había una verdad que incluso ella debía aceptar:

Todo deseo termina...

Porque Sumac podía despertar la atracción, intensificarla y convertir un rostro ordinario en el rostro más hermoso del mundo... Pero no podía obligar al deseo a permanecer.

Y esa fue su primera condena.

Cada vez que la humanidad cambiaba, Sumac comenzaba a desaparecer. Cuando aquello que alguna vez fue hermoso dejaba de serlo, una parte de ella moría.
Hasta que un día, incapaz de reconocerse en los ojos de sus propios adoradores... Sumac ardió.

Su cuerpo se convirtió en fuego.
Sus ropas se consumieron.
Su rostro desapareció.
Y de ella sólo quedaron cenizas.

Los antiguos creyeron que finalmente había muerto.
Pero al amanecer encontraron huellas alrededor de las cenizas.

Y una mujer desconocida caminaba entre ellas... era Sumac.

Había regresado.
Más hermosa.
Más joven.
Distinta.

Vestía aquello que la nueva humanidad deseaba y desde entonces, los antiguos dejaron de decir que Sumac era inmortal.
Porque comprendieron que la inmortalidad no consistía en permanecer... Consistía en volver.

Por eso, cuando una época termina y otra comienza, los sacerdotes de Sumac esperan el fuego. Saben que algún día volverá a arder y cuando lo haga, no debemos preguntarnos qué rostro tendrá.

Debemos preguntarnos:
¿Ahora cuál será el deseo que mueva al mundo?

Trinidad del AmorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora