El muelle apestaba a pescado podrido. La niebla del amanecer se arrastraba sobre las aguas grises del fiordo, ocultando las montañas que se alzaban como lomos de dragones dormidos. El barco inglés, un knörr reconvertido en transporte de esclavos, golpeó los tablones del embarcadero con un crujido húmedo.
Ciarán mac Aodha, al que los vikingos llamaban Kráka, permaneció inmóvil entre la fila de cautivos. La cuerda áspera le mordía las muñecas, pero sus dedos ya trabajaban en silencio, aflojando el nudo con una paciencia aprendida a golpe de látigo. Llevaba tres días fingiendo ser uno más: hombros encorvados, mirada baja, el pelo negro y sucio cayéndole sobre el rostro como una cortina. Había dejado que los soldados ingleses le escupieran, que lo empujaran, que le arrancaran el amuleto del cuello y se rieran de aquella "reliquia pagana". No había opuesto resistencia. Aún no.
Bajo la túnica raída, su cuerpo era una promesa de violencia contenida. Veinte años, pero los músculos de sus brazos y espalda contaban una historia más antigua: entrenamiento celta, brutalidad vikinga, noches sin dormir afilando odio. Tenía las costillas marcadas bajo la piel, no por hambre, sino por la tensión de quien ha aprendido a esperar el momento exacto. Sus ojos, verdes grisáceos, observaban a través de las greñas oscuras con la frialdad de un pozo en invierno.
El barco se detuvo. Los ingleses empezaron a desatar a los esclavos para conducirlos al mercado. Eran cuatro generales, reconocibles por sus cotas de malla y sus capas con el león bordado, y una docena de soldados rasos. Uno de ellos, un hombre gordo con barba rojiza y dientes podridos, se acercó a Ciarán y le dio un tirón del pelo.
—Mira a tus amigos paganos, escoria celta —escupió, señalando la aldea vikinga que humeaba a lo lejos—. Pronto no quedarán dioses que te escuchen.
Ciarán no respondió. Sus dedos terminaron de deshacer el nudo. La cuerda cayó al suelo.
El primer sonido fue un crujido seco.
El general gordo no tuvo tiempo de gritar. Ciarán giró sobre sus talones, le agarró la cabeza con ambas manos y le retorció el cuello con un movimiento rápido, casi íntimo. Los ojos del inglés se desorbitaron, su lengua asomó entre los dientes, y su cuerpo se desplomó como un saco de grano.
Antes de que los demás reaccionaran, Kráka ya había arrebatado la espada del cinto del muerto. Hoja corta, pesada, de acero inglés. No era la suya, pero serviría.
—¡El esclavo se soltó! ¡Mátenlo! —gritó otro general, el de cabello canoso y cicatriz en la mejilla.
Los soldados desenvainaron, pero Ciarán ya estaba entre ellos. No peleaba como un berserker, no había espuma en sus labios ni gritos de guerra. Mataba con la economía de un carnicero: un tajo en la femoral del primero, que cayó aullando y regando la cubierta de rojo; un codazo en la tráquea del segundo; la espada atravesó la garganta del tercero y salió por la nuca con un chasquido de vértebras.
La cubierta se convirtió en un matadero. La sangre caliente se mezclaba con el agua de mar que goteaba de las amarras. Los esclavos, aterrados, se apretaron contra la borda, sin entender si aquel demonio venía a salvarlos o a condenarlos.
—Es Kráka —murmuró una mujer celta, con los ojos muy abiertos—. ¡Es el cuervo!
Ciarán se movía sin detenerse. Un soldado le lanzó una estocada; él la esquivó girando el torso, la hoja rozó su costado y él respondió con un corte ascendente que abrió al hombre desde la cadera hasta el hombro. Los intestinos se desparramaron sobre los tablones con un sonido húmedo. Otro intentó huir hacia la pasarela, pero Ciarán lo alcanzó, lo giró de un tirón y le hundió la espada bajo la mandíbula, clavándolo al mástil. El soldado quedó allí, colgado, pataleando como un pez fuera del agua.
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El cuervo de Asgard
ActionCiarán mac Aodha, un joven celta marcado por la masacre de su aldea a manos de los ingleses, perdió a sus padres y vio a su hermana menor ser arrastrada como esclava. Años después, convertido en un guerrero letal y creyente de un culto sincrético qu...
