Parte I: 15 de julio

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Lunes, 15 de julio de 2024

¿Conoces ese hormigueo en el estómago, esa sensación de alerta, provocada por la desconfianza? ¿Sabes de lo que hablo? Así me siento yo ahora en el silencio de la noche, después del primer día de viaje como voluntaria de una organización solidaria de odontología en Camerún, en África Central. Quiero pensar que nuestro anfitrión es una buena persona; pero nos ha dado motivos para sospechar lo contrario.

Empezaré por el principio: el incidente (de lo más estúpido, por cierto), al llegar al Aeropuerto Internacional de Douala. Patricia, que es una odontóloga muy cualificada, comentaba un poco nerviosa que era la primera vez que había viajado en avión, y que se había asustado con las turbulencias. Parecía despistada, mientras yo examinaba la cinta mecánica, que dibujaba una S, para recuperar mi maleta. He tenido que advertirle que, si no cogía la suya, acabaría en el cuarto de las maletas perdidas, y sería un rollo recuperarla.

—¿En serio? ¿Eso es lo que hay al final de la cinta?

Esa actitud me ha extrañado, para tratarse de una mujer de unos treinta y pico. ¿Qué pensaba? ¿Que las maletas girarían todo el tiempo, dibujando la S eternamente? Una vez me hice con la mía, Patricia por fin localizó la suya. Bueno, se abalanzó a por ella al mismo tiempo que una señora. El error del viajero: la confusión de las maletas idénticas.

En lugar de comunicarse como dos adultas que eran, comenzaron a forcejear, como si estuvieran jugando al famoso tira y afloja con la maleta, cuya asa amenazaba con desprenderse. Vamos, que les faltaba tirarse de los pelos. En un ridículo intento de comunicación, mi compañera le habló en inglés; pero la mujer nórdica no le hizo ni caso. Yo estaba a punto de ponerme roja de la vergüenza; algunas personas empezaron a señalarnos y a reírse.

Como vi que la situación no iba a solucionarse por sí sola, ni ellas parecían dispuestas; agucé la mirada en busca de la maleta gemela. No me costó tanto localizarla como pensaba: era de color lila, y no es que haya muchas maletas así, ¿verdad? Como estaba cerca del final de la cinta, tuve que hacerme paso a codazos entre el gentío y correr como un jugador de fútbol americano, que se dispone a plantar el balón. En lugar de eso, yo me lancé sobre la cinta para recuperar la maleta, y gracias a eso llegué a tiempo.

Estaban tan ocupadas discutiendo en una mezcla de idiomas que un joven encapuchado casi se lleva mi maleta, que había quedado completamente desatendida, en todas sus narices. Tuve que correr de nuevo, como un futbolista, para evitarlo.

—¡Sí, sí, huye, huye! —exclamé indignada, observando cómo el ladrón escapaba.

La verdad es que aluciné con las dos; pues ninguna fue capaz de reconocer su maleta por el número de referencia. Y ambas estaban como nuevas, sin ninguna señal o marca identificativa. En definitiva: había que abrirlas.

La nórdica no parecía muy contenta con la idea; pero terminó por ceder, con una única condición:

—Yo las abriré.

Así, me quitó de las manos la que había recuperado y se apartó uno o dos metros de nosotras. Se arrodilló en el suelo y la abrió. Enseguida, se puso en pie y, sin siquiera cerrarla, le dio una patada en nuestra dirección. Se acercó rápidamente y se hizo con la otra.

—Qué humos —mascullé, sorprendida, mientras Patricia recogía parte de su ropa interior, que se había desparramado por el suelo.

No fue complicado encontrar a Fred, a pesar de que nunca antes lo habíamos visto. Nos estaba esperando a la salida, justo en la puerta. Aunque ya sabíamos que era un hombre mayor, lo reconocimos porque alzó el brazo para saludarnos. Era sencillo que pudiera identificarnos: nosotras sí que aparecemos en nuestras fotografías de perfil. La suya es una máscara de madera, que, la verdad, transmite cierta sensación de desasosiego, por su expresión.

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