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El salón de arte de la Liverpool College of Art olía intensamente a turpentina barata, humedad acumulada y al desesperado esfuerzo de dieciocho adolescentes por no parecer unos completos idiotas frente al caballete.

John Winston Lennon, el autoproclamado genio incomprendido de la clase y azote oficial de cualquier autoridad que respirara, estaba a punto de perder la poca paciencia que le quedaba con una fruta.

Tenía el ceño fruncido de tal forma que sus gafas redondas, medio caídas sobre el puente de la nariz, amenazaban con precipitarse hacia el desastre pictórico. Sostenía el carbón con tanta furia que parecía estar intentando estrangularlo en lugar de usarlo para trazar líneas delicadas.

Delante de él, reposando sobre un plato de loza desportillada, había un objeto rojo, brillante y rotundamente redondo. O eso se suponía que era.

En el papel de acuarela de John, sin embargo, el objeto había adquirido una personalidad propia y alarmante. Parecía una mezcla entre un tomate con episodios psicóticos, un corazón humano extraído en una pelea callejera y una de esas extrañas criaturas marinas que se arrastran fuera del lodo para aterrorizar a los pescadores escoceses. Tenía un bulto sospechoso en el costado izquierdo y tres trazos que, en la mente afiebrada de John, representaban la "luz rebotada", pero que en el mundo real se veían exactamente como un bigote ridículo.

-Es una mierda -murmuró John para sí mismo, clavando el carbón en el papel con un chasquido seco que partió la barra por la mitad.

-Si sigues perforando el papel de esa manera, vas a terminar dibujando el trasero de Stu a través de la mesa -comentó una voz a su espalda, suave, pulcra y con una exasperante nota de suficiencia.

John dio un brinco tan teatral que la mitad de sus pasteles de cera rodaron por el suelo con un estrépito metálico. Se giró bruscamente, adoptando de inmediato su expresión oficial de defiéndete-si-te-atreves, la misma que solía hacer huir a los inspectores escolares y hacer desmayar a las monjas.

Pero allí no había ninguna monja. Estaba Paul McCartney.
Paul llevaba un delantal blanco impecable -algo ofensivo en una clase donde todos los demás parecían haberse bañado en alquitrán-, una camisa perfectamente abotonada y una carpeta bajo el brazo izquierdo como si estuviera a punto de negociar un tratado internacional de paz. Su cabello castaño caía en un flequillo espeso y obediente, y sostenía una mandolina imaginaria o quién sabe qué, porque siempre parecía estar a tres compases de tocar una melodía pegadiza.

Y, para colmo de males, tenía una sonrisa. Esa maldita sonrisa educada, simétrica y brillante que hacía que a John le dieran ganas de gritarle groserías en latín.

-No es el trasero de Stu, McCartney. Es una manzana -escupió John, cruzándose de brazos y manchándose la mejilla de hollín negro en el proceso, lo que estropeaba un poco su pose amenazante-.

Una manzana vanguardista. Una declaración existencial sobre la decadencia del Imperio Británico a través de las rosáceas. ¿Qué sabes tú de arte moderno, chico bueno? Tú solo pintas conejitos obedientes para las tarjetas de felicitación de tu tía.
Paul rodó los ojos con una elegancia dramática y se inclinó sobre el caballete de John. Sus hombros rozaron ligeramente los de John, un contacto fugaz que hizo que el líder de los Quarrymen contuviera la respiración por un segundo, maldiciéndose internamente por parecerse a una colegiala impresionable.

Paul miró el papel. Luego miró la manzana real sobre la mesa. Luego volvió a mirar el papel. Sus cejas se arquearon lentamente.

-John -dijo Paul, con un tono de infinita paciencia que era mil veces peor que un insulto-.
Eso no es una manzana. Eso es un accidente automovilístico entre un tomate y una bota. ¿Por qué tiene orejas?

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