Erika se encontraba explorando el bosque, aquel lugar prohibido donde los árboles cubrían el cielo nocturno con sus ramas y el pasto se sentía mas brillante que en el pueblo. Siempre le decían que no debía alejarse demasiado del pueblo, pero ella nunca fue buena obedeciendo órdenes fuera del horario de entrenamiento.
Aún tenía puesta su armadura, que era casi como una segunda piel para ella después de tantos años de usarla a diario. Era parte de ser un guerrero. La sentía sobre su cuerpo con tanta familiaridad que, a veces, incluso olvidaba que la llevaba puesta.
Estaba distraída mirando a su alrededor. Estar en el bosque era extraño. Su pueblo se había construido en el puerto y todo allí le resultaba diferente, sobre todo después de haber vivido quince años sin conocer nada más allá de aquel lugar.
Tan absorta estaba en sus pensamientos que no notó cómo había dejado atrás la parte del bosque que pertenecía a los suyos y se acercaba peligrosamente al límite. Aquella frontera que los conectaba con los Oscuros.
Ese lugar donde los árboles parecían perder, de forma repentina, todas sus hojas y tornarse de un color casi negro; donde el verde del pasto parecía opacarse y hasta el aire se sentía diferente.
Todo pasó tan rápido que ni siquiera supo de dónde había llegado.
Solo sintió cómo una bola morada pasaba a centímetros de ella antes de impactar contra un ser alargado que se escondía entre las sombras.
Erika salió de su asombro casi de inmediato y se puso en posición de combate. Su mano se dirigió instintivamente hacia su espada mientras recorría el lugar con la mirada, buscando al responsable.
Entonces la vio.
A unos cuantos metros de altura, sobre un árbol, había una pelinegra. Su ropa no dejaba dudas sobre el pueblo al que pertenecía. Aquellas prendas de cuero, junto con las armas que llevaba por todas partes, solo podían ser de los Oscuros.
Erika sintió un pésimo presentimiento.
Pero antes de que pudiera hacer algo, la chica desapareció de su campo de visión.
- ¿Qué...? -
En un instante apareció a su lado.
Erika reaccionó de inmediato y la lanzó al suelo, sin darle tiempo siquiera de reaccionar.
- ¡Agh! Te salvo la vida y así me agradeces - se quejó la de ojos casi negros mientras se intentaba incorporar, claramente molesta.
- Eres una Oscura. No puedo confiar en ti - respondió Erika, sujetándola con más firmeza.
La pelinegra la observó durante unos segundos, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
- Para alguien tan joven tienes un carácter de mierda. -
Giró los ojos y, antes de que Erika pudiera responder, desapareció.
El cuerpo de la chica cayó contra la tierra.
- ¿Qué diablos...? -
Erika se puso de pie rápidamente y miró a su alrededor, buscando alguna señal de dónde había ido. Entonces volvió a verla sobre otro árbol, sentada tranquilamente como si nada hubiera pasado.
- Ya que la paz no es parte de tus enseñanzas, te hablaré desde aquí - dijo la pelinegra, apoyándose contra el tronco.
- Baja, cobarde - gruñó.
La otra soltó una pequeña risa.
- Ni loca. - se cruzó de brazos y la observó desde las alturas. - te recomiendo que regreses a tu pueblo, pelirroja. Ese no era el único. -
Señaló con la cabeza el cuerpo inerte de la criatura.
Erika siguió su mirada. Hasta ese momento no había reparado realmente en ello. Aquella cosa no se parecía a nada que hubiera visto antes.
- ¿Qué es esa cosa? - preguntó, mirando a su alrededor con más cuidado, ahora alerta ante la posibilidad de que hubiera más.
- No sé cómo se llaman. Solo sé que buscan robar almas buenas... - hizo una pequeña pausa antes de mirarla directamente - y tú pareces una. -
Erika frunció el ceño, sin saber si aquello era un insulto o algún tipo de advertencia.
- ¿Por qué lo dices? -
La pelinegra ladeó ligeramente la cabeza y la recorrió de arriba abajo con la mirada.
- Esos ojos verdes no le mienten a nadie. - una sonrisa ladeada apareció en sus labios. - yo mejor me voy. Deberías hacer lo mismo. -
De un salto bajó del árbol con un movimiento ágil y comenzó a prepararse para regresar al pueblo. El cuervo seguramente ya debía estar esperándola.
- Oye, espera. -
La voz de Erika la hizo detenerse.
Morgan se giró lentamente y levantó una ceja, confundida. Hacía apenas unos segundos la estaba echando y ahora era ella quien le pedía que esperara.
- ¿Qué ocurre? -
Erika dudó por un instante. No estaba acostumbrada a agradecerle nada a un Oscuro. Mucho menos a uno que acababa de atacarla.
Pero aquella chica le había salvado la vida.
- Gracias por salvarme de esa cosa. -
Por un instante, creyó ver una pequeña sonrisa en el rostro de la pelirroja.
La expresión de la pelinegra se suavizó ligeramente.
- No hay de qué. Soy Morgan, por cierto. -
Le tendió la mano.
Antes de responder, Erika se fijó en los guantes tan extraños que llevaba. Eran diferentes a cualquier cosa que hubiera visto antes. Aun así, después de una breve duda, estrechó su mano.
- Erika. -
Morgan sonrió.
- Un nombre tan lindo como tú. -
Erika abrió ligeramente los ojos, sorprendida por el comentario, mientras Morgan soltaba su mano.
- Espero no volver a tener que salvarte. -
Le guiñó un ojo.
Y, antes de que pudiera responder, desapareció de su vista.
La pelirroja se quedó inmóvil durante unos segundos, mirando el lugar donde había estado.
No sabía qué diablos había pasado. Si era cosa de los poderes de aquella chica o su sola presencia, pero una electricidad le recorrió el cuerpo.
Un par de minutos después decidió que lo mejor era regresar. Su padre la castigaría por haber desaparecido tanto tiempo, aunque no le sorprendía; siempre encontraba un motivo para hacerlo.
Mientras Erika regresaba, Morgan llegó al centro de su pueblo, donde ya la esperaba su líder.
- ¿Desde cuándo te gusta hacer caridad? - la miró con una sonrisa burlona mientras acomodaba su gabán de cuero.
- ¿Por qué no te buscas una vida, Cuervo? - respondió, empujándolo con el hombro.
- Tengo una, pero debo vigilar que no te metas en problemas. -
Le despeinó el cabello con cariño, provocando que Morgan apartara la cabeza con una mueca.
- No hice nada malo esta vez. No sé qué escuchaste con esas orejas de elfo que tienes - tiró suavemente de una de ellas.
- Ten más respeto por tus mayores, mocosa insolente - intentó parecer serio, pero el brillo divertido de aquellos ojos violetas lo delataba.
-.Tú eres el que menos respeta aquí - se rio con ganas.
- Todo sea para verte reír. Ahora dime, ¿Qué fue eso? - señaló hacia el bosque.
- No lo sé - suspiró - solo estaba recorriendo cuando la vi y... solo reaccioné. -
- Ajá. ¿Y lo último? - levantó una ceja.
- No sé a qué te refieres - se hizo la distraída, desviando la mirada.
- No te hagas la loca, Morgan Karanlink. ¿Qué hacías coqueteando con un guerrero? -
- No estaba coqueteando con nadie - se excusó de inmediato.
- Un nombre tan lindo como tú - la imitó, exagerando la dulzura de su voz.
El hombre apenas tuvo tiempo de esquivar el ataque entre risas. Luego la vio alejarse completamente sonrojada y negó con la cabeza.
- Ay, Morgan... ten cuidado con lo que haces - murmuró, hablándole a la nada mientras la veía desaparecer.
Por su parte, cuando Erika llegó a su casa, su padre la esperaba con una expresión severa. Llevaba días estando más estricto que nunca y se le hacía extraño. Especialmente había algo en su mirada: Sus ojos miel habían empezado a perder su brillo. Era muy extraño.
- Erika Krig, ¿Me puedes explicar dónde estabas? - su voz retumbó por las paredes.
Erika bajó ligeramente la mirada, pero mantuvo la calma. Sabía que ponerse a su nivel no arreglaría nada.
- Solo estaba dando una vuelta. Ya había terminado mis tareas de hoy. -
- ¿Por qué te fuiste al bosque? - tensó la mandíbula mientras se levantaba con aquel porte vikingo que caracterizaba a todos los guerreros.
- Solo quería ver algo nuevo. El puerto ya me lo sé de memoria - suspiró, resignada a que la castigarían.
Pero entonces notó algo extraño.
Los ojos de su padre parecieron recuperar su brillo de repente.
- Está bien. No te alejes tanto la próxima vez. -
Erika apenas tuvo tiempo de procesarlo antes de que él la abrazara.
La chica no entendía muy bien qué ocurría con su papá, pero no se quejaría. Hacía rato que no la abrazaba así.
Al irse a dormir, no pudo sacarse aquellos ojos de la mente.
No debía hacerlo. Eso lo sabía.
Pero le era imposible.
Se habían grabado en su mente casi a fuego.
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Entre Guerra y Oscuridad
General FictionErika y Morgan pertenecen a dos pueblos que se han odiado durante generaciones. Ellas deberían odiarse también, pero el destino parece empeñado en demostrarles lo contrario. Entre encuentros inesperados y sentimientos prohibidos, tendrán que luchar...
