El juego de Sofia

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CAPÍTULO 1: EL ACCIDENTE QUE NO FUE

El apartamento olía a sopa de pollo y a lápices de colores. Alejandro estaba en la cocina, removiendo la olla, cuando escuchó la risa de Sofía desde el pasillo.

-¡Papá, ven a ver mi dibujo!

Alejandro sonrió. Apagó el fuego y se secó las manos con un trapo viejo. Caminó por el pasillo, con el corazón ligero, y entró al cuarto de Sofía. La niña estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, rodeada de hojas blancas. Sobre la cama, un dibujo grande: dos figuras tomadas de la mano, una grande y una pequeña, bajo un sol que lloraba.

-¿Por qué el sol llora, mi niña? -preguntó Alejandro, inclinándose.

-Porque está triste -respondió Sofía, sin mirarlo-. Porque sabe que me voy.

Alejandro sintió un golpe en el pecho. No era miedo. Era el eco de algo que ya había vivido. Se arrodilló y le puso una mano en el hombro.

-¿Adónde vas, Sofía?

La niña levantó la vista. Sus ojos color miel brillaban con una luz extraña.

-Contigo, papá. Siempre contigo.

Alejandro la abrazó. Y el abrazo le supo a despedida.

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Esa noche, Alejandro se despertó a las 3:33 de la madrugada. El reloj rojo de la mesilla parpadeaba. El departamento estaba en silencio, pero él sentía que algo faltaba.

Se levantó y fue al cuarto de Sofía. La puerta estaba entreabierta. La empujó con cuidado. La cama estaba vacía. Las sábanas, revueltas. Sobre la almohada, un dibujo: una niña con alas, volando sobre una carretera mojada.

Alejandro cogió el papel. Sus dedos temblaban.

-Sofía... -susurró.

Nadie respondió.

Solo el viento, que entró por la ventana y apagó la luz.

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Cuando Alejandro abrió los ojos, estaba sentado en el sofá, con la televisión encendida y una taza de café frío entre las manos. La luz del sol entraba por la ventana. No recordaba cómo había llegado hasta ahí.

-¿Papá?

La voz venía del pasillo. Alejandro se giró. Sofía estaba de pie, con el uniforme de la escuela, la mochila colgada de un hombro. Sonreía.

-Ya es tarde, papá. Me vas a llevar al colegio.

Alejandro parpadeó. Miró el dibujo en su mano. El dibujo de la niña con alas. Luego miró a Sofía.

-¿No estabas...? -empezó, pero no terminó la frase.

-¿Qué, papá?

-Nada. Vamos.

Se levantó, dejó la taza en la mesa y buscó las llaves del auto. Sofía lo esperaba en la puerta, con esa sonrisa que le recordaba a su madre. Alejandro le revolvió el pelo.

-¿Me compras un helado a la salida?

-Primero, la escuela. Luego, el helado.

-Trato hecho.

Salieron del apartamento. El sol golpeó la cara de Alejandro con una calidez que no sentía desde hacía meses. Todo parecía normal. Demasiado normal.

Y en el fondo de su mente, una voz le susurraba que algo no estaba bien. Que el sol no brillaba así en invierno. Que la calle estaba demasiado vacía. Que el coche... el coche tenía un golpe en el capó. Un golpe que no recordaba.

-Papá, ¿me vas a comprar el helado?

-Sí, mi niña. Te lo voy a comprar.

Alejandro abrió la puerta del coche. Sofía subió. Se puso el cinturón. Él también. Arrancó el motor.

Y cuando llegó al cruce, vio el semáforo en rojo. Frenó. Sofía cantaba una canción que él no le había enseñado.

-Papi, ¿qué hay después de la muerte?

Alejandro la miró. Sus dedos se aferraron al volante.

-No lo sé, mi niña.

-Yo sí -dijo Sofía, con los ojos fijos en el parabrisas-. Hay un juego. Y tú y yo lo jugamos todos los días.

El semáforo cambió a verde. Alejandro aceleró. El coche avanzó por la avenida. Y de pronto, sin aviso, un camión rojo apareció desde la izquierda, saltándose su semáforo. Alejandro giró el volante. Gritó. El mundo se volvió de cristal y de sangre.

Y entonces, silencio.

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Alejandro abrió los ojos. Estaba en el sofá, con el dibujo de la niña con alas en la mano. El reloj marcaba las 3:33 de la madrugada. El departamento estaba en silencio.

-¿Papá?

La voz venía del cuarto de Sofía.

Alejandro no respondió. Se quedó sentado, mirando el dibujo, con las lágrimas rodándole por la cara.

-Papá, ¿jugamos?

Cerró los ojos. Y por primera vez, entendió que su hija estaba muerta. Que todo era una mentira. Que el accidente había sido real.

Pero no le importó.

-Sí, mi niña -dijo, levantándose-. Juguemos.

Y caminó por el pasillo, hacia la voz, hacia la oscuridad, hacia el juego.

El juego de SofiaStories to obsess over. Discover now