prólogo

0 0 0
                                        

California, Estados Unidos - Octubre de 2018

El gimnasio Iron Temple gozaba de una reputación impecable entre la élite deportiva del país. Por sus instalaciones de alto rendimiento pasaban promesas de las Grandes Ligas de Béisbol, reclutas de la NFL, prospectos de la NBA y atletas con miras a los Juegos Olímpicos. Sin embargo, detrás de la musculatura y los patrocinios, la mayoría de estos deportistas cargaban con un lado oscuro: cuadros severos de ansiedad, ataques de pánico y episodios psicóticos provocados por el estrés extremo y la presión desmedida de la alta competencia. Al frente del departamento de salud mental estaba el Dr. Vance. Todos los días, el psiquiatra revisaba los reportes diarios enviados por los entrenadores físicos, evaluando el estado anímico de los atletas. Su trabajo consistía en una constante carrera contra el tiempo: llamar sin descanso a la farmacia del hospital central para asegurarse de que tuvieran el abastecimiento exacto de medicamentos controlados para sus pacientes. Pero el gimnasio no era solo para profesionales. Iron Temple también abría sus puertas a un grupo muy distinto: personas comunes que habían sufrido bullying toda su vida, sobrevivientes de traumas y hombres con obesidad mórbida al borde de enfermedades coronarias mortales. Al Dr. Vance le frustraba profundamente ver cómo la administración permitía que tanto los atletas famosos como la gente con sobrepeso entrenaran sin obligarlos a pasar primero por una evaluación psicológica. Querían moldear cuerpos sin reparar primero las mentes rotas. Por si la carga de trabajo no fuera suficiente, el gimnasio arrastraba un problema venenoso desde dentro.
La administración y el personal dependían económicamente de la cuota mensual de los socios, pero en ese último trimestre de 2018 las ganancias venían en picada. Se acercaban las festividades de Acción de Gracias y Navidad, la época del año en que la gente abandona la disciplina, come en exceso y sube drásticamente de peso. Y para colmo, el gimnasio albergaba a una plaga interna: Yohana, una fitnista y distribuidora de Herbalife. Yohana era una pesadilla para las finanzas del lugar. Acumulaba cientos de quejas de socios que terminaban cancelando sus membresías por culpa de sus acosos. Aprovechaba la vulnerabilidad de las personas con sobrepeso para lavarle el cerebro a la gente, venderles malteadas inservibles y meterlos en esquemas piramidales para sacar dinero rápido. Las pocas ganancias que el gimnasio lograba generar se esfumaban porque la clientela huía aterrorizada de sus garras. El Dr. Vance sabía que el ambiente estaba tenso, pero lo que la administración no imaginaba era que el verdadero peligro no venía de los números rojos, sino de la bomba de tiempo que acababan de dejar entrar por la puerta principal. La calma en la oficina de la administración se destruyó en un segundo. La puerta se abrió y entró un hombre alto, de musculatura imponente y cicatrices visibles en los brazos. Su mirada era helada, vacía de cualquier emoción reconocible. Al Dr. Vance se le erizó la piel al instante; sus años evaluando a deportistas con crisis mentales le dieron un presentimiento oscuro. Acompañándolo, venía un oficial judicial con la placa de la Penitenciaría Estatal de Pelikan Bay, la prisión de máxima seguridad de California.
El agente no perdió el tiempo y puso el expediente sobre la mesa de la gerencia.
-Su nombre es Marcus Stark -explicó el oficial con voz firme-. Fue arrestado en 2010. Cumplió condena por haber matado a su esposa en un ataque de ira incontrolable y por haber masacrado en el mismo incidente a un grupo completo de hombres que eran sus supuestos amigos. Sin embargo, debido a su conducta impecable en los últimos años y tras completar un programa de rehabilitación, un juez le otorgó la libertad condicional.
El Dr. Vance escuchaba atónito. No podía creer que la administración estuviera recibiendo a un exconvicto de alta peligrosidad con un historial de homicidios tan brutal.
-¿Esto es una broma? -interrumpió el psiquiatra, dando un paso al frente-. Este hombre no es un atleta estresado, es una bomba de tiempo. ¿Acaso el personal de salud mental de Pelikan Bay evaluó su estado antes de soltarlo?
-Por supuesto que sí, Doctor -respondió el judicial sin inmutarse-. Recibió terapia intensiva y se le diagnosticó un trastorno de ira explosiva. La condición para mantener su libertad es seguir un tratamiento médico estricto con fármacos de alta clasificación. Tiene permiso para entrenar aquí como parte de su reinserción, siempre y cuando tome su dosis.
Sin dudarlo un segundo, el Dr. Vance sacó su teléfono móvil y marcó directamente a la farmacia del hospital central para verificar el inventario.
-Habla el Dr. Vance. Necesito confirmar si tienen en existencia el medicamento especializado para el control de la ira de Marcus Stark -pidió con urgencia.
Tras unos segundos de silencio, la voz de la enfermera encargada al otro lado de la línea le dio una respuesta que le heló la sangre:
-Doctor Vance, lo siento, pero las farmacias de los hospitales públicos no distribuyen ese tipo de compuesto bajo la red de salud general. Es un medicamento sumamente controlado y exclusivo. Esas dosis únicamente las suministran y recetan los psiquiatras particulares bajo una licencia médica especial.
Vance colgó el teléfono lentamente. Miró a los gerentes de Iron Temple, quienes solo pensaban en la membresía que estaban cobrando, y luego observó a Marcus, quien permanecía en silencio, respirando de forma pausada pero pesada. El psiquiatra supo en ese instante que tendría que asumir la responsabilidad directa de recetarle el fármaco para evitar una catástrofe en el gimnasio. Sin embargo, ni el Dr. Vance ni la administración imaginaban que el verdadero detonador de la tragedia no vendría de la mente de Marcus, sino de la imprudencia de Yohana, quien ya lo miraba desde la entrada del área de pesas, calculando cuánto dinero podría sacarle. La gerencia del gimnasio intercambio miradas de incertidumbre. La conversación con el agente de la penitenciaría de Pelican Bay había dejado una advertencia rotunda en el aire. Conscientes del enorme riesgo que implicaba su historial, la administración tomó una decisión unánime: nadie del personal se le acercaría ni intentaría presionarlo hasta no tener una comprobación absoluta de su estabilidad mental y ver cómo respondía al tratamiento. Tanto el personal de Iron Temple como el propio Dr. Vance sabían que el único camino sensato era estudiarlo de cerca, monitorear sus rutinas en silencio y conocer bien sus detonantes antes de dar cualquier paso en falso.

FIN DEL PRÓLOGO

El Peso De La Furia Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora