Un lunes cualquiera

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El despertador chilló sobre la mesita de noche, un sonido metálico que perforó el silencio de mi habitación como un clavo oxidado. Estiré el brazo, tanteando a ciegas entre una pila de libros de Ana Huang y un ejemplar desgastado de poemas de Neruda, hasta que mis dedos encontraron el plástico frío del reloj. Lo apagué con un golpe seco. Me quedé mirando el techo un instante, escuchando el rumor lejano del pueblo despertando. Castillo de Locubín siempre tenía ese aroma a olivos y tierra húmeda que se filtraba por las rendijas de la ventana. Mi habitación era un caos organizado; libros apilados en cada esquina, estanterías que amenazaban con desplomarse bajo el peso de mundos imaginarios y un escritorio donde el papel y la tinta eran los únicos habitantes permanentes. 

 —¡Victoria! ¡Si no bajas ahora, tu padre se comerá hasta las migas de tu tostada! —el grito de mi madre subió por las escaleras, cargado de esa alegría matutina que yo todavía no podía procesar.

 Me puse en pie, sintiendo el frío del suelo en las plantas de los pies. Me ajusté las gafas, que siempre se deslizaban por el puente de mi nariz, y me miré al espejo.

 No era la chica que destacaba en las fotos de Instagram; era la chica que prefería el olor a papel nuevo que el perfume caro, la que se perdía en los márgenes de los libros mientras el resto del mundo seguía un guion predecible. Bajé las escaleras a trompicones, tropezando con el último escalón. 

 —Buenos días, dormilona —dijo mi padre, dejándome un beso ruidoso en la mejilla mientras sostenía una taza de café humeante.

 —Papá, por favor, son las siete de la mañana. Nadie debería ser tan afectuoso a esta hora —protesté, aunque una sonrisa involuntaria tiraba de mis labios. 

 Mi madre puso un plato con tostadas con aceite y tomate frente a mí. Sus ojos brillaban con esa ternura protectora que siempre me hacía sentir pequeña, incluso ahora que estaba en el instituto. 

 —Come rápido, cariño. No quiero que llegues corriendo al instituto otra vez y que el profesor Juan me llame otra vez —advirtió ella, acariciándome el cabello. 

 —El profesor Juan me quiere, mamá. Solo que no soporta que yo lea novelas eróticas en su clase de matemáticas —respondí, dando un mordisco generoso a la tostada. 

 —Te quiere porque eres la única que no se queda dormida mientras explica las funciones —intervino mi padre con una carcajada—. Pero hazle caso a tu madre. La puntualidad es una virtud, aunque sea una virtud aburrida. 

 —Soy puntual en mis lecturas, eso cuenta —repliqué, guiñándole un ojo. 

 —¡Ay, qué ocurrente! —mi madre suspiró, fingiendo exasperación—. Ve a terminar de prepararte. Y no olvides el abrigo, que hoy el aire del campo muerde. 

 Subí las escaleras sintiendo el calor del hogar envolviéndome. Me gusta mi vida. No es una vida de película, no hay dramas épicos ni romances prohibidos, solo la calma de un pueblo pequeño en Jaén y la certeza de que, al volver a casa, siempre habría alguien esperando con un abrazo y una pregunta sobre qué estaba leyendo. Caminé hacia el instituto con la mochila pesando más de lo normal; había metido un libro extra por si el día se volvía demasiado monótono. A mitad de camino, Ana apareció corriendo, con el pelo rubio siempre un poco enmarañado y esa energía eléctrica que siempre la caracterizaba. 

 —¡Vicky! ¡No me digas que no te has enterado! —exclamó, casi derrapando al llegar a mi lado. 

 —Buenos días para ti también, Ana. ¿De qué hablas? —pregunté, ajustándome la correa del bolso. 

 —¡Del chico nuevo! Dicen que llega hoy. Dicen que es un despliegue de músculos y misterio. Alicia dice que viene de una ciudad grande, probablemente Madrid o Sevilla. ¡Imagina el impacto en este pueblo! Me reí, acelerando el paso. 

Entre libros y placajesStories to obsess over. Discover now