Con fe, rosario y 0% de experiencia

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El primer indicio de que algo andaba mal con Kenneth fue que empezó a flotar durante el ensayo de "Forever & Always", justo en el falsete del segundo coro.
"Miren, ya le salió" dijo Gabi, sin levantar la vista del celular.
Cuando finalmente levantó la vista, Kenneth flotaba a metro y medio del suelo con los ojos completamente blancos.
Drew dejó caer el micrófono. Alejandro se persignó tres veces seguidas, mal, y Kauê ya estaba buscando en Google "por qué mi amigo levita".
Kenneth cayó al piso como un saco de papas y se levantó como si nada.
"¿Qué?" dijo, con su voz normal de adolescente de diecisiete años. "¿Por qué me miran así?"

Las cosas escalaron rápido. Esa misma noche, Kenneth levantó la camioneta de la gira medio metro del suelo para recuperar una pelota que se les había ido debajo, sin despeinarse ni respirar agitado. Al día siguiente, durante el desayuno, le habló al mesero con una voz gutural, profunda, que sonaba a mil años, y pidió algo en latín.
El mesero anotó el pedido sin hacer preguntas. Era Los Ángeles, después de todo.

"No podemos llamar a nadie" dijo Drew esa noche, en la habitación 412 del Marriott, con las cortinas cerradas y las luces bajas por si acaso. "Si esto sale del cuarto, se cancela la gira. Si se cancela la gira, la disquera nos cuelga a los cinco."
"¡Sigo aquí!" gritó Kenneth desde la cama, atado con el cable del cargador del iPhone de Gabi, que era lo único remotamente parecido a una cuerda que tenían.
"Perdón, hermano " dijo Kauê, mostrándole la pantalla del celular. "Miren, encontré un PDF. "Manual de Exorcismo Práctico para Principiantes." Tiene 4.2 estrellas.
"¿Cuántas reseñas?" preguntó Gabi.
"Once."
"Suficiente."

El ritual comenzó a las once de la noche, con Alejandro sosteniendo el rosario de su abuela con las dos manos, temblando, y Kauê leyendo el latín del PDF.
"Vade retro, sata-nas... espera, ¿esto se pronuncia "sata-ná" o "satanás", como normal?"
"¡Da igual, sigue!" gritó Drew, sosteniendo una botella de agua del baño que Gabi había bendecido personalmente cerrando los ojos muy fuerte y deseándolo con toda su alma.
Kenneth, todavía atado a la cama, levantó la cabeza y la voz de ultratumba retumbó por todo el cuarto:
"TU LATÍN ES UNA OFENSA PARA MÍ Y PARA LA IGLESIA CATÓLICA."
"¡LO SIENTO!" gritó Kauê, genuinamente apenado.
Entonces la habitación se enfrió de golpe, tanto que el vaho les salía de la boca, y una voz dijo, en un idioma que ninguno de los cuatro reconoció:

Ipse qui vocat me non intellegit quid vocat.
"¿Eso es italiano?" susurró Gabi
"No sé, pero suena a que nos está insultando" dijo Alejandro.
Entonces la bombilla de la lámpara de noche estalló. Los cuatro gritaron al mismo tiempo, un grito agudo y nada coordinado, tan poco varonil que Gabi, en medio del pánico, alcanzó a pensar "esto no puede salir en ningún video jamás."
Kenneth, o lo que fuera, giró la cabeza hacia Drew. Lento. El cuello tronó dos veces. Drew le lanzó el agua "bendita" en la cara. Kenneth ni parpadeó. El agua le resbaló por la mejilla como si nada.
"Es agua del grifo, huevon" dijo Alejandro, ahora llorando un poco.
Hubo un silencio extraño. La entidad ladeó la cabeza de Kenneth en un ángulo incómodo.
"¿Alguien más siente que nos está juzgando?" preguntó Alejandro, en voz muy baja. "Porque yo siento que nos está juzgando."
"Ale, es el diablo." Dijo Drew, plano
"Solo digo que se siente personal."
Entonces, sin ningún aviso, sin ningún gesto, la cortina del cuarto se prendió fuego.
Fuego de verdad, alto, rápido, que trepó por la tela hasta el techo en cuestión de segundos, mientras la alarma de humo empezaba a chillar y las luces del cuarto parpadeaban como en una fiesta particularmente paranormal.
"¡ESTÁ QUEMANDO EL CUARTO!" gritó Gabi, ya de pie sobre la otra cama, alejándose todo lo posible.
"¡NO SÉ DÓNDE ESTÁ EL EXTINTOR!" gritó Ale, con las manos sobre la cabeza.
"¡ESTÁ EN EL PASILLO, TODOS LOS HOTELES TIENEN UNO EN EL PASILLO!" grito Drew.
Alejandro salió corriendo del cuarto en pijama y regresó treinta segundos después arrastrando un extintor casi tan grande como él, rociando espuma blanca por todo el cuarto, sobre la cortina, sobre las camas, sobre Drew, que gritó indignado.
"¡A MÍ NO, ALEJANDRO, A LA CORTINA!"
"¡NO SÉ USAR ESTA COSA!"
Y el fuego se apagó solo, de golpe. No con el extintor, que para entonces ya había cubierto todo el cuarto de espuma, incluido un lámpara, una Biblia de hotel intacta sobre el buró, y a Drew de pies a cabeza.
Los cuatro se quedaron congelados, jadeando, mirando a Kenneth, que había vuelto a bajar la cabeza y ya no decía nada.
"Okay" dijo Kauê. "Okay. Nuevo plan."
"¡PUES NO TENEMOS UN CURA DE VERDAD, TENEMOS UN TOUR EN TRES DÍAS!" gritó Drew, al borde de las lágrimas.
Y entonces la voz de ultratumba, para sorpresa de todos, se rió.
"Espera. ¿Ustedes están más preocupados por el tour que por el exorcismo?"
Los cuatro se miraron. Nadie respondió, lo cual era, en sí mismo, una respuesta.
Resultó que la entidad, que finalmente se presentó como "Barnabas, antiguo príncipe de la discordia menor, categoría intermedia", llevaba dormido dentro de un amuleto de mercadillo que Kenneth había comprado en Tulum durante las vacaciones de primavera, y que se había despertado por puro aburrimiento cósmico.
Y resultó, también, que Barnabas era fan.
"Llevo setecientos años atrapado en piedras baratas" confesó, con la voz de Kenneth todavía medio gutural pero ya más relajada, ya sentado en la cama, ya sin atarlo. "Y de repente estoy en un cuerpo joven, con público, con luces, con una canción sobre amor eterno que, la verdad, no está mal. ¿Ustedes saben lo aburrido que es ser un demonio menor sin nadie que lo aplauda?"
"Entonces... ¿no quieres hacernos daño?"preguntó Alejandro, todavía con el rosario en la mano por si acaso.

Los cuatro se miraron de nuevo.
"No" dijo Drew, firme. "Kenneth necesita su cuerpo."
Barnabas, Kenneth, suspiró, un suspiro largo y cansado que sonaba genuinamente triste.
"Es que hace tanto que nadie me escucha cantar..."
Y ahí fue cuando Kauê, que llevaba diez minutos scrolleando en silencio, encontró la solución.
"Espera. Espera, espera, espera. El PDF dice que uno puede negociar la salida de una entidad si le ofreces algo de "valor comparable". ¿Y si...?"
A las tres de la mañana, en el cuarto 412 del Marriott, Gabi conectó su bocina Bluetooth y puso "Forever & Always" a todo volumen, mientras los cinco cantaban el coro completo, directamente hacia el amuleto de Tulum que Alejandro sostenía como una ofrenda.
"Esto es lo más ridículo que he hecho en mi vida" dijo Gabi, cantando de todos modos.
"Cállate y canta, Barnabas se merece un buen show de despedida" dijo Kauê.
Cuando terminó la canción, Kenneth parpadeó, tosió, y cayó al suelo, su color normal, sus ojos normales, su voz de siempre.
El amuleto, en la mano de Alejandro, ya no pesaba nada. Estaba frío, vacío, apenas un pedazo de piedra de mercadillo cualquiera.
Nadie le explicó nada a Kenneth esa noche. Simplemente lo abrazaron, los cuatro juntos, aliviados, exhaustos, con el corazón todavía acelerado.

El tour empezó puntualmente tres días después. Kenneth cantó "Forever & Always" sin levitar, sin voz de ultratumba, solo un chico de diecisiete años nervioso, feliz, alcanzando por fin esa nota alta con la que tanto había batallado. Desde el fondo del escenario, muy bajito, entre aplausos, alguien juraría haber escuchado una voz profunda y milenaria tararear el coro, satisfecha.
FIN

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