Único

7 1 0
                                        


La lluvia caía sin tregua sobre Seúl, golpeando los ventanales del estudio de producción con un repiqueteo constante y melancólico. Adentro, el ambiente era denso, pesado, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el clima exterior.

Yoongi estaba sentado frente a la consola, con los nudillos blancos de tanto apretar un lápiz que llevaba diez minutos sobre la misma partitura vacía. Tenía la mandíbula tan tensa que le dolía. En su cabeza no sonaban acordes ni melodías; solo repetía una y otra vez la escena que había presenciado en la fiesta de la agencia hacía menos de una hora: Jimin riendo, con los ojos semicerrados y brillantes, recibiendo las atenciones de otro hombre. Alguien que no era él. Alguien a quien Jimin, según los rumores de los pasillos, estaba conociendo de otra manera.

La puerta del estudio se abrió con suavidad, dejando pasar una ráfaga de aire fresco y el olor a humedad. Jimin entró sacudiéndose las gotas de agua de los hombros, con el cabello rubio revuelto y un suéter oversized de punto claro que lo hacía ver extrañamente frágil y cálido al mismo tiempo.

—Hace un clima terrible afuera, hyung —dijo Jimin con su tono suave, cerrando la puerta con cuidado.

No obtuvo respuesta. Yoongi ni siquiera levantó la mirada de la mesa de mezclas. Siguió con los hombros rígidos, la espalda encorvada y una expresión tan hosca que habría ahuyentado a cualquiera.

Pero Jimin no era cualquiera. Jimin conocía cada rincón oscuro de ese genio musical y, lejos de intimidarse, sintió una punzada de genuina preocupación en el pecho al verlo así de tenso. Sabía perfectamente que Yoongi se sobrecargaba de trabajo cuando algo lo atormentaba, aunque su mente estuviera completamente absorta en otra cosa y ni siquiera se percatara de la verdadera razón detrás de la frustración del mayor.

Jimin se acercó en silencio, dejando su gabardina mojada sobre el respaldo de una silla. Caminó detrás de la consola y apoyó las manos en los hombros anchos de Yoongi. Sintió cómo el cuerpo del mayor se crispó al instante bajo el tacto, volviéndose tan rígido como una piedra.

—Estás muy tenso, Yoongi-yah —murmuró Jimin con una dulzura infinita, ignorando por completo la hostilidad palpable en el aire—. Ven, recuéstate en el sillón. Voy a darte un masaje, te va a hacer bien.

—No necesito nada, Jimin. Vete a tu casa —respondió Yoongi con voz áspera, cortante, un gruñido sordo que brotó desde lo más profundo de su garganta. No quería mirarlo. Si lo miraba, iba a perder el poco control que le quedaba sobre los celos venenosos que lo carcomían por dentro. Sabía que Jimin era incapaz de actuar con malicia; el menor poseía una inocencia casi exasperante, una bondad genuina que lo desarmaba. Yoongi estaba devorándose vivo por dentro, ahogándose en su propia rabia contenida, pero sabía que no tenía el derecho de reclamarle nada. Jimin no era suyo. Al menos, no oficialmente. Y eso era lo que más le dolía.

Jimin soltó un susurro tierno, una mezcla de risa suave y resignación.

—No voy a discutir contigo cuando tienes los hombros hechos nudos. Arriba, anda.

Como Yoongi se negaba a moverse, Jimin se inclinó un poco y, con una fuerza sorprendentemente firme combinada con un toque juguetón, comenzó a empujarlo de los hombros hasta obligarlo a ponerse de pie. Yoongi, refunfuñando por lo bajo y con la mirada oscura clavada en el suelo, terminó cediendo solo para evitar lastimarlo, y se dejó guiar hasta el amplio sofá de cuero negro que ocupaba una esquina del estudio.

Yoongi soltó un suspiro gutural, una mezcla de rendición y molestia, y se dejó caer pesadamente sobre el sofá. Se giró quedando boca arriba, con los brazos cruzados detrás de la nuca en un intento desesperado por ocultar la tormenta que se avecinaba en su expresión. Cerró los ojos con fuerza, maldiciéndose internamente por su propia debilidad, intentando inútilmente calmar el fuego ridículo y abrasador que sentía en la sangre cada vez que Jimin estaba cerca.

Jealousy & rainStories to obsess over. Discover now