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El viento aullaba con intensidad, levantando el cabello corto de Yibo y atravesando su abrigo grueso como si fuera de papel

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El viento aullaba con intensidad, levantando el cabello corto de Yibo y atravesando su abrigo grueso como si fuera de papel. Un escalofrío lo recorrió, una mezcla de frío y miedo que parecía incrustarse en sus huesos. Sus pies estaban en el borde del abismo, rozando apenas el vacío, como si midiera la posibilidad de saltar.

Cerró los ojos con fuerza, exhalando una bocanada de aire que dejó su pecho vacío y su mente en blanco por un instante. Sus manos se aferraron al abrigo, buscando en la tela un consuelo que no llegaba. Todo su cuerpo temblaba, vulnerable, expuesto. Finalmente, se atrevió a abrir los ojos, enfrentándose a la altura que lo rodeaba. La vista era abrumadora, pero no tanto como el nudo en su estómago.

Entonces, algo interrumpió su tormento interno: un tarareo suave y angelical llegó desde su izquierda, apenas perceptible entre el silbido del viento. Instintivamente, giró la cabeza hacia la dirección del sonido. Allí, sobre el mismo borde del precipicio, un niño cantaba en voz baja mientras dibujaba con concentración en un cuaderno. Sus movimientos eran lentos y gráciles, como si danzara en sincronía con la brisa que jugueteaba con su camisa blanca. El tejido revoloteaba alrededor de sus piernas, mientras su cabello pelinegro ondeaba como una bandera en el viento.

El corazón desbocado de Yibo pareció detenerse, como si el tiempo mismo hubiera hecho una pausa. Sus ojos, oscuros y asombrados, quedaron fijos en aquella escena irreal. Cada giro de muñeca, cada trazo en el papel, cada nota entonada con suavidad era hipnotizante. Esa voz, tan delicada, parecía hecha de otro mundo.

Lentamente, Yibo retiró los pies del borde, plantándolos con firmeza sobre suelo seguro. Sus pasos fueron cautelosos, como si temiera romper el hechizo que envolvía el momento. No quería perturbar al cantante; no quería ser descubierto.

El viento volvió a alborotar su cabello, cubriéndole parte del rostro, pero no apartó la mirada. Nada más importaba en ese instante, salvo los movimientos etéreos del niño y el murmullo del viento que acompañaba su cantar.

 Nada más importaba en ese instante, salvo los movimientos etéreos del niño y el murmullo del viento que acompañaba su cantar

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Desde aquel encuentro, algo en su interior cambió. Cada día, como si fuese guiado por un instinto que no podía controlar, se dirigía al mismo lugar. Al principio, se decía a sí mismo que era para ir a ver a la tía Xie, la conserje de limpieza del hospital. Una excusa tras otra para pasar por allí sin sentirse extraño. No encontraba cómo justificarse a sí mismo, pero a pesar de aquello siguió sus acciones.

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⏰ Last updated: Aug 26 ⏰

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