Otro Mundo

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Capítulo 1:

El vértigo fue lo último que Arturo Pendragon sintió antes de que el mundo se desgarrara a su alrededor. Una risa malvada y distorsionada resonó en sus oídos, mezclada con el grito desgarrado de un nombre que siempre había significado el fin de sus problemas y el comienzo de su salvación.

"¡ARTURO!"

Vio la mano de Merlín extendida, sus dedos rozando los suyos, sus ojos azules llenos de un pánico genuino y un destello de magia dorada que intentaba aferrarse a él. Pero el hechizo del mago vengativo-otro de los innumerables fantasmas del reinado de su padre-era demasiado fuerte. El portal se cerró como una mandíbula, y Arturo cayó en el vacío.

El impacto fue brutal. No contra la tierra, sino contra una superficie sólida y pesada. La madera maciza de una gran puerta cedió ligeramente bajo el peso de su armadura, y un dolor agudo recorrió su muñeca derecha. Las luces de su mundo se apagaron, sumergiéndolo en una oscuridad sin sueños.

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El primer sonido que percibió fue el chisporroteo de una chimenea. Luego, el susurro de telas y el crujir de pasos sobre un suelo de piedra. La conciencia regresó a Arturo como una marea, trayendo consigo un torrente de confusión y el eco punzante del golpe en su cabeza. Parpadeó.

El techo era alto, abovedado, Sus ojos se abrieron de par en par, y el instinto de guerrero se apoderó de él. No era Camelot. No era ni siquiera un lugar que reconociera. Movió la mano con brusquedad hacia su cadera, buscando el peso de su espada pero no la consiguio el mago lo había desarmado

Nada. Solo el frío de las sábanas.

"¡Alto ahí, joven!"

La voz era severa pero no amenazante. Arturo se incorporó de golpe, ignorando el mareo, y se encontró con tres figuras. Una mujer con el cabello gris recogido en un moño ajustado y una bata verde, que lo miraba con autoridad. Un anciano de larga barba plateada y túnica púrpura, cuyos ojos azules brillaban con una curiosidad que le pareció inquietantemente familiar. Y otra mujer, más severa aún, con el cabello oscuro y gafas cuadradas, que lo inspeccionaba como si fuera un espécimen extraño.

Se movió para saltar de la cama, pero un dolor agudo en la muñeca derecha lo hizo detenerse. La mujer de la bata verde, Madam Pomfrey, ya estaba a su lado. "Siéntese. Ahora."

Arturo jadeó, su mente aún aturdida. No son enemigos. No tienen la culpa de que esté aquí. Se obligó a respirar profundamente, una táctica que Merlín le había enseñado en sus peores días. Aflojó los hombros, aunque cada músculo seguía tenso. Se sentó, pero con la espalda erguida, como su padre le había inculcado.

"¿Dónde estoy?" preguntó, su voz grave y medida. No era un súbdito, era un príncipe. Debía comportarse como tal, incluso en la incertidumbre aunque no sabía comparte así en un lugar como este.

"En el ala de enfermería de Hogwarts, querido muchacho", respondió el anciano, Dumbledore, con una sonrisa que parecía ocultar mil secretos. "Mi nombre es Albus Dumbledore, y esta es la profesora Minerva McGonagall. La señora Pomfrey, nuestra enfermera, le atenderá."

Arturo asintió lentamente. Los nombres no le decían nada, pero el tono del anciano era cálido, casi paternal. "Arturo", dijo, midiendo sus palabras. "Solo Arturo." No dio su apellido. No quería ver el miedo o la reverencia que el nombre de Pendragon siempre provocaba, especialmente si su padre tenía una deuda de sangre con el mago que lo había enviado aquí.

"Bueno, Arturo", intervino Minerva McGonagall con un deje de desaprobación. "Necesitamos saber si es un mago o un muggle. ¿Posee alguna varita?"

Arturo la miró sin comprender. "¿Varita? No. Solo tenía mi espada, pero... un maldito hechicero me la quitó."

El Principe Caído Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora