Capítulo 1: El hombre detrás de la bata

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A las cinco y diecisiete de la mañana, cuando la mayor parte de la ciudad todavía permanecía sumergida en el silencio de la madrugada, Erling Haaland ya llevaba despierto casi veinte minutos.

No porque tuviera una cirugía particularmente temprano. Tampoco porque hubiera dormido mal. De hecho, había conseguido dormir algo más de cinco horas, lo cual, considerando su trabajo y la pequeña persona que dormía en la habitación contigua, podía considerarse una victoria. Simplemente se había acostumbrado a despertarse antes de que sonara la alarma. Su cuerpo parecía haber aprendido que no tenía sentido esperar a que el teléfono vibrara cuando había una niña de catorce meses que podía despertarse en cualquier momento y convertir la tranquilidad de la mañana en una carrera contra el reloj.

Permaneció unos segundos boca arriba, mirando el techo de su habitación, completamente quieto. La alarma estaba programada para las cinco y media, pero no tenía intención de levantarse todavía. Había algo particularmente agradable en esos minutos en los que la casa permanecía en silencio. No había llamadas. No había pacientes. No había enfermeras entrando y saliendo de una habitación. No había residentes preguntándole por una decisión quirúrgica. No había informes pendientes ni reuniones ni mensajes del hospital. Solo el sonido lejano de la ciudad comenzando a despertar y el suave zumbido del aire acondicionado.

Y, por supuesto, estaba Olivia.

Erling giró ligeramente la cabeza hacia la puerta de su dormitorio.

No podía verla desde allí, pero sabía que estaba dormida. O al menos esperaba que lo estuviera.

Se incorporó con cuidado, pasó una mano por su rostro y se quedó sentado en el borde de la cama durante unos segundos. El cansancio estaba ahí, instalado en sus músculos como una segunda piel. Había aprendido a convivir con él. Al principio había intentado combatirlo. Dormir cuando podía, organizar cada minuto, aprovechar cada pequeño espacio libre. Con el tiempo había comprendido que era imposible. Su vida no tenía suficientes horas para todo lo que debía hacer.

Así que había aprendido a funcionar cansado. Y a sonreír cansado. Y a operar cansado.

Y, sobre todo, a ser padre cansado.

Se puso de pie, tomó una camiseta limpia y unos pantalones deportivos del armario y salió de su habitación en silencio.

El pasillo estaba oscuro.

La puerta del cuarto de invitados permanecía cerrada. Isabela se había quedado allí la noche anterior porque había llegado tarde y Erling había insistido en que no tenía sentido que regresara a casa después de las once. Ella había aceptado después de discutir con él durante cinco minutos, principalmente porque ambos sabían que al día siguiente tendría que volver temprano para ayudarlo con Olivia.

Erling caminó hasta la habitación de su hija.

Abrió la puerta apenas unos centímetros.

La luz nocturna proyectaba una iluminación tenue sobre la habitación.

Y allí estaba.

Olivia dormía boca arriba, con una de sus pequeñas manos cerrada alrededor de una esquina de la manta y la otra descansando junto a su cabeza. Tenía el cabello rubio ligeramente desordenado y las mejillas todavía un poco rosadas. Una de sus piernas había conseguido escapar de la manta.

Erling sonrió.

Siempre hacía eso.

De alguna manera, sin importar cuántas veces la acostara correctamente, Olivia terminaba durmiendo atravesada, con la manta en el suelo o con un pie fuera de la cama.

EL INQUILINO DE ARRIBA (Jude x Erling)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora