Capitulo 1: El Espejo del Cielo y el Abismo Sin Vida

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El sonido de la madera crujiendo bajo una presión imposible fue lo último que perteneció al mundo conocido.
Cuando el portal del abismo terminó de desgarrarse, el *Leviatan de Bronce* y el *Ojo de Ópalo* no cayeron al vacío; atravesaron una cortina de negrura absoluta para emerger en un silencio tan espeso que dolía en los oídos.
Aethel fue el primero en ponerse de pie sobre la cubierta, sacudiéndose la escarcha salada de los hombros. Al levantar la mirada, el aire se le atragantó en el pecho.
No había horizonte.
El mar debajo de la quilla ya no era agua oscura ni salobre; era una superficie perfectamente lisa, un espejo líquido de un azul iridiscente y translúcido que reflejaba con terrorífica precisión una bóveda celeste idéntica a la que pisaban. La línea donde terminaba el océano y comenzaba el cielo se había borrado por completo. Parecía que los dois barcos estaban suspendidos en el aire, flotando en el centro de una esfera infinita.
Y el sol... el sol estaba demasiado cerca. Un astro gigante, de un tono ámbar quemado y estático, colgaba a pocos grados de la superficie del agua, proyectando una luz densa y pesada que no daba calor, sino una especie de brillo metálico sobre las cubiertas.
-Por todos los infiernos... -murmuró Vane, saliendo tambaleándose del alcázar con el tricornio apretado contra el pecho-. ¿Dónde carajos estamos?
La tripulación entera comenzó a emerger de las escotillas, arrastrándose hacia la cubierta principal. Al asomarse por las bordas, el pánico estalló en murmullos ahogados.
El agua estaba tan quieta que parecía gelatina cristalina. No había una sola ola, ni una brizna de viento que moviera las velas, que colgaban inertes como jirones de ropa vieja. Pero lo más aterrador no era la calma chicha, sino la ausencia total de movimiento en las profundidades.
Bajo la quilla transparente, la vista se perdía kilómetros hacia abajo en un vacío diáfano. No había peces, ni algas, ni plancton, ni el rastro de una sola burbuja. Un desierto líquido, vasto y eterno.
-Capitán... las amarras... los relojes... -gritó uno de los oficiales novatos, corriendo con el rostro descompuesto hacia el puente de mando-. ¡El péndulo del cronómetro está detenido! ¡No se mueve!
Aethel caminó despacio hasta la proa, con las manos firmes sobre la barandilla de bronce. Sacó su brújula de bolsillo. La aguja metálica ya no apuntaba al norte; giraba como loca en círculos cerrados, zumbando con un temblor eléctrico.
Miró el cielo, luego el agua idéntica bajo sus pies, y finalmente el sol estático que se negaba a ocultarse o a moverse un solo milímetro. No soplaba brisa. El aire estaba muerto. El tiempo mismo parecía haberse disuelto en aquel extraño purgatorio de ficción.
-¿Cuánto tiempo pasó, capitán? -preguntó Vane con voz temblorosa, acercándose a su lado y mirando el inmenso y vacío reflejo-. Días, meses... aquí ya no se puede medir el pulso de las horas.
Aethel guardó la brújula. Su rostro, curtido por la sal y la tragedia, no mostró una sola gota de miedo, solo una fría y profunda fascinación. Comprendió que habían traspasado la frontera de la realidad humana.
-No necesitamos medir el tiempo, Vane -respondió Aethel, rompiendo el silencio sepulcral con una calma que resonó en toda la flota-. Ya no estamos en la tierra de los vivos.

El CONQUISTADOR IIIStories to obsess over. Discover now