La princesa que nunca amo

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Antes de convertirse en Wei Yun, antes de que alguien la llamara Hongmei, antes de que su nombre quedara ligado a una familia de cultivadores y a un muchacho destinado a convertirse en una leyenda...

Hubo una vez una princesa llamada Nyneve.

Y Nyneve murió.

La noche en que murió, nevaba.

Los copos descendían lentamente sobre los tejados negros del palacio, cubriendo de blanco las torres, los jardines y los caminos de piedra. Desde la ventana de sus aposentos, Nyneve contemplaba el paisaje con una copa de vino entre los dedos.

No temblaba.

Eso era lo más extraño.

Una mujer de su posición debería haber estado llorando, suplicando, llamando a sus sirvientas.

Ella no hizo nada de eso.

Simplemente observó.

Había aprendido hacía mucho tiempo que el miedo era un lujo que no podía permitirse.

-Alteza.

La voz detrás de ella fue casi un susurro.

Nyneve no se volvió.

-¿Sí?

-El rey ha enviado soldados para escoltarla al salón principal.

Nyneve sonrió apenas.

-Entonces ha llegado la hora.

Su doncella bajó la cabeza.

-Alteza...

-No llores.

-Pero...

-No llores -repitió Nyneve con suavidad-. Si vas a llorar, hazlo después de que me haya ido.

La muchacha apretó los labios.

Nyneve dejó la copa sobre la mesa.

Su vestido era de seda oscura, bordado con hilos plateados. Su cabello estaba recogido con una corona que pertenecía a generaciones de princesas.

Era hermosa.

Era elegante.

Era rica.

Era poderosa.

Y estaba completamente sola.

Desde que podía recordar, había comprendido que la corte no era un hogar.

Era un tablero.

Cada sonrisa escondía un cuchillo.

Cada banquete era una negociación.

Cada abrazo podía ser una sentencia de muerte.

Su padre la había querido mientras resultara útil.

Su madrastra había sonreído mientras planeaba cómo eliminarla.

Sus hermanos habían competido con ella.

Los ministros habían intentado utilizarla.

Los nobles habían querido casarse con ella.

Y Nyneve había aprendido a no amar a ninguno.

Porque amar significaba entregar una debilidad.

Y ella no pensaba morir por una debilidad.

Ironías de la vida.

Moriría precisamente por haber vivido sin amor.

Cuando entró al salón del trono, todos estaban allí.

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