-¡Llego tarde, llego tarde! -
Murmuré para mí mismo mientras entraba corriendo a la escuela. Abrí mi casillero y, como pude, me cambié los zapatos. Volví a cerrarlo de golpe para echarme a correr nuevamente.
La maldita alarma no sonó. Anoche me dormí confiado de que estaba puesta, pero al parecer no. Me levanté tarde, y yo... bueno, la persona más rápida del mundo no soy.
Mientras corría por los pasillos, me di cuenta de que ya todos estaban en sus salones. Obvio que sí, idiota. Al único tonto que le ocurrió llegar tarde es a ti.
Creo que ni siquiera me había cerrado bien los botones de mi camisa. Bajé la mirada para revisar... por suerte, estaba cerrada. Lo que sí ocurrió después es que choqué de frente con una maestra.
-¡L-lo siento, profesora! ¡Voy tarde! - Me di la vuelta rápidamente para disculparme, muriendo de vergüenza. Lo último que vi fue que ella soltó un suspiro cansado y siguió caminando.
Subí las escaleras a todo lo que daba, casi tropezándome con los escalones. Llegué rápidamente a mi salón y abrí la puerta de golpe.
- ¡Profesor, una disculpa por llegar tarde! Uhm... ¿p-puedo pasar? - pregunté, con el pecho subiendo y bajando agitadamente y el corazón palpitándome tan rápido que sentía que se me iba a salir.
El profesor dejó de escribir en el pizarrón y se volteó hacia mí.
- ¿Otra vez? Tenías que ser tú, Yukimura. Es la segunda vez en esta semana. A la próxima voy a tener que llamar a tu mamá - dijo, y todos en la clase comenzaron a reírse. - ¿Qué excusa tienes para hoy? -
Comencé a jugar con mis dedos, nervioso, tratando de inventar algo. ¡Mierda, no tengo ninguna! ¡Maldito cerebro inútil!
- Le voy a ser sincero... anoche no puse mi alarma. ¡Pero juro que no volverá a pasar! ¡Estaré más atento! - me apresuré a decir, casi a punto de arrodillarme ahí mismo.
Es el profesor Tanaka; ese hombre se toma todo demasiado en serio. Y cuando llegas tarde, es mucho más estricto. Lamentablemente, yo siempre llego tarde, así que, por suerte, ya se acostumbró un poco a mí.
Se cruzó de brazos y soltó un suspiro.
- Te lo dejaré pasar esta vez, pero ya te lo dije. A la próxima, o llamo a tu mamá o te dejo fuera. Pasa y siéntate. -
Todos volvieron a reírse. ¡Malditos! Mis desgracias no son chistosas.
El único que no se reía, era él. Ren Takeda. Dios... ese chico es tan guapo, y que sea tan callado me vuelve loco.
¿Lo mejor? Es que me siento a su lado. Caminé hasta el fondo del salón, colgué mi mochila y me senté. Comencé a sacar mis cuadernos para copiar lo que el profesor escribía.
Y obviamente no me podía olvidar de mi amorcito. No pasaba el día sin que yo soñara despertamente con tener una vida junto a él.
- B-buenos días... Takeda-kun - saludé, con el rostro rojísimo. Ya va a hacer medio año que nos conocemos, y aún no me acostumbro a saludarlo ni a mirarlo directamente.
Después de unos segundos, él contestó.
- Buenos días. - saludó sin mirarme.
Frío, seco... más seco que el desierto. Pero a mi tonto corazón le encantó. Después de haberse calmado por el tremendo maratón que corrí, volvió a acelerarse de nuevo.
No podía evitarlo. He estado enamorado secretamente de Takeda desde la ceremonia de ingreso, aún lo estoy, y estar sentado a su lado solo hacía que me pusiera más nervioso cada vez que me acercaba.
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Simples Opuestos
Non-Fiction«¿Qué pasaría si un chico extrovertido se enamora del nerd callado de la clase? Mizuki Yukimura es un chico de 15 años, un completo libro abierto para todo el mundo. Es tan transparente y alegre que, a veces, parece que actúa sin pensar demasiado en...
