¡Papis, Catalina!

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¡Papis, Catalina!

🪷🪷🪷

Franco estaba parado enfrente de la isla de la cocina; se encontraba cortando unas frutillas para la merienda, hasta que sintió unas manos chiquititas en sus piernas.

-¡Papi! -Franco dejó de cortar las frutillas para mirar hacia abajo, de donde provenía la voz que lo había llamado, encontrándose con unos ojitos verdes grandes y llenos de brillo.

-Hola, amor, ¿qué pasó? -interrogó al infante para después regarle una cálida sonrisa; el infante no le contestó con palabras, simplemente estiró sus bracitos para arriba.

El rubio, entendiendo lo que el infante quería, lo alzó entre sus brazos y empezó a darle besitos en toda su carita mientras el menor reía.

-¡Basta, papi! Me da cosquillas -habló entre risas.

-Bueno, bueno, no te doy más besitos -fingió estar ofendido- Ahora todos los besitos son para papá -declaró el rubio, tratando de no reírse ante la reacción de terror de su hijo.

-¡No! Nono, los besitos de papi son solo para Enzo -declaró señalándose a sí mismo- Para papá nada de besitos de papi -amenazó mientras se cruzaba de brazos. Franco podría morir de amor ahí mismo por culpa de su hijito de 4 añitos.

-Pobre papá, a él también le gustan los besos de papi, se va a poner triste -trató de convencer a su bebé de no quitarle los besos a su papá- Dejá que papi le dé besitos a él también.

El pequeño Enzo puso su dedo índice en su labio inferior mientras pensaba lo que su papi le había dicho- Bueno, papi, papá puede tener besitos de papi ¡pero no más que yo! -declaró finalmente el pequeño de piel canela mientras abrazaba a su papi y le daba besitos en los cachetes.

-¿Qué pasó, amor? ¿Estabas aburrido de pintar? -le preguntó mientras lo sentaba en la mesada al costado de las frutillas ya cortadas.

El menor asintió mientras movía sus piernitas colgadas en el aire; miró a su papi y luego a las frutillas a su costado.

-¿Querés comer unas frutillas, amor? -Enzo asintió muchas veces en respuesta- Bueno, esperá que traigo la azucarera para comerlas con azúcar; no te muevas de ahí hasta que vuelva porque te podés caer, Enzo.

El rubio se dio vuelta rápido a buscar la azucarera en los estantes. El pequeño Enzo aprovechó que su papi se dio la vuelta y se mandó dos frutillas de una, terminando con toda la boca llena, así como una ardillita; cuando su papi se dio vuelta con la azucarera en manos, se tapó la boca con ambas manos tratando de encubrirse.
Franco supo que algo estaba pasando cuando su bebé no hacía ruido alguno; se apuró a bajar la azucarera para ver qué es lo que estaba haciendo Enzo. Se imaginó cualquier cosa menos ver al chiquito con toda la boca llena de frutillas y tratando de que él no se dé cuenta, tapando su boca con sus manitas; su bebé era demasiado tierno.
Se acercó de nuevo a la isla tratando de no dejar salir una risa; dejó la azucarera en la mesa y destapó la misma para hundir un poco una frutilla en azúcar.

-¿Están ricas las frutillas, bebé? -preguntó y se llevó la frutilla con azúcar a la boca; el infante de piel canela terminó de masticar y tragar las frutillas para contestarle a su papi sin ser retado por hablar con la boca llena.

-¡Sí, papi! Están muy ricas -afirmó mientras agarraba otra y la bañaba de azúcar.

El rubio acomodó los rizos largos que tapaban un poco de la cara de su hijo, moviéndolos hasta detrás de la oreja del chiquito, siguió acariciando los rizos oscuros de su hijo mientras este ponía toda su atención en la frutilla con exceso de azúcar.

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