Prólogo: La Tormenta

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El río no rugía: masticaba.

Se tragaba la lluvia a dentelladas, la escupía contra las rocas, la arrastraba entre fauces de barro y espuma. El agua bajaba espesa, cargada de tierra y de rabia, como si esa noche el mundo entero se estuviera desangrando. Los truenos no retumbaban: estallaban dentro del cráneo, uno detrás de otro, sin pausa, sin piedad. Y el viento, aliento húmedo y salvaje, olía a salitre, a hojas podridas, a tormenta vieja.

En la orilla, lejos de las murallas de Linkon, dos siluetas se recortaban contra la furia del cielo.

—¡Fran, vámonos! —la voz de Thomas apenas sobrevivía al viento—. ¡Te dije que iba a llover, maldita sea, corre!

Francesca Lancaster no lo escuchaba.

A sus quince años, con el cabello pegado al cráneo como un velo oscuro y la ropa empapada hasta los huesos, tenía los brazos alzados, las palmas abiertas hacia el cielo, y de sus dedos brotaba una luz que no era de este mundo. No era la chispa torpe de los últimos meses, ni el parpadeo inútil que se moría antes de nacer. Esta vez era distinto: firme, amarilla como el sol, viva, enroscándose en sus muñecas como un animal recién nacido.

—¡Mira, Thomas! ¡Mira! —su risa atravesó la tormenta como un cuchillo—. ¡Lo logré! ¡Por fin lo logré!

—¡Sí, genial, eres increíble, vámonos ya!

Giró sobre sí misma, descalza en el barro, con la magia dibujando espirales en el aire.

Entonces el cielo se partió en dos.

No fue un trueno. Fue un hachazo de luz blanca que cayó tan cerca que a Thomas se le erizó cada vello del cuerpo. Y antes de que pudiera gritar, lo vio todo en cámara lenta: el pie de Francesca resbalando en el barro, su cuerpo cayendo hacia atrás con los brazos abiertos, la luz apagándose de golpe, el golpe seco contra la roca.

El silencio de su hermano fue por incredulidad y miedo al hecho ante sus ojos.

—¿Fran?

El cuerpo cayó hacia el agua y esta la envolvió llevándosela. Flotaba boca abajo, el cabello extendido como un abanico negro sobre la corriente, la sangre diluyéndose en espirales oscuros que el río devoraba con indiferencia.

Thomas se lanzó al agua sin pensarlo dos veces.

El frío le mordió las piernas, el pecho, la garganta. Nadó con todas sus fuerzas, tragando agua, escupiendo barro, gritando el nombre de su hermana con una voz que ya no reconocía como suya.

—¡Francesca! ¡Respira, maldita sea, RESPIRA!

La alcanzó justo cuando la corriente intentaba reclamarla. La abrazó contra su pecho, sintiendo su piel helada, sus labios azules, el pánico subiéndole por la garganta como ácido.

—¡No me hagas esto! ¡No te atrevas a dejarme, Fran, no te atrevas...!

A tres kilómetros de ahí, dentro de una casa que apestaba a sangre, a sal, a magia podrida, otro cuerpo se apagaba a la misma velocidad.

Las velas, consumidas hasta la raíz, dibujaban sombras largas que se retorcían en las paredes como criaturas agonizantes. Catalina yacía sobre la cama, la piel recorrida por una aurora blanca que parpadeaba como una llama a punto de extinguirse — a veces se avivaba, a veces casi desaparecía, y con ella, su respiración.

Caleb, dieciocho años, estaba arrodillado a su lado, la mano extendida sobre su pecho, los dedos abiertos, el brazo temblando. No rezaba. No cantaba. Resonaba con ella, se aferraba a un hilo invisible que se le deshacía entre los dedos como arena. Las venas de su brazo derecho ya ardían, raíces de plata subiéndole desde la muñeca hasta el hombro. A su lado, de pie, Zayne —veinte años, pálido, empapado en su propio sudor— sostenía un cántico que no debería existir en ningún libro.

—Zayne. —Su voz no preguntaba. Exigía—. Se está apagando.

—Lo sé. —Zayne no apartó los ojos del círculo, que ardía en un color que no tenía nombre—. Sostenla. Es lo único que te pedí que hicieras bien esta noche.

—¡La estoy sosteniendo! —el grito se le quebró en la garganta—. ¡Y no alcanza, Zayne! ¡Mírala! ¡Si esto no funciona voy a...!

—¿Vas a qué? —Zayne levantó la cabeza de golpe, y por primera vez esa noche algo que no era control se le escapó de la voz—. ¿Vas a qué, Caleb? ¿A ir tú solo a buscar otra piedra, otro ritual, otra forma de matarte por ella? ¡Cállate y sostenla! ¡Confía en mí, porque si te rompes ahora, ella se rompe contigo, y no pienso enterrarlos a los dos esta noche!

El grito le salió de un lugar que Zayne no visitaba nunca. Caleb cerró la boca. Y sostuvo.

En el centro del círculo yacía un ciervo joven, de pelaje oscuro y ojos vidriosos, un puñal clavado en el corazón. Su sangre formaba un charco espeso que se mezclaba con la tiza y la cera, dibujando patrones horribles, como si la muerte misma estuviera firmando algo. Habían creído que el cuerpo de aquel pobre animal yacía muerto. 

Se equivocaron, el siervo aún agonizaba.

La piedra se desestabilizó.

No hubo explosión. Fue peor: un latido inverso, un vacío que se tragó la luz de las velas de un solo golpe. El ciervo se deshizo en ceniza sin un sonido. La energía, sin cuerpo donde caer, se partió en tres. Un filamento se clavó en el brazo de Caleb, quemándole hasta el hueso. Otro atravesó el pecho de Zayne, y una escarcha negra empezó a treparle por la piel como una hiedra venenosa. El último hilo, fino como una lágrima, se enroscó en el corazón de Catalina, como si se aferrase a ella y cuando desapareció le arrancó, en silencio, algo que no volvería a crecer.

En el río, las fauces de barro se quedaron, por un instante, quietas como un espejo.

Thomas ya no sentía las piernas. El agua le llegaba al pecho, a la garganta, y no veía nada más allá de la lluvia y el peso muerto de su hermana entre los brazos.

—¡DESPIERTA! —la voz se le rompió en pedazos—. ¡Por favor, Francesca, despierta, no me hagas esto!

Algo respondió.

Al otro lado de Linkon, un hilo acababa de romperse dentro del pecho de otra chica — libre, inestable, hambriento de un lugar donde caber. Cruzó la ciudad, atravesó la lluvia, atravesó los gritos de Thomas, atravesó el último suspiro que le quedaba a Francesca en el pecho. Y se hundió en ella.

Francesca abrió los ojos de golpe.

No hubo luz blanca ni coros celestiales. Solo un jadeo violento, el agua saliendo a borbotones de sus pulmones, las uñas clavándose en la camisa de Thomas como si necesitara comprobar que él también era real. Su corazón, detenido segundos antes, se completó de un tirón brutal.

Thomas la sostuvo contra el pecho, temblando, sin darse cuenta de que estaba llorando.

—Carajo, Fran... —entre risa y llanto, sin saber cuál de las dos cosas le ganaba—. Casi me matas del susto. Como vuelvas a hacer esto te juro que te mato yo mismo, ¿me oíste? Te mato yo mismo.

Francesca no dijo nada. Solo temblaba, con la mirada fija en un cielo que ya no era del todo el mismo, como si acabara de ver algo que no tenía permiso de ver. Y la lluvia como si hubiese sentido la estabilidad de lo arcano, empezó a ceder lentamente.

En Linkon, en la casa que olía a sal y a sangre, el silencio que siguió fue absoluto.

Caleb se desangraba en el suelo, el brazo derecho marcado para siempre. Zayne yacía contra la pared, respirando a tragos cortos, la escarcha negra devorándole el pecho. Catalina, inconsciente, respiraba en calma después de mucho tiempo, esbozó un suspiro suave, como si acabara de olvidar algo que la atormentó durante largas noches. 

A kilómetros de ahí, con el barro todavía pegado a la piel, Francesca cerró los ojos contra el hombro de Thomas y sintió (sin ningún motivo que pudiera nombrar) que su destino había sido cambiado. Que aquel día debió morir y que estaba condenada, contra toda voluntad a existir un poco más. 

No era especial. No era una elegida. El destino no lo buscaba a ella; simplemente ocupó el espacio donde cabía la tragedia. 

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⏰ Last updated: Aug 18 ⏰

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