Capítulo 1
El sol de Roma entraba a través de las cortinas semiabiertas como si no tuviera prisa. Paulo abrió los ojos a las 7:14. No necesitaba despertador. El cuerpo ya sabía a qué hora debía levantarse después de tantos años de rutina.
Se quedó un momento mirando el techo, sintiendo el peso suave de la sábana sobre el pecho. A su lado, Oriana dormía de costado, con una mano metida debajo de la almohada y el cabello oscuro derramado sobre la funda blanca. Respiraba despacio. Tranquila. Él la observó unos segundos y después se incorporó con cuidado para no mover demasiado el colchón.
Caminó descalzo hasta la cocina. El piso de madera estaba fresco. Encendió la cafetera automática, sacó dos tazas y mientras esperaba el café revisó el celular por inercia. No había nada urgente. Solo un mensaje de ayer a la noche de Lorenzo Pellegrini:
Lorenzo:
Mañana a las 10 en el campo. No te duermas, Joya.
Paulo sonrió apenas y contestó:
Paulo:
Estoy despierto. Llego temprano.
Después dejó el teléfono sobre la mesada.
El olor del espresso empezó a llenar el departamento. Escuchó pasos suaves detrás de él.
-Buenos días -dijo Oriana con la voz todavía pastosa, rodeándole la cintura desde atrás y apoyando la frente entre sus omóplatos.
-Buenos días -contestó él, cubriéndole las manos con las suyas-. ¿Dormiste bien?
-Como un tronco. Vos te levantaste temprano otra vez.
-Costumbre.
Se quedaron así un momento. Paulo sirvió el café, le pasó la taza a ella y se quedó con la suya. Tomaron en silencio, apoyados contra la mesada, mirando por la ventana el patio interno del edificio. Era una mañana cualquiera. Sin gritos. Sin tensiones. Solo el ruido lejano de la ciudad despertando.
A las 8:05 ya estaba vestido con el buzo de entrenamiento de la Roma. Oriana le acomodó el cuello de la campera mientras él se ataba los cordones.
-¿Vas a volver para el almuerzo? -preguntó ella, todavía con la taza en la mano.
-Depende de cómo salga la práctica. Si no se alarga, sí. ¿Querés que te avise?
-Sí. Y no te olvides de la rodilla. Ayer te vi hacer una cara rara cuando frenaste.
Paulo levantó la vista y le sonrió de costado.
-Estoy bien. No te preocupes tanto.
-Alguien tiene que hacerlo -respondió ella, acercándose para darle un beso corto en la comisura de los labios-. Andá. Y cuidate.
Él asintió, le rozó la mejilla con el dorso de los dedos y salió.
Bajó las escaleras con la mochila al hombro. El aire de Roma en agosto ya empezaba a calentar, aunque todavía era temprano. Subió al auto, puso música baja y manejó hasta Trigoria sin apuro. El trayecto era siempre el mismo: las mismas calles, los mismos semáforos, el mismo estacionamiento.
Cuando llegó, varios compañeros ya estaban. Saludó con la cabeza.
-¡Joya! -lo recibió Pellegrini, dándole un golpe suave en el hombro-. Llegaste antes que el sol, eh.
-No tanto -contestó Paulo, sonriendo-. ¿Cómo andás?
-Vivo. ¿Y vos? ¿La rodilla?
-Bien. Tranquila.
Entraron juntos al vestuario. El ambiente era liviano. Bromas, risas, alguien quejándose del calor. Paulo se cambió, se sentó en el banco a ajustar las medias y charló un rato con Cristante sobre el partido del fin de semana. Era fácil. Todo era fácil últimamente.
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Still Yours
FanfictionTres años juntos. Dos separados. Y un amor que nunca terminó de desaparecer. Leandro y Paulo alguna vez fueron inseparables, hasta que una decisión terminó con su relación y los obligó a seguir caminos diferentes. Dos años después. Paulo parece habe...
