Cuentan que, mucho antes de que las ciudades aprendieran a devorar la noche a base de luz eléctrica, la humanidad ya sabía que no estaba sola en el mundo. No hacía falta un libro sagrado para saberlo, ni una ley aprobada por ningún gobierno: bastaba con vivir cerca de un bosque lo bastante viejo, o de una montaña lo bastante alta y silenciosa, para descubrir -casi siempre de la peor manera posible- que había cosas ahí fuera que no obedecían ninguna de las normas que los hombres habían escrito para sí mismos.
Nadie sabe con exactitud cuándo empezó, porque no hubo un principio limpio, un día señalado en ningún calendario. Los monstruos no llegaron como una plaga ni como una invasión. Simplemente estaban ahí, del mismo modo en que el mar estaba ahí mucho antes de que alguien construyera el primer barco para cruzarlo. Lo único que cambió, con los siglos, fue que los hombres dejaron de esconderse.
Hablan -y aquí conviene desconfiar un poco, porque toda leyenda pierde algo de verdad en cada boca que la repite- de una aldea cuyo nombre nadie recuerda ya, que en una sola noche de invierno perdió a la mitad de sus habitantes ante algo que tardaron generaciones en aprender a nombrar. Dicen que entre los que sobrevivieron hubo un herrero que juró no volver a cavar una tumba sin haber peleado antes, y que fue él, o alguien muy parecido a él, quien forjó la primera arma pensada no para la guerra entre hombres, sino para la guerra contra lo otro.
No importa si la historia es cierta. Lo que importa es lo que vino después: que ese impulso -el de no quedarse quieto ante lo que no se puede explicar- se convirtió en oficio, el oficio en tradición, y la tradición, generación tras generación, en algo que hoy casi nadie se atreve a llamar por su nombre completo, aunque todos lo entienden con solo una palabra.
Cazadores
Hoy cada país tiene los suyos. Ninguno depende del todo de sus gobiernos, aunque hace mucho aprendieron a convivir con ellos, a repartirse el territorio de las decisiones: lo que afecta a un país lo decide ese país; lo que amenaza al mundo entero lo deciden otros. Y por encima de todas esas organizaciones nacionales, en reuniones que nadie ha presenciado ni fotografiado jamás, existen trece personas cuya autoridad no discute nadie, porque no toman una sola decisión salvo que los trece -el Líder Supremo y los Doce que lo acompañan- estén completamente de acuerdo. Basta con que uno solo dude para que nada se apruebe. Es, según dicen quienes estudian estas cosas, la razón por la que casi nunca se equivocan en público: no porque sean infalibles, sino porque han convertido el desacuerdo en una especie de escudo.
Pero esta no es la historia de esos trece. Ni siquiera es todavía la historia de un cazador.
Es la historia de un niño que, mucho antes de saber que algún día tendría que elegir entre ser recordado o ser olvidado, solo quería crecer lo bastante rápido para ponerse una capa que aún le quedaba enorme.
Tobías nunca conoció a su padre.
No hay ninguna historia trágica que contar sobre eso, o si la hay, nadie se la ha contado todavía a él. Solo sabe, porque su madre se lo dijo una vez, hace mucho, con una voz que no invitaba a más preguntas, que su padre había sido cazador. Sabe que existe una fotografía, guardada en el cajón de arriba del armario del pasillo, de un hombre joven con el pelo demasiado largo para el gusto de nadie y una sonrisa que de niño le costaba reconocer como propia, aunque su madre insistiera en que tenían los mismos ojos.
No sabe qué le pasó. No sabe si murió, si se fue, o si las dos cosas ocurrieron casi al mismo tiempo, como a veces ocurre. Ha aprendido, con los años, a no preguntar demasiado seguido, porque hay preguntas que agotan más a quien las responde que a quien las hace, y Tobías quiere a su madre lo suficiente como para no gastarla en eso.
Quizá por eso -o quizá simplemente porque los niños necesitan muy poco para empezar a soñar- Tobías creció fascinado por los cazadores de un modo que iba más allá del asombro normal de cualquier crío de su edad. No eran, para él, solo figuras de capa oscura que aparecían en las noticias cuando algo salía mal en algún pueblo alejado. Eran, en su cabeza, lo más parecido que tenía a una respuesta sobre quién había sido su padre.
Tenía siete años la primera vez que rompió una escoba jugando a ser uno de ellos.
Fue en el salón de su casa, un sábado de lluvia en el que el sofá se había convertido, según reglas que solo él conocía, en un bosque cercado por algo que atacaba desde tres direcciones a la vez. La escoba, requisada de la cocina sin permiso, hacía de lanza. El primer golpe falló, como fallan casi todos los primeros golpes, y el palo se partió justo por la mitad.
Su madre no se enfadó. Salió de la cocina secándose las manos en el delantal, miró el desastre -un cojín en el suelo, astillas de madera, un niño con la respiración agitada y la cara de quien acaba de vivir algo profundamente serio- y le preguntó, muy despacio, a qué se había enfrentado exactamente
Tobías se lo explicó con el rigor de quien lleva semanas pensando en ello. Le contó el nombre que le había inventado a la criatura. Le explicó por dónde había que atacarla, y por qué. Su madre asintió como si aquello fuera información estrictamente necesaria para la seguridad del hogar, y esa misma tarde le prometió una escoba nueva, aunque los dos sabían que tampoco esa sobreviviría demasiado.
No fue la última que rompió, ni la última tarde que pasó ganando batallas imaginarias en un salón que, en su cabeza, tenía fronteras con lugares mucho más peligrosos.
Con los años, sin embargo, el juego cambió de forma sin que él llegara a notarlo del todo. Dejó de imaginar monstruos con nombres inventados y empezó a memorizar los nombres reales: los rangos, las jerarquías, los pocos detalles que la gente normal llegaba a conocer sobre Los 70 -ese grupo sin número uno ni número dos, solo setenta personas que habían decidido, cada una a su manera, no tenerle miedo a nada-. Aprendió, casi sin proponérselo, que por encima de Los 70 solo estaban los Doce, y que llegar hasta ahí era algo que le ocurría a muy pocos, y que ni siquiera esos pocos lo conseguían buscándolo de frente.
No soñaba con eso. No todavía, al menos, y quizá nunca. Soñaba, simplemente, con la primera parte: con ser aceptado. Con que, algún día, alguien le pusiera en las manos algo más pesado que una escoba y le dijera que había ganado el derecho a sostenerlo.
Ese día llegó cuando cumplió diecisiete años y pudo, por fin, presentar su solicitud a la Academia.
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CAZADORES
Mystery / ThrillerEn un mundo casi igual al nuestro, los monstruos siempre han existido, y los cazadores son quienes se atreven a enfrentarlos. Tobías , nuestro protagonista ,nunca conoció a su padre. Solo sabe que fue cazador, y que eso es lo único que le queda para...
