El eco de un sueño.

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El sol de la mañana se cuela con fuerza a través de la gran ventana con vista al mar de la habitación de Luna en su soleado Cancún. La brisa cálida entra suavemente, mientras ella, en medio de las sábanas revueltas, parece atrapada en un recuerdo que la persigue incluso durmiendo.

En el sueño, el escenario es idéntico al de aquella tarde en el muelle: el agua choca con fuerza contra la madera, el atardecer pinta el cielo de un naranja intenso y Luna corre desesperada por los tablones gastados. Al final del puente, sentado en la orilla con esa mirada profunda que creía haber dejado atrás, está Matteo. Ella se acerca sin poder respirar y, cuando al fin llega a su lado, él la mira con una media sonrisa triste y le dice: "Sabía que vendrías...". Y se besan con la misma intensidad de siempre, como si el tiempo no pasado y los errores no existieran.

-¡Ah! -exhala Luna, abriendo los ojos de golpe y sentándose de un salto en la cama.

Se queda respirando agitadamente, tallándose los ojos, con el corazón latiéndole a mil por hora. Sacude la cabeza intentando borrar esa imagen tan real.

Luna se pasa las manos por la cara, suspira con pesadez y se levanta de la cama. Mientras se alista para empezar el día, su mente repasa todo lo que ha pasado en estas últimas semanas desde que decidió volver a México. Las cosas con Simón definitivamente no funcionaron; lo intentaron, de verdad que sí, pero forzar algo que no encaja solo trajo más desgaste. Simón y ella se quieren muchísimo, son como hermanos, y darse cuenta de que el amor de pareja se había convertido en un reflejo del miedo a perderse mutuamente fue un golpe duro que los obligó a tomar caminos separados. Lo único positivo de todo este caos es que, desde que regresó a su casa, ha recuperado algo que creía perdido: volver a patinar libremente por las calles de Cancún, sin miedo, sintiendo el viento en la cara y recordando por qué ama tanto este deporte tras haber superado sus fantasmas.

Cuando Luna llega al restaurante de sus papás, el olor a café recién hecho y pan dulce la recibe. Entra deslizándose suavemente y se quita los patines en la entrada con una sonrisa.

-¡Buenos días, mamá! ¡Papá! -saluda con entusiasmo.

Mónica, que está acomodando unas servilletas detrás de la barra, la mira con una sonrisa cálida y asiente complacida.

-Buenos días, mi amor. Llegaste temprano, hija. Justo a tiempo -dice Mónica, señalando un empaque elegante que descansa sobre el mostrador-. Necesito un favor enorme. Nos pidieron un pedido especial para una de las suites de esa posada exclusiva frente a la costa. Es comida de nuestro menú especial, y la clienta insistió en que fuera a domicilio según las recomendaciones que leyó en internet. ¿Te importaría llevarlo tú? Es que el repartidor hoy no puede venir.

Luna no duda ni un segundo. Asiente con entusiasmo, se cuelga la pesada mochila térmica de delivery a la espalda y se abrocha los patines con rapidez.

Mientras tanto, en la exclusiva posada a pocos minutos de allí, la atmósfera es completamente lúgubre. Matteo lleva una semana entera encerrado en su habitación, destrozado por dentro. El dolor lo carcome al saber que su propio amigo, Simón, está ahora con Luna -el amor de su vida-. Matteo había cancelado su gira por Corea del Sur para buscar a Luna, pero al llegar a México, fuentes cercanas a el le dijeron que Luna estaba ahora con Simón. Incapaz de procesarlo y con el corazón hecho pedazos, suspendió por completo su gira musical y se quedó en una posada en Cancun, sin imaginarse siquiera que las cosas entre ella y Simón ya no funcionaron, pero a el le duele el simple hecho de imaginarlos juntos. Está con unas ojeras terribles y una profunda tristeza que lo consume. Su mamá, Francesca, quien viajó de urgencia desde Italia al ver el estado crítico de su hijo, intenta sacarlo de la cama.

-Matteo, por favor, ve a recibir el delivery que acabo de pedir de ese restaurante famoso y aprovecha de tomar un poco de aire libre en la zona de la piscina, que te hace falta -le insiste su mamá con suavidad.

Matteo, con la mirada perdida y un suspiro de resignación, la mira y le responde: -Arrivo, mamma.

Se levanta a desgana, toma su teléfono y baja hasta el área de la piscina de la posada. Se queda de espaldas a la entrada, mirando fijamente la pantalla, todavía sin saber nada sobre la ruptura de Luna y Simón.

A lo lejos, por el sendero pavimentado que rodea el complejo, viene Luna a toda velocidad sobre sus patines, impulsada por el viento y cargando el pesado pedido de delivery en la espalda. Concentrada en llegar a tiempo, no calcula bien la distancia ni prevé el obstáculo.
Dobla la esquina justo hacia la zona de la piscina y, antes de que Matteo alcance a voltear al escuchar el ruido de las ruedas, choca de frente contra él con tanta fuerza que ambos pierden el equilibrio.
El impacto hace que la mochila de delivery golpee levemente el suelo y los dos queden tambaleándose. Matteo gira de golpe, con el ceño fruncido y molesto por el sobresalto, mientras Luna se recupera del tropiezo, con los ojos bien abiertos al reconocer de inmediato al dueño de esa mirada.

El tiempo se detiene por un segundo. Matteo la mira con incredulidad, sin poder creer que la tiene enfrente después de tantas semanas de dolor y búsqueda, y con su característico tono irónico pero cargado de reproche suelta:

-Vaya... con que la chica delivery.

Luna, con el corazón en la garganta y sintiendo cómo el aire se le escapa, abre los ojos todavía más y responde:

-¿Chico... fresa? Eres tú. Aquí... aquí está el pedido.

Soy Luna 5 - FANFICTIONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora