Autor: Miguel Angel Guerrero Álvarez
Primera regla de Elegía: la magia no se produce, se cosecha.
Segunda regla: cada cosecha pide un cuerpo.
Página 35: diario de Elías.
Llevo cinco días subiendo el Dra'kar, el árbol que rompe las nubes.
Los primeros días fueron amables; las flores luminosas guiaban mis pasos en la oscuridad y sus brotes generosos me daban frutos y refugio.
Pero conforme ganaba altura, el entorno comenzó a transformarse. El aire se volvió hostil y seco. La vida se extinguió; la madera a mi alrededor está muerta y las enredaderas que me servían de apoyo han desaparecido.
Tras cruzar las nubes, la presión de la atmósfera afectó mis pulmones, respirar se volvió difícil. No llegué buscando poder, ni riqueza, solo la cura de mi amada...
Fin del diario.
-Ramas superiores del Dra'kar-
Punto intermedio entre la vegetación y la desolación total.
-Fue lindo leer tu historia Elías, moriste siendo escuchado -dije mientras miraba el cadáver frente a mí.
Su torso había quedado destrozado tras caer del Dra'kar y sus manos colgaban alrededor de una cosecha. Se aferró a ella hasta el final como si fuera su última esperanza.
Esta parecía diferente: absorbía la luz y desprendía un aura siniestra.
Me acerqué para observarla mejor, pero en ese momento empezó a crecer dentro de la carne abierta del viajero. Un líquido negro avanzó por cada vena, arrastrando los tejidos desgarrados del suelo para volverlos a ensamblar. Un hedor putrefacto cubrió el lugar proveniente de la cosecha.
El cascarón del viajero empezó a retorcerse como un muñeco en un charco de sangre y cuando su corazón volvió a latir y sus cuerdas vocales fueron reconstruidas, un grito desgarrador sacudió las ramas del Dra'kar. El cuerpo, antes inerte, se levantó con torpeza; los ojos y la piel apenas se sostenían en su sitio.
El pánico me congeló. Mis manos no respondían. Para poder empuñar mi arma tuve que morder mi lengua; el sabor metálico de mi sangre me devolvió el control.
Pasaron los segundos y la bestia no reaccionaba. Solo escuchaba el sonido seco de sus huesos rompiéndose bajo su piel. Ante esa situación decidí retroceder con precaución y prepararme para lo peor.
Continuará.
ESTÁS LEYENDO
Jardín de Huesos
FantasíaElías lleva cinco días escalando el árbol más grande que ha existido. Las llenas de sus dedos se desprenden. La lluvia lo corta como agujas. No sube por gloria. Sube por qué abajo lo esperan su esposa y su hijo, y si falla, les falla a ellos.
