Prólogo - Más allá de la Torre

15 0 0
                                        

El olor a ozono fue lo primero que le golpeó los pulmones, áspero y cargado de una electricidad estática que le erizó los vellos de los brazos.

Roland abrió los ojos.

Lo primero que registró su mente no fue el dolor, sino el cielo. Un cielo de un azul enfermo, agrietado por destellos blanquecinos de relámpagos que estallaban silenciosos entre nubes secas. No había agua en ese aire. Y, al enfocar la vista, vio tres discos dorados y cegadores que devoraban el horizonte. Tres soles. El Mundo Medio se había movido, sí, pero el cielo nunca había mostrado tres ojos hambrientos a la vez.

Se incorporó despacio, apoyando las palmas en el suelo. Esperaba el crujido doloroso de sus viejos huesos, la queja de las articulaciones gastadas por miles de kilómetros de persecución tras el Hombre de Negro. Pero no hubo dolor. Se levantó con una agilidad. Al mirarse el cuerpo desnudo, se descubrió desprovisto de las cicatrices de sus batallas. Su piel estaba intacta, dura y extrañamente fría al tacto, pero lo más desconcertante era la vitalidad: se sentía joven. Capaz. Como un muelle de acero templado en la cumbre de sus años.

Giró la cabeza hacia la derecha al captar un movimiento lejano. A mucha de distancia, su vista se enfocó con la precisión limpia de un catalejo, distinguiendo los granos de arena que saltaban al paso de un pequeño reptil. Sus ojos nunca habían sido tan agudos.

Fue entonces cuando un rastro ferroso y denso le llegó a la nariz. Sangre fresca. Al noreste, no muy lejos. Su mente analizó la situación en un parpadeo táctico —"Sin armas. Desnudo. Desorientado" —. Ir hacia la sangre significaba buscar un peligro que no podía combatir si se topaba con depredadores. Un pistolero no se regala a los buitres. Aprovechando esa energía nueva que desbordaba su cuerpo, de una forma que ni él mismo comprendía del todo, dio la espalda y empezó a correr en dirección contraria para aprovechar el tiempo.

El desierto se extendía hasta los confines del mundo, una llanura estéril de piedra agrietada. Mientras avanzaba a zancadas limpias, Roland no pudo evitar comparar el paisaje con el desierto de Mohaine. Aquel lugar también parecía haber olvidado el agua, pero este nuevo páramo se sentía diferente. No había un solo rastro de civilización. Ni un camino, ni un casquillo de bala abandonado, ni la silueta de una estación de paso. Solo rocas y polvo bajo relámpagos mudos.

Cuando los soles finalmente se ocultaron, la temperatura cayó en picado con una violencia brutal. El calor del día se transformó en un frío que calaba hasta los huesos. Roland encontró refugio en la grieta de una roca prominente, acurrucándose contra la piedra.

Fue en la densa oscuridad de esa primera noche cuando el hambre apareció.

No fue una necesidad gradual. Fue un espasmo violento, un vacío en las entrañas que exigía ser llenado. Su mente, acostumbrada a registrar la situación con la fría lógica, procesó el declive de recursos:

"No hay provisiones. El agua es inexistente. Necesito sustento antes del amanecer o las piernas no me van a sostener."

Apretó los dientes, sintiendo cómo una saliva espesa le llenaba la boca mientras sus ojos, adaptados perfectamente a la negrura, escaneaban el páramo buscando cualquier sombra que delatara una presa. Terminó cazando un reptil desértico en la oscuridad. Al atraparlo, un impulso repulsivo y ajeno le cruzó la mente: la idea de morderlo vivo, de sentir la carne cálida y cruda. Roland sacudió la cabeza con un asco profundo hacia sí mismo —"No soy un animal de las tierras baldías" —, se reprendió mentalmente. Con paciencia, frotó pedernal y raíces secas hasta encender un fuego para cocinar la carne. Necesitaba mantener el control y la cabeza fría si quería salir vivo de ese lugar.

Pasaron dos días más de marcha implacable. Sobreviviendo a base de alimañas y buscando agua estancada, acostumbrándose a marchas forzadas que su viejo cuerpo jamás habría resistido, pero que este nuevo molde físico devoraba sin pestañear.

Un Pistolero en las EstrellasHistórias para pegar e não largar. Descubra agora