El peso de Max contra su pecho era lo único que conseguía que Malia no sintiera que estaba a punto de salir corriendo.
Caminaba deprisa por la acera, esquivando a algunos estudiantes que se dirigían en la misma dirección, con una mano sujetando la correa de la mochila que llevaba a la espalda y la otra asegurándose, por enésima vez, de que la mochila portabebés estuviera bien ajustada. Max estaba despierto, aunque bastante tranquilo, acomodado contra ella con la mejilla apoyada sobre su pecho y sus pequeños dedos agarrados a la tela de su sudadera.
—Ya casi llegamos —murmuró Malia, bajando la mirada hacia él durante un segundo—. Un poquito más y estaremos en la universidad.
El bebé respondió con un pequeño balbuceo que hizo que los labios de Malia se curvaran inevitablemente en una sonrisa.
—Sí, lo sé. A ti tampoco te apetece madrugar.
Max tenía poco más de ocho meses y, aunque todavía era demasiado pequeño para entender lo que significaba volver a las clases, parecía haberse acostumbrado rápidamente a las rutinas de su madre. Sabía que por las mañanas Malia lo vestía, le daba su desayuno, llenaba varios biberones, comprobaba que llevaba suficientes pañales y después lo colocaba contra su pecho antes de salir de casa.
Lo que Max no sabía era que aquella mañana era diferente.
Era el primer día de Malia de vuelta en la universidad.
Habían pasado meses desde la última vez que había cruzado aquellas calles como estudiante. Meses desde que había tenido que dejar las clases cuando el embarazo empezó a hacerse demasiado difícil y después dedicar todo su tiempo a cuidar de su hijo. Había esperado mucho para regresar, pero ahora que finalmente estaba allí, cada paso parecía hacer que el nudo que tenía en el estómago se apretara un poco más.
Malia respiró profundamente y continuó caminando.
A su espalda llevaba una mochila negra bastante grande en la que había metido el ordenador, varios cuadernos, un par de libros de Filosofía y todos los apuntes que había preparado durante las últimas semanas. En la mano derecha llevaba otra bolsa, mucho más grande de lo que cualquiera esperaría de una estudiante universitaria.
La bolsa de Max.
Dentro había suficientes pañales para sobrevivir a un día entero, toallitas, crema, dos mudas de ropa por si acaso, un chupete de repuesto, un pequeño mordedor, su manta favorita, varios juguetes, un par de biberones, un termo con agua y una pequeña bolsa de plástico vacía que, después de convertirse en madre, había aprendido que podía ser útil para prácticamente cualquier situación.
Malia había revisado aquella bolsa tres veces antes de salir de casa.
Después había vuelto a revisarla una cuarta.
Y, aun así, mientras caminaba, seguía pensando que seguramente se había olvidado de algo.
—No puede ser —murmuró para sí misma.
Max volvió a balbucear.
—No, tú no sabes nada.
El bebé movió una mano, intentando alcanzar la cremallera de la sudadera de su madre.
Malia sonrió.
—Tú solo tienes que estar tranquilo y dejar que mamá se encargue del resto, ¿vale?
Max respondió con otro sonido incomprensible.
—Eso espero.
La universidad apareció finalmente al final de la calle.
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You Feel Like Home
FanfictionMalia Baker aprendió demasiado pronto que la vida no siempre da segundas oportunidades. A los diecinueve años se quedó embarazada después de una noche que apenas recuerda. El padre de su hijo decidió no hacerse responsable y sus padres habían muerto...
