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doble vida

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Doble vida
Personajes:
Memo Ochoa
Brian Gutierrez
Armando la Hormiga Gonzales
Gilberto Mora
Erling Haaland
Jude Bellingham
Lionel Messi
Cristiano Ronaldo
Isabella Alexandra Lang 16 años
Lana Lang 17 años
Estudian en el Tec milenio, Isa decidio que fueran a un bar de gente bien pero hubo un factor que no esperaban...

Los de la selección estaban de vacaciones despues de que termino el mundial y no sabian que hacer ya que no les habia quedado tanto dinero, estaban rentando un depa Brian, Armando y Gil. Cada vez habia mas que pagar y menos dinero para hacerlo; un dia estaban en la sala abanicandose cuando entro Don Memo Ochoa al lugar, todos quedarin bastante impresionados ante la presencia del ex futbolista en su casa, Gil fue corriendo a abrazarlo y a saludarlo, unos segundos despues Brian y Armando hicieron lo mismo.
Estuvieron bastante rato platicando con el hasta que llego el tema de el dinero, los tres jovenes se empezaron a quejar de que ser futbolista no dejaba tanto como se decía, el portero estuvo de acuerdo y les conto lo que hacia cuando el iba empezando en la selección por allá de los 2000s.

Estaban en el camerino los muchachos y memo ayudandolos. Gil dijo —Don memo, esta seguro que esta es una buena idea, esto esta un poco... descubierto, por decirlo discretamente—.
Brian estuvo de acuerdo, mientras que Armando fue a buscar algo en el carro de Memo y no estaba ni enterado de lo que estaba a punto de hacer.

Don Memo los detuvo —A ver, mi Gil, la elegancia no está peleada con la ventilación. En mis tiempos en el América, cuando la quincena no llegaba, este "uniforme alternativas" me pagó dos mensualidades del carro. Así que me jalan ese aire de profesionales, me inflan el pecho y me salen a romperla. ¡Ah, y ni se les ocurra quitarse el antifaz!
Brian replico —Pero Don Memo... ¿esta madre tiene que ser de peluche de leopardo? Siento que en cualquier jugada se me escapa la estrategia...

Esa misma noche en el estacionamiento...
—Oye Lana, no te puedes arrepentir ya, literal estamos en el estacionamiento, te juro que te la vas a pasar bien

Capituló 1
Perder contra Inglaterra en el Mundial ya era lo suficientemente malo. Soportar los memes en Twitter, las críticas de los analistas que nunca han tocado un balón en su vida y el dolor de cabeza post-eliminación era el paquete completo de la desgracia. Pero nadie te advierte que lo peor del fracaso mundialista llega el día después, cuando te das cuenta de que las vacaciones no son gratis y la cuenta de banco no miente.
En un departamento de dos recámaras que cobraba la renta como si estuviera en las playas de Qatar —pero que en realidad estaba en un tercer piso sin elevador—, tres seleccionados nacionales intentaban no morir de deshidratación.
—Te juro que si Jude Bellingham me vuelve a aparecer en el inicio de Instagram sonriendo con su trofeo de Player of the Match, voy a lanzar el celular por la ventana —gruñó Brian Gutiérrez, tirado cuan largo era en el sillón individual, moviendo una libreta de notas para echarse aire—. Además, ¿alguien me explica por qué el aire acondicionado suena como si fuera a explotar pero solo avienta aire caliente?
—Porque no hemos pagado el mantenimiento, Brian. Ni el internet. De hecho, nos quedan tres días para pagar la luz o nos la van a cortar —respondió Gilberto Mora desde el suelo. Gil estaba completamente plano contra los azulejos de la sala, buscando desesperadamente la zona más fría de la casa—. ¿A poco a ustedes no les quedó nada del bono del torneo?
Armando "La Hormiga" González, que estaba sentado en la mesa de la cocina contando unas monedas que había encontrado en el fondo de su mochila de entrenamiento, suspiró con dramatismo.
—Mi buen Gil, entre los pasajes de mi familia que fue a vernos, las cenas para pasar el trago amargo y lo caro que está el súper, ando en números más rojos que la tarjeta que le sacaron a Haaland en cuartos de final. Ser futbolista de selección suena muy bonito en las entrevistas, pero la realidad es que la renta no se paga con playeras intercambiadas.
El silencio sepulcral y caluroso regresó a la sala. Los tres miraban el techo, preguntándose si sería muy humillante pedirle un préstamo a la federación o si debían empezar a vender sus tenis en MarketPlace.
Fue en ese momento cuando tres golpes firmes resonaron en la puerta.
Gil se levantó de golpe, tallándose los ojos. Brian y Armando compartieron una mirada de pánico; su primera teoría fue que era el casero listo para desalojarlos. Pero cuando Gil abrió la puerta, toda la tensión de la habitación se transformó en puro shock.
Ahí, parado en el umbral, con unos lentes oscuros impecables, una sonrisa de comercial y ese cabello rizado icónico que cualquier mexicano reconocería a kilómetros, estaba él.
—¿Qué pasó, mis muchachos? ¿Por qué esas caras de que los eliminaron en octavos? —dijo la voz, arrastrando las palabras con una confianza absoluta.
—¡¿Don Memo?! —gritó Gil, olvidándose por completo del calor y yendo directo a darle un abrazo como si fuera su papá regresando de la tienda.
Brian y Armando tardaron dos segundos en reaccionar, pero se levantaron del sillón como si les hubieran inyectado energía. Armando dejó caer las monedas en la mesa y corrió a saludarlo.
—¡No manches, Don Memo! ¿Qué hace aquí? Pásese, pásese, perdone el desorden y... el calor —dijo Brian, tratando de limpiar el sillón con la mano.
Memo Ochoa entró al departamento con el aura de una leyenda viva, se quitó los lentes oscuros y miró a su alrededor con una mueca de simpatía. Se sentó en el sillón, cruzando la pierna con elegancia.
—Vine a ver cómo andaban después del partido de ayer. Sé perfectamente lo que se siente que te dejen fuera del Mundial y tener a todo el país encima. Pero veo que su problema aquí no es solo la cruda moral de la derrota... sino la billetera, ¿verdad?
Los tres jóvenes se sentaron alrededor de él, casi como niños esperando un cuento.
—Es que está cañón, Don Memo —se quejó la Hormiga, rascándose la nuca—. La gente piensa que porque salimos en la tele ganamos los millones de Cristiano o de Messi, pero vamos empezando. Entre la renta de este depa y los gastos, se nos fue lo poco que nos quedaba de las vacaciones.
Memo sonrió de medio lado, una mirada cómplice que los tres muchachos no alcanzaron a descifrar del todo.
—Ay, la juventud... —Memo soltó una pequeña risa—. Miren, muchachos, el fútbol es hermoso, pero al principio, sobre todo por allá de los 2000 cuando yo iba empezando en la selección y las quincenas del América no alcanzaban para los lujos, uno tiene que buscar alternativas. Hay un mercado muy noble allá afuera para los jóvenes atletas como ustedes. Un mercado que requiere... presencia, condición física y mucha discreción.
Gil frunció el ceño, intrigado.
—¿Como... patrocinar marcas de licuados, Don Memo?
—No, mi Gil. Algo con un poquito menos de ropa y muchísimo más flujo de efectivo. Confíen en mí, yo conozco al dueño de un lugar aquí cerca. Un bar de gente bien. Si están listos para sudar la camiseta de una forma diferente, hoy mismo salimos de deudas.
Esa misma noche...
El estacionamiento del exclusivo club nocturno estaba repleto de autos deportivos y camionetas de lujo. Las luces de neón del establecimiento pintaban el asfalto de tonos violeta y azul.
Apoyada contra la puerta de un coche, Lana Lang cruzaba los brazos, mirando con total escepticismo la fila VIP que se formaba en la entrada del lugar. Tenía diecisiete años, una identificación falsa en el bolso que rogaba que funcionara, y una severa falta de ganas de estar ahí.
Su prima, Isabella Alexandra Lang, de dieciséis, la jaló del brazo con entusiasmo, acomodándose el vestido.
—Oye Lana, no te puedes arrepentir ya, literal estamos en el estacionamiento —le reclamó Isa, rodando los ojos con esa intensidad típica de las alumnas del Tecmilenio cuando planeaban algo grande—. Te juro que te la vas a pasar bien. Es el lugar de moda, viene pura gente top. Además, escuché un rumor de que hoy hay un show especial y que hasta andan unas superestrellas de Europa escondidas en los reservados VIP.
Lana suspiró, mirando hacia la entrada principal donde un par de tipos enormes cuidaban la cadena de acceso.
—Isa, si nos cachan con las identificaciones falsas, mi mamá me va a quitar el carro un año. Y sigo sin entender qué clase de "show especial" puede haber un día después de que México quedó fuera del Mundial. Todo el mundo debería estar llorando en sus casas.
—Ay, por favor, la vida sigue. Hay que celebrar que tenemos vacaciones —Isa la tomó de la mano, arrastrándola hacia la entrada—. Camina, pon cara de que tienes veintiuno y muévete antes de que nos ganen mesa.
Ninguna de las dos tenía idea de que, apenas a unos metros de distancia, cruzando la puerta trasera del mismo edificio y dentro de los camerinos privados, la verdadera alineación de la noche se estaba preparando para un debut completamente diferente.

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