Capitulo Único

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Notas de la autora: Marco en náhuatl, se pronuncia "Malco" proviene de "Malinalli" (hierba torcida, que significa resiliencia y adaptabilidad) y el sufijo de lugar "-co". Sin embargo, para darle un significado poético y femenino, lo interpretaremos como:

"Aquella que renace entre las llamas" o "La que florece en el fuego".

☄️Yo no hablo náhuatl lo busque así que disculpen si está mal la información.☄️

☄️(⁠๑⁠•⁠﹏⁠•⁠)(⁠๑⁠•⁠﹏⁠•⁠)(⁠๑⁠•⁠﹏⁠•⁠)(⁠๑⁠•⁠﹏⁠•⁠)(⁠๑⁠•⁠﹏⁠•⁠)(⁠๑⁠•⁠﹏⁠•⁠)☄️

El sol se alzaba sobre el Reino de Gea como lo había hecho durante milenios, tiñendo de oro y carmín las cúpulas de cristal que coronaban el palacio real. Las olas del Mar de los Susurros lamían suavemente los acantilados de perla blanca, y en la plaza central, los jardines colgantes desplegaban sus raíces luminosas hacia el cielo. Era un amanecer perfecto, de esos que los habitantes de Gea habían aprendido a no dar por sentados, pero que igualmente celebraban con la alegría tranquila de quienes saben que la paz es un tesoro frágil.

Marco-aunque en aquel entonces aún no recordaba que ese sería su nombre en otra vida-se asomó al balcón de su alcoba real y sintió el viento salado acariciar su rostro. Sus cabellos, largos y del color de las llamas más puras, ondeaban como un estandarte vivo. Tenía diecinueve años y apenas tres días de haber sido coronada, pero el peso de la corona ya se asentaba sobre sus hombros con la solidez de una montaña.

Desde las alturas del palacio, podía ver el bullicio de la ciudad despertar. Los humanos comerciaban en el mercado central con los Gyojin, intercambiando especias por perlas de coral. Las sirenas se asomaban entre las olas, sus colas iridiscentes brillando bajo la luz matinal mientras entonaban canciones de bienvenida al nuevo día. Más allá, en las llanuras del norte, los gigantes movían sus lentas y poderosas piernas, llevando cargas que ningún otro ser podría transportar. Y en los cielos, los hombres pájaro trazaban círculos elegantes, sus alas extendidas como bendiciones vivientes.

Gea era el único lugar en el mundo donde todas las razas convivían sin prejuicios. No importaba si tenías escamas, plumas, piel azul o altura descomunal; en Gea, eras bienvenido. Eso había hecho que el reino floreciera como ningún otro, convirtiéndolo en un faro de esperanza en un mundo que, fuera de sus fronteras, aún se debatía en la oscuridad de la desconfianza y la guerra.

Pero Marco sabía que esa paz era frágil. Lo sabía porque lo sentía en la sangre, en el fuego azul que ardía en su interior desde el momento en que nació.

Los antiguos textos decían que el Fénix Azul no era un poder que se heredara, sino que se elegía. Cada mil años, el espíritu del fuego eterno escogía a un alma para que fuera su portadora, alguien cuyo corazón fuera lo suficientemente puro como para contener la llama que todo lo consume y todo lo renueva. Marco había sido esa elegida, aunque nunca pidió serlo.

-¿Estás bien, Su Majestad? -la voz de su consejero, un anciano Gyojin de barbas de algas, llegó desde el interior de la alcoba.

Marco sonrió sin volverse.

-Estoy bien, Kael. Solo intento memorizar este momento. Quiero recordar cómo se ve Gea cuando está en paz.

Kael se acercó lentamente, su bastón de madera de coral golpeando el suelo de mármol.

-¿Temes que la guerra llegue?

-No es que le tema, Kael. Es que sé que llegará. -Marco se volvió por fin, y sus ojos, del color del zafiro líquido, encontraron los del anciano-. La gente de afuera nos odia. Nos odian porque hemos construido algo que ellos no pueden tener. Y el odio, Kael, siempre busca destruir lo que no comprende.

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