Capítulo 1
La fotografía
La primera vez que vi la fotografía pensé que era una broma.
No una buena broma. Ni siquiera una particularmente elaborada. Simplemente una de esas cosas absurdas que alguien hace cuando quiere llamar tu atención y sabe exactamente qué tecla tocar.
El problema era que la fotografía había llegado desde el teléfono de Mara.
Y Mara llevaba desaparecida noventa y tres días.
Recuerdo perfectamente dónde estaba cuando la recibí. Eran las once y diecisiete de la noche. Estaba sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada contra la cama y una taza de café frío entre las manos. Había pasado buena parte de la tarde revisando fotografías antiguas, mensajes, conversaciones y cualquier cosa que pudiera ayudarme a reconstruir las últimas horas de mi amiga. La policía había dejado de llamarme hacía semanas. Su familia apenas hablaba del tema. Para todos, la desaparición de Mara se había convertido lentamente en algo que debía aceptarse.
Yo no podía aceptarlo.
El teléfono vibró sobre la alfombra.
Miré la pantalla esperando otro mensaje de mi madre.
No era ella.
Era Mara.
Durante unos segundos no hice nada. Solo miré su nombre.
La fotografía ocupaba casi toda la pantalla. No había texto. No había explicación. No había siquiera un punto, un emoji o una palabra que pudiera convencerme de que aquello era un error.
Solo la imagen.
La abrí.
Era una carretera. Estaba tomada desde el interior de un automóvil, probablemente a través del parabrisas. La noche era oscura y había una cantidad extraña de niebla alrededor del camino. Los árboles se levantaban a ambos lados como paredes negras. No había casas, postes de luz ni otros vehículos.
A unos veinte metros aparecía un letrero. Me acerqué la pantalla al rostro. El letrero estaba oxidado y parecía muy viejo:
EL ROSARIO
8 KM ➔
Sentí un escalofrío. No por el nombre, sino por la carretera. La reconocía. No sabía de dónde, pero la reconocía.
Amplié la fotografía. Al fondo, detrás del letrero, apenas podía distinguirse algo entre la niebla. Parecían luces. Muchas luces. Como si hubiera un pueblo entero escondido detrás de los árboles.
Entonces vi algo que me hizo dejar la taza sobre el suelo.
En la esquina inferior derecha de la fotografía había un reflejo: una mano apoyada sobre el vidrio del automóvil. Cinco dedos, una muñeca demasiado delgada y una pulsera negra.
La pulsera que Mara llevaba todos los días.
Me quedé mirando la imagen durante tanto tiempo que la pantalla terminó apagándose. La encendí otra vez; el mensaje seguía ahí.
Mara.
Abrí la conversación. El último mensaje que había recibido de ella antes de desaparecer seguía siendo el mismo de hacía tres meses:
-Llegué a casa. Mañana hablamos.
Nada después.
Escribí:
-¿Dónde estás?
No esperaba respuesta. Sin embargo, aparecieron las dos palomitas. Mi respiración se detuvo: el mensaje había sido entregado.
Esperé. Nada.
Escribí nuevamente:
-Mara, si eres tú, contéstame.
Pasaron unos segundos. Entonces apareció:
-Es demasiado tarde para que vengas.
Sentí que el cuerpo entero se me enfriaba.
Escribí:
-¿Dónde estás?
Esta vez la respuesta llegó inmediatamente:
-El Rosario.
Me quedé mirando aquellas dos palabras. Después escribí:
-¿Dónde queda?
Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron a aparecer. Finalmente llegó otro mensaje:
-No busques el camino.
Y justo después:
-El camino te encuentra a ti.
Y después, nada.
Intenté llamar. El teléfono de Mara estaba apagado.
Me quedé sentada en el suelo con el teléfono entre las manos, escuchando el ruido del refrigerador en la cocina y el tráfico lejano de la avenida.
Entonces recordé algo.
Tres semanas antes de desaparecer, Mara me había hablado de una carretera. No le presté atención en ese momento; estábamos tomando café y ella había llegado tarde. Tenía esa expresión que ponía cuando algo le preocupaba pero todavía no había decidido si quería contarlo.
Me dijo que había encontrado un lugar extraño mientras conducía.
Yo me reí. Ella no.
-No aparece en el GPS -me había dicho.
-Entonces te perdiste.
-No.
-¿Entonces?
Mara había mirado hacia la ventana.
-Creo que el GPS no quiere mostrarlo.
En aquel momento pensé que estaba exagerando. Ahora no estaba tan segura.
Volví a mirar la fotografía.
El Rosario.
Busqué el nombre en internet. Nada. Probé con distintas combinaciones: El Rosario pueblo, El Rosario carretera, El Rosario Jalisco, El Rosario mapa.
Nada. Existían cientos de lugares llamados El Rosario, pero ninguno correspondía a aquella carretera.
Entonces hice algo que no había hecho durante noventa y tres días. Me puse de pie, abrí el armario y saqué una mochila. Metí ropa, una linterna, una botella de agua, el cargador del teléfono y las llaves del automóvil.
No sabía dónde estaba El Rosario. No sabía si la fotografía era realmente de Mara. No sabía quién había enviado aquellos mensajes. Pero sabía una cosa: si Mara estaba viva, yo iba a encontrarla.
Antes de salir, volví a mirar la fotografía.
Había algo más. Algo que no había visto antes.
En la parte inferior del letrero, debajo de las letras oxidadas, alguien había escrito una frase con pintura negra. Solo pude distinguirla después de aumentar el brillo de la pantalla. Decía:
NO LA SIGAS.
Me quedé inmóvil. Porque debajo de esa frase había otra línea. Más pequeña, más reciente y escrita con una letra que reconocí inmediatamente: la letra de Mara.
SI VES ESTO, YA ESTÁS CERCA.
YOU ARE READING
LA CUIDAD QUE NO EXISTE
HorrorMara desapareció hace noventa y tres días. La policía no encontró pistas. Su familia perdió la esperanza. Pero Vera nunca aceptó que su mejor amiga estuviera muerta. Hasta que una noche recibe una fotografía desde el teléfono de Mara. En ella aparec...
