Honestamente, el frío del Centro Nacional de Alto Rendimiento no se parecía a nada que Yoichi Isagi hubiera sentido antes.
No era el típico frío de invierno cuando se te congela la punta de la nariz mientras caminas a la estación de trenes. Tampoco era el frío soportable de la pista municipal donde había entrenado desde que era un niño de diez años con los patines dos tallas más grandes. Esto era totalmente distinto. Era un frío seco, pesado, denso... de ese que se mete directo por la garganta cada vez que respiras y huele intensamente a escarcha, limpiador de metal y humedad acumulada. Un olor metálico que a Isagi le producía un nudo de nervios en el estómago, pero que al mismo tiempo le aceleraba el corazón a mil por hora.
Eran apenas las seis de la mañana. El sol ni siquiera había salido por completo sobre la ciudad, pero las luces blancas del pabellón principal ya estaban encendidas a toda potencia, rebotando contra el hielo impecable como si fuera un espejo gigantesco.
Isagi ajustó la correa de su bolso deportivo negro —que pesaba una barbaridad entre las mudas de ropa, las fundas y sus preciados patines— y se subió la cremallera de la chaqueta térmica del equipo nacional hasta cubrirse la barbilla. Tenía diecinueve años, sí, pero en ese preciso instante, parado frente a las puertas de vidrio que daban acceso al recinto olímpico, se sentía diminuto.
Miró sus propias manos cubiertas con guantes negros de entrenamiento. Estaban temblando un poco.
—A ver, cálmate, Isagi... —se dijo a sí mismo en un murmullo que se convirtió en una nubecita de vapor frente a su cara—. Estás aquí porque te lo ganaste. No te van a echar el primer día.
—¡¡ISAGIII!! ¡DIOS MÍO, ISAGI, SÍ VINISTE!
Antes de que Isagi pudiera asimilar el grito, dos brazos se le lanzaron encima por la espalda con la fuerza de un camión sin frenos. El impacto fue tan de golpe que Isagi casi termina besando el piso de los pasillos con bolso y todo.
—¡Ayyy, Bachira, suéltame que me vas a matar antes de ponerme los patines! —se quejó Isagi, tratando de recuperar el equilibrio mientras se acomodaba la chaqueta con la cara roja.
Bachira se separó de él de un salto, riéndose con esa energía absurda que parecía desafiar todas las leyes de la física a las seis de la mañana. Traía el cabello castaño despeinado como de costumbre, la chaqueta del equipo entreabierta y una sonrisa de oreja a oreja que no le cabía en el rostro.
—¡¡Es que no me lo creo!! ¡Míralo, míralo! —Bachira pegó las manos y la cara al cristal que separaba el pasillo de la pista principal, dejando el vidrio lleno de aliento vaporoso—. ¡El Centro Nacional! ¡La pista olímpica! ¡Dijeron en la carta que solo convocaron a la élite del país para armar la delegación del ciclo 2024-2026! ¿Te das cuenta? ¡Eso significa que nosotros somos la élite, Yoichi! ¡Somos unos genios!
—Por favor, no grites tan temprano, me estás dando dolor de cabeza —intervino una voz suave pero firme a sus espaldas.
Chigiri venía caminando a paso tranquilo por el corredor, arrastrando una maleta roja brillante. Llevaba su largo cabello pelirrojo recogido en una cola de caballo bastante despeinada —claramente se había levantado con prisa— y venía revisando la pantalla de su teléfono con el ceño levemente fruncido.
—Hola, Chigiri —saludó Isagi, aliviado de ver a otra cara conocida.
—Hola, Isagi. Qué bueno verte por aquí —Chigiri le dedicó una sonrisa corta antes de volver a mirar mal a Bachira—. Y para tu información, Bachira, la carta de convocatoria decía súper claro en el segundo párrafo que esto es solo un campamento de filtro intensivo. Si no alcanzamos la nota mínima en las evaluaciones de este mes, nos mandan de regreso a nuestros clubes locales sin pensarlo dos veces. Así que yo no me confiaría tanto.
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Ecos en el hielo |Rinsagi|
FanfictionEn el patinaje sobre hielo, un error de un milímetro en la cuchilla puede costarte una caída fatal, pero un segundo de duda puede costarte la vida entera. Año 2024. El Centro Nacional de Alto Rendimiento abre sus puertas con un único objetivo: forma...
