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Nota:
Esta historia nace de mi propia experiencia y de lo que he aprendido durante mi proceso en terapia. No pretende sustituir la ayuda de un profesional ni enseñarte a manejar por tu cuenta el duelo, la ansiedad o cualquier otra dificultad emocional.

Si algo de lo que lees aquí te resulta familiar, recuerda que no tienes que enfrentarlo solo. Hablar con un psicólogo o con otro profesional de la salud mental puede ayudarte a entender lo que estás viviendo y encontrar las herramientas adecuadas para ti.

Cada persona vive sus procesos de manera diferente. Lo que a mí me funciona puede no funcionarte a ti, y eso está bien.

Aprender A Vivir no es una guía para sanar. Es mi experiencia mientras sigo aprendiendo.

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La vida es un lujo, un segundo la tienes y al siguiente ya no.

En uno estás riendo y al siguiente ya no.

Y nadie te enseña cómo reaccionar, qué hacer.

Después llega la pregunta:

¿Y si?

Parece cualquier cosa, pero es mentira.

Un luto no es cualquier cosa.

Todos lo llevamos y pocos lo saben manejar.

Cuando llega la ansiedad o la depresión, es el momento en el que te das cuenta de que siempre estuviste mal, pero nunca lo expresaste.

Tal vez no lloras, pero sí tiemblas.

Tal vez no tiemblas, pero sí sudas.

Tal vez no sudas, pero sí sientes ese nudo.

El nudo en la garganta que nos provocamos cuando queremos ser fuertes, para evitar llorar o mostrar las emociones que estamos sintiendo en ese momento.

Y no se deshace, nunca se va. Solo vive en tu cuerpo de otra forma.

Mostrándose como la ansiedad.

Esa emoción que nadie quiere, pero todos tienen.

Esa emoción que, aunque parezca mala, al final te enseña algo.

Que la vida se vive en plenitud.

Que no dura para siempre.

Y hasta el momento en el que los síntomas aparecen es cuando más extrañas a tu pasado.

Cuando miras con nostalgia tus primeros años.

O esos días donde jugabas con muñecas o coches.

Esos días donde lo único que tu mente pensaba era en:

"¿A qué jugaré hoy?"

Porque es cierto, todo lo que guardas, en algún momento tiene que salir y no importa cómo, pero siempre sale.

Muchos no saben lo que se siente, incluso algunos lo toman como exagerado.

Pero es horrible.

La sensación de no poder salir a ningún lado, de comenzar a sudar, temblar sin una razón, sentir la respiración más limitada, tener ganas de vomitar, ir al baño o cualquier otra cosa.

Todo se puede juntar.

Y cuando lo hace, las ganas de llorar se apoderan de ti.

Es inevitable.

Todos te observan, nadie te comprende.

Y cuando tienes apoyo, lo único que puedes hacer es respirar, tomar su mano y olvidar.

Para los que lo recomiendan, "no pensar" es la mejor solución y, claro, lo es.

Pero la mente es engañosa y cuando no tienes control de ella, esa es la tarea más difícil de todas.

Solo pocas cosas son capaces de distraernos.

La música es un buen ejemplo.

Una canción puede ser tu salvación, hasta el punto de que en algún momento quieras deberle la vida.

Escucharla es una buena forma de olvidar.

De distraer tu mente al tratar de recordar la letra.

U otra cosa pueden ser los dulces.

Una goma de mascar, una paleta o incluso un dulce de caramelo son perfectos para distraer la mente.

Tu cerebro trata de encontrar el sabor, saber si en algún momento cambia.

Es una buena distracción que ayuda a calmar los nervios.

La ansiedad lleva tiempo dominarla.

Una semana te vas a sentir bien, saldrás a cualquier lugar, incluso pensarás que ya se fue.

Pero cualquier cosa es capaz de hacerla volver.

Fechas tristes.

Lugares que recuerden algo.

Incluso el mismo clima puede cambiar tu estado de ánimo.

Y lo sé, parece una batalla horrible, donde pierdes o ganas.

Cuando pierdes, todo se vuelve más fuerte.

Los ataques son más duros, el aislamiento puede ser tu mejor amigo y el medicamento, tu acompañante de por vida.

Y cuando ganas.

Vives con ella, aprendes a manejarla y le enseñas que tú eres más fuerte.

No desaparece, claro que no, porque es una emoción, una que te acompaña toda tu vida, como la felicidad y la tristeza.

Y esto lo suele provocar el luto.

Cuando tu mente piensa de más.

Claro, las personas hablan del luto como una ocasión donde pierdes a un ser querido.

Y sí, sin duda es eso.

Pero va más allá de eso.

Las pérdidas pequeñas también pueden afectarnos, y algunas de ellas pueden acumularse hasta que una pérdida mucho mayor termina sacando todo lo que habíamos guardado.

Todas esas pérdidas se acumulan y, en el momento más vulnerable, que es en la pérdida más dolorosa, es cuando salen a la luz.

Lo más importante es el cómo percibes todo, cómo te sientes y qué tan fuerte eres.

No siempre lloramos solamente por lo que acabamos de perder. A veces lloramos por todo lo anterior que nunca nos permitimos llorar.

Recuerda que hay soluciones más allá de las adicciones o, en el peor de los casos, el suicidio.

Recuerda que tú tienes el control de todo, que eres alguien fuerte y puedes superar a esos monstruos.

Día por día y paso por paso.

"Puedes hacerlo, pero no tienes que hacerlo todo hoy."

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