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Perona se había tumbado en la gran cama de la habitación del hotel vestida únicamente con una camiseta demasiado grande y una pequeña braguita de algodón blanco. Era más que fácil quitárselas, perderse en la textura de su piel, en la curva de sus caderas y la línea de su vientre. La ropa y los accesorios de Luffy resultaron más resistentes: el cinturón con hebilla, los tirantes, el short con cordones, el collar de perlas negras que aún llevaba alrededor del cuello. Los dedos de Perona, sin embargo, se afanaron con una precisión nacida de la urgencia, tirando, desatando, apartando hasta que no quedaron más que dos cuerpos, piel contra piel.

Era exactamente lo que necesitaba, se dio cuenta Luffy. Había pasado las últimas horas temiendo el final de la estafa, imaginando a Perona desaparecer en los brazos de otra persona o derrumbarse bajo el peso del fracaso. Aunque odiaba la forma en que habían salido las cosas, se sentía más feliz de lo que jamás había estado por tener todavía aquella oportunidad. Una última noche. Una última unión.

Perona también lo necesitaba.

Se habían buscado en la oscuridad de la habitación, con las cortinas a medio correr dejando filtrar las luces de colores de la feria que aún se veía a lo lejos. Las manos de Luffy se deslizaron por la espalda de Perona, explorando cada vértebra, cada tensión. Perona respondió presionando sus labios contra los de Luffy, abriendo la boca para recibir su lengua, enredando las piernas alrededor de sus caderas. El contacto fue inmediato, caliente, exigente. Luffy la volteó sobre el colchón, se arrodilló entre sus muslos y la miró un instante, con el cabello negro cayéndole en cascada sobre los hombros. Perona tenía los ojos bien abiertos, los labios entreabiertos, las mejillas sonrojadas. No dijo nada. No necesitaba hablar.

Luffy se inclinó y trazó un camino de besos desde el hueco del cuello hasta la parte baja del vientre. Se tomó el tiempo de saborear cada parcela de piel, de sentir los escalofríos que recorrían el cuerpo bajo ella. Cuando sus dedos encontraron la humedad entre los muslos de Perona, ésta arqueó la espalda y posó una mano en el cabello de Luffy, sin tirar, solo para anclarse. Luffy sonrió contra su piel y continuó, primero con dos dedos, luego con la boca, hasta que las caderas de Perona se levantaron por sí solas y sonidos ahogados llenaron la habitación.

Cuando Perona estuvo lista, Luffy se enderezó, se alineó y penetró de un solo movimiento. Sus miradas se cruzaron. Perona esbozó una sonrisa temblorosa, casi sorprendida, y Luffy se inclinó para besarla de nuevo mientras empezaba a moverse. Los ritmos se encontraron rápido: embestidas profundas, rotaciones de cadera, manos que se aferraban a las sábanas o a los hombros. Luffy sentía cada contracción a su alrededor, cada aliento caliente contra su oreja. Cambió de ángulo, levantó una pierna de Perona para llegar más lejos, y Perona gimió, con las uñas clavadas en la espalda de Luffy.

Cambiaron de posición sin una palabra. Perona se encontró a horcajadas, las manos apoyadas en el pecho de Luffy, el cabello rosa cayendo como una cortina alrededor de sus rostros. Se balanceaba con una seguridad nueva, buscando el punto exacto que le hacía cerrar los ojos. Luffy la sujetaba por las caderas, la guiaba, la miraba. Había algo casi solemne en la forma en que Perona se abandonaba, como si intentara grabar cada sensación en su memoria. Cuando llegó al orgasmo, fue con un grito contenido, el cuerpo tenso, los muslos apretados alrededor de Luffy. Luffy la siguió unos instantes después, el rostro hundido en el cuello de Perona, el nombre de la joven murmurado como una plegaria.

Permanecieron abrazadas un largo rato, aún unidas, la respiración irregular. Luego Luffy se retiró con cuidado y las atrajo una contra la otra bajo la sábana ligera. Se acurrucaron, saciadas y apaciguadas por lo que acababan de compartir, incapaces todavía de alejarse. La habitación olía a sexo, a sudor y al perfume dulce que Perona usaba siempre. Afuera aún se oía la música lejana de la feria y el chirrido ocasional de la noria.

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