THE BATTLES OF RAGNAROK

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El estruendo de miles de voces se extendía por el coliseo como una tormenta. Dioses y humanos aguardaban en sus respectivos palcos, mientras una tensión casi palpable se apoderaba del aire.

En el centro de la arena, un hombre alzó el cuerno que sostenía entre las manos. Su voz retumbó por todo el estadio.

—¡Bienvenidos a todos! Soy Heimdall, el comentarista del Ragnarok. Hoy estamos a punto de presenciar el primer enfrentamiento de un torneo que decidirá el futuro de la humanidad.

El público rugió con entusiasmo. Algunos dioses observaban el espectáculo con una sonrisa arrogante, otros, contemplaban la arena con una seriedad absoluta. Entre los humanos reinaban el miedo, la esperanza y la incertidumbre.

Heimdall esperó unos instantes, disfrutando de la expectación, antes de continuar:

—Trece dioses se enfrentarán a trece humanos en una serie de combates a muerte. El bando que consiga siete victorias se alzará con el triunfo.

El comentarista levantó el cuerno hacia el cielo. La luz de la arena se reflejó sobre su superficie dorada.

—Si los dioses ganan, la humanidad perecerá. Sin embargo, si los humanos logran imponerse, se les concederá el derecho a seguir viviendo durante otro milenio.

Un murmullo recorrió las gradas. Para algunos, aquello era un simple torneo. Para otros, se trataba del juicio definitivo de toda una especie.

—Ayer nos entregaron la lista oficial de luchadores —prosiguió Heimdall—. Y ahora ha llegado el momento de mostrársela a todos.

Las enormes pantallas del coliseo se iluminaron, revelando los nombres de los combatientes elegidos para participar en el Ragnarok.


Durante unos segundos, Heimdall permaneció en silencio

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Durante unos segundos, Heimdall permaneció en silencio. Entonces, una expresión de curiosidad apareció en su rostro al escuchar las preguntas que llegaban desde las gradas.

—Mmm... Parece que algunos espectadores quieren saber qué ocurrirá con el perdedor de cada combate.

El ambiente se volvió más sombrío.

—Según la información que se nos ha proporcionado, el alma del perdedor desaparecerá por completo. No habrá descanso eterno, reencarnación ni posibilidad de regresar. Su existencia será borrada para siempre.

La reacción del público fue inmediata. Algunos humanos guardaron silencio; otros comenzaron a gritar indignados. Los dioses, por su parte, parecían disfrutar aún más del espectáculo.

Heimdall sonrió y volvió a llevarse el cuerno a los labios.

—¿Alguna duda más? ...Ajá. También me preguntan cómo es posible que los humanos puedan herir a los dioses.

El comentarista señaló hacia el palco donde se encontraban las valquirias.

—La respuesta es el Völundr. Mediante esta técnica, una valquiria fusiona su alma con la de un humano. Como consecuencia, la valquiria se transforma en un arma capaz de infringir daño a los dioses.

Heimdall dejó que sus palabras calaran en el público. Después, alzó el cuerno con ambas manos y su sonrisa se volvió feroz.

—Así que ya no hay nada más que explicar.

El rugido de las gradas hizo temblar el coliseo.

—¡Sin más dilación que entren los peleadores!

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