Dicen que las despedidas tienen un momento exacto. Ellos nunca lo encontraron.
Todo cambió tan despacio que ninguno pudo señalar el día en que dejaron de sentirse como un hogar. Las conversaciones se hicieron más cortas, las risas menos frecuentes y los silencios empezaron a decir más que cualquier palabra.
Aun así, una de las dos personas siguió creyendo que era una mala racha. Guardó cada recuerdo, cada promesa, cada "nos vemos mañana" como si pudiera volver a coser una historia que ya se estaba deshilachando.
La otra intentó quedarse. De verdad lo intentó. Pero el cariño ya no pesaba lo suficiente para vencer el cansancio de fingir que todo seguía igual. Cuando el otoño llegó, caminaron juntos por última vez. Las hojas secas crujían bajo sus pasos, pero ninguno se atrevía a romper el silencio.
-Perdón.
Fue la única palabra que quedó entre los dos.
Se dieron la espalda sin abrazarse, sin prometer volver a encontrarse. Solo siguieron caminos distintos, mientras el viento levantaba las hojas caídas y las arrastraba en direcciones opuestas.
Con el tiempo, una de las dos personas dejó de esperar mensajes. Aprendió a sonreír otra vez, aunque nunca volvió a amar de la misma manera.
La otra regresó años después al lugar donde todo había terminado. Los árboles seguían perdiendo sus hojas, igual que aquella tarde. Se quedó esperando unos minutos, como si aún existiera la posibilidad de ver aparecer a quien había dejado ir.
Pero solo llegó el viento.
Y fue entonces cuando comprendió que algunas personas no desaparecen de la memoria. Se quedan viviendo en ella, como el otoño: regresan una y otra vez, aunque ya no quede nadie para compartir la estación.
