El expediente se veía ridículo en mis manos.
Delimitación de zona federal marítimo terrestre, tramo El Choyal–Isla del Morro, revisión por variación sostenida de la línea de costa.
Cuarenta y un hojas, más de la mitad eran escaneos del INEGI en blanco y negro, y un recado a lápiz del director en la esquina de arriba en un post-it amarillo pálido: sin prisa.
Me lo asignaron un martes y para el viernes ya iba de camino. En la delegación repartimos el trabajo con un criterio que nadie ha puesto por escrito: el que tiene menos antigüedad se queda con los islotes. Las marinas y los desarrollos con abogado suben. Los islotes bajan.
Leí el expediente en la carretera, tratando de que mi compañero de asiento en el autobús no chismoseara mucho. La solicitud venía del propio ayuntamiento, cosa rara, porque los municipios costeros prefieren que la federación no visite nada. Pedían una revisión del deslinde de 1989 con el argumento de que la superficie inscrita ya no correspondía con la real. En cristiano: la isla había crecido y ellos querían que quedara registro.
La ortofoto del 89 y la del 2019 se parecen lo suficiente para que un ojo normal no encuentre diferencia. Yo llevo once años con ojo anormal. La diferencia estaba en el costado sur, un labio de arena clara que en la foto vieja no aparece y en la nueva mide más de un metro.
Nada de esto me pareció interesante. Las islas crecen. Las corrientes mueven material, lo depositan, el material se compacta. La mitad de mi chamba consiste en decirle a un presidente municipal que su playa nueva es de la nación.
El Choyal tiene ochocientos doce habitantes y un solo semáforo, puesto hace dos años en una curva donde no pasa nadie. Llegué a las once y media. El agua tapaba el paso.
Eso ya lo sabía, porque el expediente traía la tabla de mareas, pero una cosa es la tabla y otra la vista. Aquí el mar se mueve seis metros en vertical, de las mareas más bravas del país. La Isla del Morro se levanta a cuatrocientos metros de la orilla, baja y alargada, con una cresta de cardones flacos en el lomo. Con la marea alta queda separada por completo. Con la baja aparece una lengua de arena firme de unos siete metros de ancho que une el islote con la playa, y por esa lengua pasa todo lo que tiene que pasar.
Me senté en la banqueta del malecón a esperar. A las 12:40 el agua se retiró de la lengua a una velocidad que me pareció excesiva. Del resto de la ensenada no se retiró al mismo ritmo. Se salió de ahí primero. Lo anoté en la libreta con un signo de interrogación.
A la una menos cuarto crucé.
Tardé cuatro horas en levantar el perímetro con el GPS diferencial. El islote mide dos hectáreas y media. El sustrato de la parte alta es roca quemada, basalto con una capa de tierra que no llega a los veinte centímetros. La orla, todo el faldón que rodea la roca, es arena. Arena clara, muy fina, seca al tacto hasta en la línea donde pega el agua.
Tomé una muestra por costumbre y la guardé en su bolsa con la etiqueta puesta.
Arriba encontré el panteón. Ya lo esperaba, porque el expediente lo menciona de pasada en el apartado de servidumbres, pero no de esa forma. Yo pensaba en un panteón chico, con su barda y sus nichos. Lo que hay en el Morro son placas. Ciento y tantas placas de cantera puestas a ras de suelo, en filas chuecas que siguen las vetas de la roca, con un nombre y dos fechas cada una. Ninguna se levanta más de un dedo sobre la tierra.
Debajo de cada placa hay una urna. Nada más urnas. En El Choyal nadie entierra un cuerpo desde 1904.
—El agua sube por abajo —me explicó don Ramiro esa tarde—. Escarba usted un metro y ya tiene charco. Y sale salado. Aquí lo intentaron dos o tres veces y la tierra se los devolvía, la maldita. Perdone la palabra.
