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PRÓLOGO

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MECHI POV'S

Empecé la facultad con la cabeza llena de sueños. Artes escénicas. Me encantaba. Me levantaba temprano, agarraba el bondi hasta la sede, y pasaba el día entre clases de actuación, movimiento, voz, historia del teatro.

Me sentía viva ahí adentro. Tenía esa sensación de que por fin estaba haciendo algo que me representaba de verdad. No era la más brillante del curso, pero me esforzaba.Ensayaba en casa hasta que me dolía la garganta, escribía monólogos en cualquier servilleta que encontraba, y a veces me quedaba después de hora charlando con alguna compañera sobre si el naturalismo estaba muerto o no.

Tenía ilusiones. Tenía ganas.

Mateo apareció en el segundo cuatrimestre. Un amigo de un compañero de la facultad lo llevó a un after que organizamos en lo de una piba. No era del ambiente, él estudiaba otra cosa, ni me acuerdo qué. Pero esa noche se quedó hablando conmigo en la terraza.

Tenía una forma de mirar que te hacía sentir importante. Me preguntó por las clases, se rió de mis anécdotas de los profesores pedantes, y me dijo que le gustaba cómo hablaba de las cosas que me apasionaban. Después de esa noche empezamos a escribirnos.

Primero era casual. Después ya no. En dos semanas estábamos saliendo. En un mes éramos novios.

Al principio era lindo. Me buscaba después de las clases, me llevaba a comer algo barato, me escuchaba cuando le contaba que me había trabado en una escena o que me habían felicitado por un trabajo. Me hacía sentir vista.

Yo, que siempre había sido un poco solitaria, de golpe tenía a alguien que quería saber cómo me había ido el día. Me enganché rápido. Demasiado rápido, me doy cuenta ahora.

La noche en la que todo se descontroló fue un sábado. Habíamos tomado de más. Volvimos a lo de él. Estábamos arriba del otro, sin pensarlo mucho, sin buscar el preservativo que sabíamos que estaba en el cajón.

Fue intenso, desordenado, de esos momentos en los que uno se deja llevar y después se arrepiente. Al otro día ni hablamos del tema. Yo me fui a mi casa con resaca y la sensación de que habíamos sido medio boludos, pero nada más.

Tres semanas después me atrasé. Me hice un test de farmacia porque no podía dejar de pensar en esa noche. Las dos rayitas aparecieron tan claras que se me heló la sangre.

Me senté en el piso del baño con el test en la mano y no pude llorar. Solo me quedé mirando la pared. Embarazada. veintidos años, en segundo año de la facultad, sin un mango propio, y embarazada.

Se lo dije a Mateo esa misma noche. Estábamos en su pieza. Él estaba tirado en la cama mirando el celular cuando le solté la noticia. Levantó la vista despacio.

-¿Estás jodiendo?

-No. Me hice dos tests.

Se quedó callado unos segundos. Después se rió, pero no fue una risa de gracia.

-Bueno, entonces abortás. No hay otra.

Me miró como si estuviera diciendo algo obvio.

-No quiero abortar -le contesté.

Ahí se le cambió la cara.

-¿Cómo que no querés? ¿Estás loca? Yo no pienso tener un pibe ahora. Ni en pedo. No quiero un estorbo. No quiero cambiar pañales ni manteniendo a nadie. Si te quedás con eso, no cuentes conmigo.

Empezamos a discutir. Fuerte. Yo le gritaba que era mi cuerpo, que no le pedía que se quedara si no quería, pero que yo no iba a matar a algo que ya estaba creciendo adentro mío.

Él me decía que era una egoísta, que le estaba arruinando la vida, que si tenía al bebé iba a ser solo problema mío. La discusión se fue poniendo cada vez más fea. En un momento me agarró del brazo con fuerza y me sacudió.

-¡Dejá de gritar, Mercedes!

Le solté el brazo de un tirón y le grité que no me tocara. Él me empujó contra la pared. La cabeza me golpeó un poco. Me quedé quieta, con el corazón latiéndome en las orejas.

Fue la primera vez. Después se disculpó. Dijo que se había dejado llevar, que estaba asustado, que no iba a pasar nunca más. Yo le creí. O quise creerle.

Pasaron los meses y la violencia no paró. Al contrario. Cada vez que el tema del bebé salía a flote, él se ponía peor. Me decía que yo lo había atrapado, que me había quedado embarazada a propósito, que ahora él tenía que bancarse mi "capricho".

Me agarraba del pelo, me empujaba, me gritaba en la cara. A veces me tiraba cosas. Nunca me dejó marcada en la cara, eso sí. Cuidaba eso. Pero los moretones en los brazos y en las piernas eran moneda corriente. Yo me los tapaba con ropa larga aunque hiciera calor.

Dejé de ir a la facultad. No podía concentrarme. Además, me daba vergüenza que me vieran la panza creciendo y me preguntaran. Me aislé de todo el mundo. Las pocas amigas que tenía dejaron de escribirme cuando yo dejé de contestar.

Mis papás... mis papás nunca fueron de involucrarse mucho. Cuando les dije que estaba embarazada, mi mamá me miró con cara de decepción y me preguntó si estaba segura de lo que hacía. Mi papá ni siquiera levantó la vista del televisor. Les conté, a los gritos, que Mateo me trataba mal.

Mi mamá me dijo que "las parejas discuten" y que yo tenía que bancármela porque había elegido tener al bebé. Después de eso no volví a pedirles ayuda. Entendí que estaba sola.

Los controles médicos los hacía por el hospital público. Iba sola. Siempre sola. Me sentaba en la sala de espera con la panza cada vez más grande, mirando a las otras mujeres que venían acompañadas de sus parejas o de sus mamás. Yo apretaba la carpeta contra el pecho y esperaba mi turno en silencio.

La obstetra era una mujer grande, cansada, pero amable. Me hablaba despacio, me explicaba todo. La primera vez que escuché el corazón del bebé casi me pongo a llorar ahí nomás. Era un sonido rápido, fuerte, vivo. Por primera vez sentí que no estaba completamente sola.

Cuando el embarazo avanzó un poco más, en una de las ecografías me dijeron el sexo.

-Es una nena -dijo la doctora, sonriendo mientras miraba la pantalla.

Me quedé congelada. Una nena. Yo iba a tener una hija. Me acuerdo de haber tocado mi panza con las dos manos ahí, en esa camilla fría, y de haber pensado por primera vez en un nombre. No se lo dije a Mateo. Él ni siquiera sabía que yo seguía yendo a los controles.

Cada vez que le mencionaba algo del embarazo se ponía agresivo, así que aprendí a callarme. Guardaba los papeles de las ecografías debajo del colchón. Miraba las fotos borrosas del ultrasonido cuando él no estaba y le hablaba bajito a la panza. Le decía que iba a cuidarla. Que aunque todo estuviera mal, ella no tenía la culpa de nada.

Los días se me hacían eternos. Me despertaba con miedo. Me acostaba con miedo. Mateo llegaba del laburo de mal humor la mayoría de las veces, y yo ya sabía leerle la cara apenas entraba por la puerta.

Si venía tenso, me quedaba en silencio. Si venía buscando pelea, me preparaba. A veces lograba que se calmara. Otras veces no. La panza ya era imposible de esconder, y eso parecía molestarlo todavía más. Me miraba con asco algunas noches.

Me decía que estaba gorda, que ya no le gustaba, que me había convertido en otra persona. Yo me miraba al espejo cuando él no estaba y casi no me reconocía. Tenía ojeras profundas, el pelo opaco, la piel marcada. Pero adentro de mí había una nena creciendo, y eso era lo único que me mantenía de pie.

Seguía yendo a los controles. Seguía escuchando el corazón de mi hija. Seguía guardando silencio en casa. Todavía no me había ido.

Todavía no sabía cómo. Solo sabía que cada día que pasaba me costaba un poco más respirar dentro de esas cuatro paredes.

HOLIIIIS, acá les traje una nueva historia, espero les guste

LOS AMOOOOOOO

AMAR DE VERDAD | TAU G¡P Stories to obsess over. Discover now