Renata solo quería sobrevivir ocho días de crucero sin perder la cabeza -ni el corazón. Entre reuniones de trabajo, una hija que cuidar y un ex que no se cansa de complicarle la vida, lo último que necesita es distraerse con un fotógrafo andaluz de...
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—Coño, Denira, que me orino. Échale un ojo a Isla —le suelto a mi hermana, que, a sus tiernos diecinueve años, no tiene ni idea de lo que le hace al cuerpo soltar un feto de nueve libras.
Sí, han pasado cuatro años. Pero seamos honestas: el cuerpo no olvida.
Denira se quita el enorme sombrero de paja y se acomoda los rizos castaños hacia un lado como si pudiera controlarlos, cuando la he visto toda la vida peinarse solo una vez a la semana. Baja las gafas negras a la altura de su nariz y me mira.
—¿Para eso me trajiste? —dice y estira la e como si yo tuviera tiempo para letras chicle en este momento.
—Te pago, no seas cara dura.
Mientras hablamos, Isla corre entre los clientes que aun buscan su sitio, es lo normal del día de embarque. Hay demasiadas luces de colores, demasiadas excursiones que esperan ser reservadas, y la música latina del bar Sabre que no termina de decidir si se pelea o baila con el rock & roll del club Neon. Todo eso, después de pasar el puente de seguridad y entrar por la puerta estrecha, parece el cielo, o Las Vegas, no estoy segura.
La mente de esos turistas procesa mil estímulos a la vez y ninguno de ellos es prestar atención a por donde caminan. Temo que Isla choque con alguien, pero por suerte se detiene para conversar con una anciana que lleva un paquete de galletas en la mano.
«Como le pida me muero».
—Que difícil es ser estudiante y explotada por la familia —refunfuña mi hermana, que sigue parada a mi lado con el móvil en la mano.
Si Instagram tuviera una alerta para gente intensa que no deja de scrollear, Denira sería la usuaria con más visualizaciones de ese mensaje.
—Uy sí, sí, tan dura la pobre, que viaja en crucero gratis —bromeo.
—Cruciri gritis —rechista con su mueca de siempre antes de caminar hacia Isla.
Las dejo en el centro del lobby de la cubierta seis, delante de la anciana y cada una con una galleta en la mano. Aunque sé que al volver no estarán allí, me recuerdo que ese es un problema para luego. Ahora tengo que encontrar un baño. ¡Urgente!
A la derecha están los bares, el paseo al océano y la piscina; a la izquierda, comercios y casino. El mes pasado pasé semanas con el mapa de esta cubierta pegado en la pantalla, mientras diseñaba la función de navegación.
«Los baños. ¿Dónde diablos están los baños?».
Cierro los ojos. Nada. ¿Quién diseña el mapa del crucero y no sabe dónde están los baños?
Yo, aparentemente.
Avanzo por el pasillo hacia la derecha, que resulta ser más estrecho de lo que recuerdo de mi último viaje hace más de un año. Las personas van y vienen sin respetar el orden establecido por la humanidad: se camina por la derecha, de toda la vida. Aunque tampoco tienen culpa, se dejan llevar por esta ciudad en el agua que promete ser la escapada de sus sueños. Están de vacaciones. Yo no.