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El café Lluvia de Estrellas olía a canela y a libros viejos. Para Hana, ese olor era sinónimo de seguridad, un refugio contra el caos de la ciudad. Tenía veintidós años, el pelo recogido en un moño desordenado y una sonrisa fácil que ofrecía a los clientes mientras anotaba pedidos con una letra redonda y cuidada. Llevaba trabajando allí desde que terminó el instituto, y el local, con sus estanterías de madera y sus lámparas de luz cálida, se había convertido en su segundo hogar.

Esa tarde de otoño, el café estaba tranquilo, solo un par de estudiantes con sus portátiles y un anciano que leía el periódico. Hana aprovechó para limpiar la máquina de espresso, silbando una canción de IU. El tintineo de la campanilla sobre la puerta la hizo levantar la vista.

Y entonces lo vio.

Era un chico joven, de unos veintitantos, con una chaqueta negra holgada y una mochila colgada de un solo hombro. Llevaba unos auriculares grandes sobre las orejas, y su mirada no se posaba en nada concreto, o más bien, lo hacía en todo a la vez. Recorrió la sala con una lentitud meticulosa, como si su cerebro estuviera procesando cada centímetro cuadrado antes de dar el siguiente paso. Su andar era rígido, sus manos, enfundadas en guantes negros a pesar de que no hacía tanto frío, se movían en pequeños gestos nerviosos, rozando el borde de su mochila, el tirante de la misma, el filo de la mesa más cercana.

No sonreía.

Hana, que estaba acostumbrada a leer a la gente para anticipar sus pedidos, sintió una curiosidad inmediata. No era un cliente habitual, no tenía el aire relajado de quien entra a tomar un café.

Se acercó al mostrador con pasos cortos, casi de puntillas. Se detuvo a un metro de distancia, justo donde terminaba el mostrador y empezaba el espacio de Hana. No la miró a los ojos, su mirada se fijó en algún punto detrás de su hombro, en la estantería donde se alineaban las tazas.

Hana se inclinó ligeramente hacia adelante, sonriendo con la calidez que guardaba solo para los clientes nuevos.

—Buenas tardes. ¿Qué te gustaría tomar?

El chico no respondió. Su mano derecha, enguantada, se alzó y comenzó a tocar el borde de la madera del mostrador con la yema del índice, una vez, dos veces, tres veces, en un patrón rítmico. Tap-tap-tap. Luego, su mirada se desvió hacia el cartel de la pizarra donde Hana había escrito los especiales del día con tiza blanca. Parpadeó varias veces, y su boca se movió, pero no salió ningún sonido.

Hana esperó, no se impacientó. Algo en la postura tensa de aquel chico, en la forma en que sus dedos trazaban patrones invisibles en el aire, le decía que la prisa no era algo habitual en el.

—Tenemos un café con leche de avena muy bueno —ofreció suavemente, señalando el cartel—. Y también unos brownies de chocolate que acabo de sacar del horno.

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⏰ Ultima actualizare: Aug 05 ⏰

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