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### Parte 1: El Dominio de Seongbuk-dong

El aroma a madera de sándalo y cuero llenaba el amplio estudio de la mansión en Seongbuk-dong. A tus pies, el piso de parqué pulido reflejaba la luz cálida de las lámparas de pie, mientras catalogabas con parsimonia una serie de bocetos inéditos que Namjoon había adquirido en su último viaje a París.

Llevaban dos años de relación consolidada. Para el resto del mundo, eras la influyente curadora de arte que acompañaba a Kim Namjoon a los eventos más selectos; pero dentro de las paredes de su fortaleza blindada, la dinámica era mucho más compleja, oscura y fascinante.

Habías aprendido a moverte en su mundo. Conocías perfectamente el peso de su obsesión, el rastreador discreto engarzado en tu reloj preferido y la presencia constante del equipo de seguridad que te custodiaba a dondequiera que fueses. Al principio habías intentado luchar contra ese control, pero con el tiempo, la posesividad feroz de Namjoon dejó de asustarte para convertirse en el lenguaje retorcido en el que ambos se entendían.

La puerta doble de la biblioteca se abrió sin ruido.

Namjoon entró vistiendo un abrigo largo de lana oscura sobre un traje a la medida. Traía la mirada pesada, cansada por un día entero de reuniones corporativas, pero en cuanto sus ojos oscuros se posaron en ti, su postura se volvió depredadora.

Se quitó el abrigo, dejándolo caer sobre el respaldo de una silla, y caminó con pasos lentos e intencionales hacia la mesa de trabajo.

—Te dije que me esperaras en la habitación principal —dijo con su voz grave, rasposa y baja, deteniéndose justo detrás de tu silla.

Ni siquiera pestañeaste. Continuaste ajustando tus guantes de algodón blanco con absoluta calma.

—Tenía que terminar de catalogar esta serie antes de que enviaran los marcos mañana —respondiste sin alterarte, inclinando la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarlo—. Sabes cómo soy con los plazos, Namjoon.

Namjoon se inclinó despacio. Sus manos grandes, de dedos largos y anillos pesados, se posaron sobre los apoyabrazos de tu silla, acorralándote contra el respaldo. Apoyó la barbilla en tu hombro, respirando hondo contra la curva de tu cuello.

—No me importa el catálogo —murmuró, dejando un beso lento y firme sobre tu piel que te hizo sonreír de lado—. Me importa que te pedí algo y preferiste quedarte aquí abajo.

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### Parte 2: La Gala y los Celos Habituales

La noche siguiente, la Fundación de Arte Contemporáneo celebraba su gala anual. El evento estaba repleto de diplomáticos, coleccionistas e importantes empresarios.

Llevabas un vestido de terciopelo verde oscuro que Namjoon había seleccionado personalmente semanas atrás. El corte era elegante pero ceñido, y en tu cuello brillaba una gargantilla de esmeraldas cuya cerradura solo se abría con una llave pequeña que Namjoon guardaba en su bolsillo.

Durante la recepción, Namjoon se encontraba a unos metros de distancia discutiendo la adquisición de un edificio para su nueva galería. Aprovechando el momento, un influyente marchante de arte europeo, un hombre atractivo de unos treinta años, se acercó a ti con dos copas de vino.

—Es una pieza extraordinaria la que lleva en el cuello, señorita —dijo el hombre en inglés, ofreciéndote la copa con una sonrisa fluida—. Aunque debo decir que la joya solo palidece en comparación con quien la lleva.

Le sonreíste con cortesía calculada. No eras ingenua: sabías perfectamente cuántos segundos faltaban para que la sombra de Namjoon cubriera el espacio. Uno... dos... tres.

Sintiste una mano pesada y cálida posarse sobre tu cadera, apretándote contra un torso firme con una fuerza que no dejaba margen a dudas. El aroma a sándalo de Namjoon te envolvió al instante.

—El collar no está a la venta —intervino Namjoon en un inglés impecable, con un tono educado pero tan helado que el aire pareció congelarse entre ellos—. Y la dama tampoco está disponible para conversación.

El marchante frunció el ceño, algo descolocado por la abrupta interrupción del líder de BTS.

—Solo le estaba haciendo un cumplido profesional, señor Kim —respondió el hombre, intentando mantener la compostura.

—Ya los escuchó —sentenció Namjoon, fijando una mirada oscura e intimidante sobre él sin mover un solo músculo de su rostro—. Ahora puede retirarse.

El hombre miró la firmeza con la que Namjoon te sujetaba la cintura y la falta de sorpresa en tu rostro. Hizo una breve inclinación de cabeza y se alejó rápidamente hacia otra zona del salón.

Cuando se quedó a solas contigo, Namjoon se inclinó sobre tu oído, apretando el agarre en tu cadera hasta rozar el límite de la molestia.

—Te dije que no te alejaras de mi vista —siseó en coreano, con la voz temblando por esa furia posesiva que le era tan natural.

Giraste la cabeza para mirarlo, sosteniéndole la mirada sin un solo rasgo de intimidación.

—Estaba a tres metros de ti, Namjoon —respondiste con voz pausada y seductora, pasándole la mano por el reverso de su saco para acomodárselo—. Y el hombre solo estaba siendo educado. Sabes perfectamente que no me interesa nadie más.

Namjoon apretó la mandíbula, pero la seguridad con la que le hablaste hizo que la tensión de sus hombros ceder ligeramente, sustituida por una chispa de deseo oscuro.

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### Parte 3: El Dominio Aceptado

El trayecto de regreso en la camioneta blindada transcurrió en un silencio cargado de electricidad. Los cristales oscuros y el panel divisorio los aislaban del resto del mundo.

En cuanto el vehículo ingresó al garaje subterráneo de la mansión, Namjoon ni siquiera esperó a que el chofer abriera la puerta. Te tomó de la mano con un agarre de hierro y te guio hacia el ascensor privado que subía directamente a la suite principal.

Al cruzarse la puerta del dormitorio, Namjoon la cerró con un chasquido seco y te empujó suavemente contra la madera, acorralándote con su imponente figura.

—Te gusta hacerme perder el control, ¿verdad? —dijo con la voz ronca, tomándote de la barbilla para obligarte a mirarlo directamente a los ojos.

—Me gusta verte recordar a quién le pertenezco —corregiste con una sonrisa tranquila, subiendo tus manos hasta sus hombros para desabrocharle el primer botón de la camisa—. Llevamos dos años en esto, Namjoon. Conozco tus celos, conozco tus rastreadores y conozco perfectamente cómo te pones cuando alguien me mira más de dos segundos. Si no me gustara, no me habría quedado aquí.

Namjoon se congeló un segundo, fascinado por la devoción madura y la complicidad absoluta que le ofrecías. La posesividad que a cualquier otra persona la habría hecho huir, en ti encontraba un ancla perfecta.

Una sonrisa oscura y llena de hoyuelos apareció en su rostro. Metió la mano en su bolsillo, sacó la pequeña llave dorada y abrió el broche de la gargantilla de esmeraldas, dejándola caer sobre la mesa de noche.

—Eres una peligrosa adicción —murmuró Namjoon, tomándote de la nuca con ambas manos para pegarte a su cuerpo—. Sabes que nunca vas a salir de esta casa sin mí, ¿verdad?

—Lo sé —respondiste contra sus labios, envolviendo su cuello con tus brazos—. Y no tengo ningún interés en estar en otro lugar.

Namjoon te besó con una intensidad dominante, profunda y hambrienta, sellando una vez más el pacto tácito de su relación: una jaula de cristal donde él tenía el control absoluto del mundo exterior, pero tú tenías el control absoluto sobre su corazón.

Obsesión. Namjoon y tu. Stories to obsess over. Discover now