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Capítulo 1

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El predio de la AFA en Ezeiza olía a pasto recién cortado, humedad matutina y perfume caro mezclado con desodorante deportivo.-

Para cualquiera que pisara ese lugar por primera vez, el ambiente transmitía una mezcla de misticismo y presión sofocante.

​Nico Paz caminaba por el pasillo principal con el bolso colgado al hombro.

Su andar era tranquilo, sobrio, producto de años formateado bajo la disciplina del fútbol europeo.

Llevaba unos auriculares canceladores de ruido colgados al cuello y la mirada baja, ajustándose la campera de la Selección que todavía le quedaba impecable, sin una sola arruga.

Era su oportunidad, el llamado de Scaloni para la doble fecha de Eliminatorias, y Nico estaba mentalizado en mantener la compostura, aprender de los referentes y ganarse un lugar en el vestuario a fuerza de perfil bajo y buen pie.

​El problema era que el vestuario de la Selección argentina no entendía de perfiles bajos.

​Antes de llegar a la puerta del vestuario principal, el eco de una risa desaforada resonó por todo el corredor.

​-¡No me podés tirar esa, hermano! ¡Te vi la seña desde la entrada del predio, sos un mentiroso!

​Nico frenó un segundo la marcha. Al doblar la esquina, se topó con el responsable del bullicio.

El Colo Barco estaba apoyado contra la pared, con los pantalones cortos arremangados casi hasta la cadera -como si estuviera a punto de jugar un picado en la plaza-, una botella de agua en la mano y el pelo rojo despeinado que parecía no haber visto un peine en días.

Estaba a los gritos con uno de los utileros, gesticulando con esa desfachatez clásica del pibe que creció gambeteando entre las patadas del fútbol argentino.

​Nico suspiró para sus adentros. Ya lo tenía visto de las juveniles y de los resúmenes de la prensa, pero tenerlo enfrente era otra cosa.

El Colo irradiaba una energía que a Nico le resultaba tirante, casi molesta: demasiado ruido, demasiado show.

​Al sentir los pasos, Barco giró la cabeza. Sus ojos claros recorrieron a Nico de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en la pulcritud con la que llevaba la ropa de entrenamiento.

Una sonrisa socarrona, casi imperceptible pero cargada de ironía, se le instaló en las comisuras de los labios.

​-Miren quién llegó -dijo el Colo, usando un tono lo suficientemente alto como para que retumbara en el pasillo-. El europeo. Buenas, che.

Pensé que venías en avión privado directamente hasta la cancha.

​Nico se detuvo a un par de metros. Ajustó la tira de su bolso y lo miró a los ojos, manteniendo el rostro completamente inexpresivo.

​-Buenas -respondió Nico, corto, seco, con ese acento neutro que a veces se le inclinaba hacia el modismo español si no prestaba atención-. Vine en el mismo micro que todos los demás.

​-Ah, mirá vos. Como te vi tan peinado pensé que te habían traído en la capsulita -retrucó el Colo, dando un paso al frente y clavándole la mirada con un descaro que buscaba claramente una reacción-. Te hacía más alto, Paz.

​Nico no pestañeo. Había crecido en vestuarios competitivos, pero la arrogancia frontal del Colo era un tipo de provocación distinta, más criolla, de esa que busca medirte el aceite a ver si te achicás o si saltás.

​-Y yo a vos te hacía más ubicado -soltó Nico con voz pausada, sin levantar la voz pero con la dureza suficiente para que el tiro pegara en el blanco-. Se ve que la televisión agranda las cosas.

​El utilero lanzó una risita ahogada y disimuló tosiendo mientras se alejaba hacia la utilería.

​El Colo parpadeó, sorprendido por la respuesta tan rápida y tibia en forma, pero filosa en fondo.

-La sonrisa canchera se le congeló un milisegundo antes de transformarse en una mueca más afilada. Dio medio paso más hacia Nico, achicando la distancia hasta que el espacio entre los dos se sintió extrañamente denso.

​-Miralo al nene, cómo saca las uñas -dijo el Colo en un murmullo, -bajando el tono, desafiante-. Vamos a ver si tenés la misma rapidez para tocar de primera cuando te ponga el hombro en el entrenamiento, madrileño.

​-Cuando quieras, Barco. Preocupate por no perder la pelota vos primero -
respondió Nico, sosteniéndole la mirada fija, sintiendo cómo una corriente de irritación -y algo más que no supo catalogar- le recorría la espalda.

​-¡Che, los pibes nuevos! ¿Van a entrar o se van a quedar dándose amor en el pasillo? -la voz ronca de Rodrigo De Paul retumbó desde adentro del vestuario, acompañada por el sonido de cumbia a todo volumen.

​La tensión se rompió al instante. El Colo soltó un bufido, masticó una sonrisa y le dio una palmadita de falsa camaradería a Nico en el hombro, dejando la mano apoyada un segundo más de lo necesario, presionando con fuerza.

​-Pasá vos primero, cheto. No vaya a ser que te ensucie la ropa -musitó el Colo cerca de su oreja antes de adelantarse y entrar al vestuario como si fuera el dueño del lugar, saludando a los gritos al resto del grupo.

​Nico se quedó un segundo en el pasillo, acomodándose la campera en el lugar donde el Colo lo había tocado. Todavía podía sentir la presión de los dedos del pelirrojo sobre su tela.

Sacudió la cabeza, respiró profundo y apretó los dientes.
​La convivencia en Ezeiza recién empezaba, y Nico ya sabía que ese pibe pelirrojo le iba a hacer la vida imposible.

Lo que no sabía era por qué el pulso se le había acelerado tanto en el proceso.


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Hola a todos. Un pequeño aviso: no soy de Argentina ni domino muy bien el acento/voseo argentino, pero he leído fanfics con el acento argentino que se me terminó pegando un montón. No soy de allá ni lo domino al 100%, pero intenté darle ese toque al fic porque me encanta cómo suena. ¡Espero que les guste!"

​"Calentar el Banco"Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora