Existe una antigua costumbre entre los magos de Gran Bretaña: fingir que la sangre es invencible mientras organizan el mundo entero a su alrededor. Ningún caballero bien educado preguntaría por la fortuna de otro durante el té; bastaba observar la plata de la vajilla, el número de retratos que ocupaban las paredes o la manera en que los elfos domésticos inclinaban la cabeza. De igual forma, ningún mago de sociedad necesitaba preguntar por el linaje de un desconocido. La magia lo anunciaba antes que su nombre.
Las casas antiguas jamás fueron simples familias. Eran pactos. Algunas afirmaban descender de discípulos de Merlín, cuando la magia aún caminaba descalza entre los hombres y era una fuerza salvaje que no obedecía leyes escritas. Otras aseguraban haber compartido mesa con los propios fundadores de Hogwarts, aunque el tiempo hubiera convertido los recuerdos en leyendas tan pulidas que nadie era capaz de distinguir dónde terminaba la historia y dónde comenzaba la mentira.
Había familias llegadas del continente durante las guerras de los reyes normandos; otras cruzaron el mar ocultándose de inquisidores y hogueras, llevando consigo grimorios, semillas de árboles y maldiciones demasiado antiguas para recibir un nombre. Con los siglos, todas aprendieron la misma lección: Las fortunas desaparecen. La magia heredada, casi nunca. Por ello cada casa conservaba un don... o soportaba un coste.
Los Black eran anunciados por los cuervos. Nadie recordaba cuándo había comenzado aquella extraña devoción. Simplemente ocurría. Un nacimiento era acompañado por un cuervo posado sobre la ventana. Una boda reunía decenas de aquellas aves en absoluto silencio. Antes de una muerte, el cielo parecía oscurecerse con alas negras que nadie más podía espantar. Los miembros de la familia decían que los cuervos no obedecían órdenes. Custodiaban la memoria. Pero los viejos relatos hablaban de algo más oscuro. Un Black que repudiaba por completo su legado podía perder el vínculo con aquellas criaturas, y cuando los cuervos dejaban de reconocerlo, algo dentro de él comenzaba a quebrarse lentamente. No era un castigo. Era una ausencia. Sin aquel vínculo que durante generaciones había servido como espejo de su propia identidad, las partes más ocultas de su naturaleza comenzaban a salir a la superficie: obsesiones, ira, tristeza y deseos que siempre habían permanecido enterrados bajo el orgullo familiar.
Los Prince, en cambio, jamás caminaban solos durante la primavera. Mariposas de colores imposibles revoloteaban a su alrededor cuando una gran decisión estaba por tomarse. Los alquimistas afirmaban que aquellas criaturas eran sensibles a las corrientes más delicadas de la magia y que ninguna poción elaborada por un Prince fracasaba mientras una de ellas permaneciera sobre el caldero. Sin embargo, existía un antiguo dicho entre sus descendientes: Cuando un Prince rompía un lazo verdadero y una mariposa moría frente a él, el destino ya había elegido su castigo. Estaba condenado a conocer un amor tan profundo como doloroso, uno que consumiría lentamente su corazón hasta convertir la pérdida en una segunda piel.
Los Malfoy preferían los pavos reales albinos. Sus jardines resplandecían bajo plumas blancas que ningún invierno lograba ensuciar. Las aves caminaban entre las estatuas como si fueran los verdaderos propietarios de las mansiones, y se decía que desplegaban la cola únicamente en presencia de una traición inevitable.
Los Malfoy aseguraban que aquello era una muestra de elegancia. Sus enemigos sospechaban que era una advertencia. Los Rosier heredaban una afinidad tan profunda con las rosas negras que estas florecían incluso sobre tierra estéril. Los Ollivander podían escuchar el murmullo de la madera antes de convertirla en varita. Los Abbott encontraban agua donde ningún mapa la registraba. Los Selwyn conservaban el raro don de caminar entre nieblas sin perder jamás el rumbo. Los Burke eran capaces de reconocer la historia de un objeto con solo rozarlo, aunque cada recuerdo recuperado les arrebatara uno propio. No todos los legados eran bendiciones.
Existían familias cuyos hijos nacían incapaces de pronunciar una mentira sin perder la voz durante días. Otras transmitían sueños proféticos que lentamente consumían la cordura de quien los recibía. Algunas mujeres veían marchitarse las flores al entrar en una habitación; otros hombres no podían envejecer con normalidad y permanecían jóvenes hasta que la muerte los alcanzaba de golpe.
La nobleza mágica llamaba a todo aquello pureza. Los viejos magos preferían otra palabra. Precio. Porque cada generación heredaba algo más que un apellido. Heredaba deudas, juramentos y pecados que ningún heredero había cometido. Y aun así, temporada tras temporada, las familias continuaban celebrando bailes, conciertos y banquetes. Concertaban matrimonios como si movieran piezas sobre un tablero invisible, convencidas de que la siguiente unión conservaría intacta aquella frágil arquitectura llamada sangre pura. Pocas veces se detenían a considerar una posibilidad mucho más inquietante. Que la magia recordara la sangre... pero el alma no.
@villanta13 Hola. Espero que no te moleste que haya tomado un par de ideas de tus videos como inspiración para esta historia. Me gustó mucho la forma en que abordaste esos conceptos y terminaron despertando mi imaginación para crear algo con un enfoque y desarrollo propios. Quería darte las gracias porque, de alguna manera, tu contenido fue el punto de partida para este proyecto. Va a ser una historia bastante extensa, así que, si algún día tienes tiempo y te animas a leer el capítulo inspirado en uno de tus videos, me haría muchísima ilusión conocer tu opinión.
¡Gracias por inspirarme y por el contenido que compartes!
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El cuervo del señor tenebroso
FanfictionHay quienes nacen rodeados de privilegios, convencidos de que la sangre dicta su destino. Otros crecen entre la pobreza, el abandono y la violencia, aprendiendo que sobrevivir es más importante que cualquier apellido. Severus Snape pertenece a este...
