Estaba allí, observando a la luna directo a los ojos, o eso me gusta imaginar. Dotar de cualidades humanas a los cuerpos celestes me suele ayudar a tranquilizar mi mente incluso aunque en medio de la carretera donde me encontraba, el frío penetraba por el agujero de cuchillo que me hice recientemente. Sin embargo en ese punto el sueño ya estaba a punto de terminar. Si, siempre pasaba igual, al final de cada ensoñación la escena de la deshabitada calle y la resplandeciente luna mirándome a mis ojos es una constante bastante dolorosa, pero ese mismo pulso hace que despierte de un brinco de mi cama. Ya lo ves, ya está pasando, ya estoy abriendo los ojos al cerrar mis pupilas, y todo esto acabará pronto, y volveré a mi hogar, a mi habitación, a mi cama, a mi-
YA!, ya casi, se los dije, todo pasará, acabará en tres, dos...
Abrí mis ojos en ese momento, hice lo de siempre, tratar de calmar mi corazón agitado, recorrer con mis pupilas de lado a lado inspeccionando cada esquina de mi habitación en búsqueda de detalles imperfectos que no cuadraran con mi realidad, pero todo parecía estar bien. Nuevamente me costaba respirar, mientras el bombardeo de ruidos e imágenes en mi cabeza se disipaba poco a poco, eliminando todo recuerdo de esa escena. Esa la cual por mucho que trate de reimaginar, nunca logro entender en qué consistía exactamente.
Otra vez me paré en el balcón, desde allí, el tercer piso, podía observar la deambulante armonía de las calles vacías. Otra vez había pasado, otra vez eran las tres de la mañana.
Eché un suspiro y me arrodillé mientras pegaba con un suave golpe mi frente sobre la ventana. Era fría, húmeda, y la semi transparencia del vidrio sucio me ayudaba a distorsionar el rostro de los inquilinos que permanecían despiertos en los caros apartamentos del frente. Nuevamente mi mente comenzó a divagar, a crear escenarios ficticios donde hubiera tomado otras decisiones en el pasado. Quizás estaría yo allí, mirando al mundo desde arriba, preocupándome por cosas banales y siguiendo aquellos patrones sociales que evitan el sobre pensamiento. Si, sería menos consciente eso sí, pero seguramente más felíz bajo esa simpleza.
Bajé al primer piso, uno que parece ser un sótano, lo suelo hacer en silencio para no arruinar los sueños de mi madre y abuela. Necesitaba tomar algo urgente, pues parecía ser que durante ese sueño me la pasé susurrando sin parar. Caminé por el pasillo, entre las columnas y arcos que transicionaban de la sala a la cocina. Pasé al lado de la habitación de mi madre, no estaba. Pasé por la habitación de mi abuela, no estaba. Pasé por la tercera habitación, tampoco estaban. Pasé por la cuarta habitación... Nosotros no teníamos cuarta habitación.
Nunca había visto esa puerta. No, no solo era la puerta, era la habitación como tal, no estaba allí. Observé con más detenimiento la supuesta sala, pero me percaté de ciertos errores arquitectónicos que nunca estuvieron allí. Las esquinas, eran las esquinas lo sé. Si las miras por detenimiento están un poco más inclinadas, como si quisieran formar un triangulo. No, no, no, no. Quizás aún esté muy cansado, quizás esa habitación si estuvo allí, solo que mi estúpida memoria no la recordaba. Dude por unos minutos, pero la abrí y entré.
Un hada, ¿Eso era un hada?.
Algo pasó muy rápido a mi lado, parecía una polilla al principio, pero juro que logré ver una forma humanoide. Lo sabía, las hadas existen, la seguiré. Ella me guiará en esta oscuridad. Siempre he creído en las hadas, aunque también solía tenerles miedo, pero era inevitable la fascinación que sentía hacía ellas. Eran extrañas, pequeñas, mágicas, libres. Podían hacer lo que quisieran, inclusive podían atravesar las paredes de esta casa. La seguí por el pasillo de la habitación que acababa de entrar, era largo, estrecho, casi claustrofóbico, pero me arropaba con un extraño clima fresco. El pasillo era tan largo que casi ni se podía apreciar la puerta en la otra punta de la habitación. En las paredes de ese pasillo había cientos de ventanas, cada una mostrando un mundo diferente. Uno mostraba una enorme pradera soleada con sonidos de pájaros murmurando historias. Otro daba a un bosque de nieve roja cuya lluvia convertía los árboles en memorias. Otra mostraba a mis amigos sin cara flotando en medio de un océano de nubes infinitas. La última, no quiero hablar de la última.
Llegué a la puerta, donde el hada había ya traspasado al otro lado. Antes de entrar, eché un último vistazo a una de las ventanas, era mi favorita. Era una oscuridad absoluta, ni un solo reflejo, ni un solo tono o semitono que se desprendiera de la oscuridad más absoluta. De la nada, comenzaron a surgir estrellas, rondando armoniosamente en la penumbra. Era hermoso, me hipnotizó aquel espectáculo de destellos azules. Eran ellas, siempre estuvieron allí, las estrellas, sonriendo y burlándose de mis decisiones, pero aún así las perdonaba, porque algún día sería como ellas.
Crucé la puerta, absorto en mis recuerdos. Yo recordaba este piso, esta textura, esta sensación, esté frío. Yo nunca olvidaré lo que ella me hizo sentir. Caminé y caminé por el concreto, tenía miedo de mirar al frente, por lo que permanecí con mi cabeza agachada. Pero el hada pasó en frente de mis ojos rápidamente, y no pude evitar seguirla hasta arriba con mi mirada. El hada siguió volando escapando de mis ojos, pues al parecer disfrutaba de querer ser vista, pero no permitir que lo consiguiera. Me recordaba a alguien, pero no podía recordarlo. Saben, de hecho todo esto me recordaba a algo, la calle, el frío, el dolor, la luna...
La luna, estaba allí. Estaba arriba, no, siempre estuvo aquí. En cada calle, habitación o pared donde me encerrara. Creí que si me encerraba en mi mundo podía escapar de su mirada. Pero la luna me trajo hasta aquí, a esta calle, a este momento, y ahora ya sé lo que va a pasar. El dolor, el dolor está volviendo, no quiero que ella me siga mirando, basta, basta, basta, basta, basta, basta, basta, basta. Deja de mirarme, ya sé lo que hice, no quería hacerlo, el bosque estaba frío aquella vez, no tenía opción, tenía mucha hambre, el dolor era insoportable. Solo tú fuiste testigo luna, porque mientras comía los restos de mi madre tú seguiste observando. ¿No podías haber volteado tu mirada y fingir que nada pasó? Estás enferma, y hasta el día de hoy sigues mirándome.
Comencé a sentir ese dolor otra vez, la tortura del hambre, y el frió que sentí esa vez en el bosque volvió. Esa noche había viajado con mi madre, estábamos escapando de mi padre, por lo que teníamos que escondernos en algún lugar entre los espesos árboles. Pero en medio de la huida caímos y su pierna se rompió. No quería huir pero tampoco quería morir, por lo que la acompañé mientras sus ojos se apagaban y su cuerpo se pudría. El hambre aumentaba pero las estrellas brillaban. En verdad quería ser como ellas, simplemente estar allí arriba sin preocuparme por nada, riendo de los demás y seguir brillando como si nada. Pero yo no era una estrella, nunca la sería, siempre supe y me recordaron constantemente que no la sería. Pero tenía hambre, tenía mucha mucha hambre, toda mi vida tuve hambre, y mi madre nunca permitió que yo pasara hambre, por lo que esta vez gracias a su cuerpo, no sería distinto. Pero la luna me vió, y nunca dejó de mirarme.
Caminé por días y noches, hasta llegar a la carretera, estaba de camino a casa, y finalmente había llegado. Solo eran unos pasos más, solo tenía que traspasar la calle y todo estaría bien, la sangre y el agujero de mi estómago pasarían desapercibidos, y nadie notaría nada, porque igualmente siempre he sido invisible para todos. Llegaré y.
El auto pasó.
El auto se detuvo.
El auto me vió.
El auto se fué.
El auto.
El auto.
Estaba allí, observando a la luna directo a los ojos, o eso me gusta imaginar. Dotar de cualidades humanas a los cuerpos celestes me suele ayudar a tranquilizar mi mente incluso aunque en medio de la carretera donde me encontraba el frío penetraba por el agujero de cuchillo que me hice recientemente. Sin embargo en ese punto el sueño ya estaba a punto de terminar. Si, siempre pasaba igual, al final de cada ensoñación la escena de la deshabitada calle y la resplandeciente luna mirándome a mis ojos es una constante bastante dolorosa, pero ese mismo pulso hace que despierte de un brinco de mi cama. Ya lo ves, ya está pasando, ya estoy abriendo los ojos al cerrar mis pupilas, y todo esto acabará pronto, y volveré a mi hogar, a mi habitación, a mi cama, a mi-
YA!, ya casi, se los dije, todo pasará, acabará en tres, dos...
