No todos los héroes desean serlo.
Mientras Troya arde y el mundo que conocía se convierte en cenizas, Eneas recibe un destino imposible: abandonar su hogar para fundar una nación que jamás verá en todo su esplendor. Guiado por dioses caprichosos y p...
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•Prologo•
El comienzo....
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Bueno... no sé muy bien por dónde empezar.
Si esta carta ha llegado a tus manos, supongo que lo correcto es presentarme. Aunque, para entender quién soy, primero debes conocer la historia que los mismos dioses del Olimpo me contaron.
Todo comenzó en el Olimpo.
Era un día como cualquier otro. Los dioses celebraban, discutían y se divertían con los asuntos de los mortales. Afrodita reía junto a su hijo, Eros, observando cómo sus flechas hacían florecer amores imposibles entre dioses y humanos. Sin embargo, aquella diversión no era del agrado de todos.
Zeus, cansado de los caprichos de la diosa del amor, decidió intervenir.
Eros se encontraba tranquilamente en el palacio de su madre, puliendo con cuidado una de sus preciadas flechas de oro. El silencio fue interrumpido por un estruendo que hizo temblar el cielo. Un rayo iluminó el lugar y, entre las nubes, apareció el rey de los dioses.
-Eros -dijo Zeus con una voz que retumbó por todo el Olimpo-. Ve y haz que tu madre se enamore de un mortal.
El joven dios abrió los ojos de par en par.
-¿Qué? ¡No! ¿Por qué haría algo así? Aunque... siendo sincero, tampoco sería tan extraño viniendo de ella... -murmuró, recordando con un escalofrío algunas de las aventuras amorosas de Afrodita.
Zeus lo miró con severidad.
-Si te niegas, convertiré en cenizas, con uno de mis rayos, todo aquello que ames.
Eros apretó los dientes y soltó un suspiro de frustración.