Capitulo 13

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Disclaimer: Los Vengadores no nos pertenecen, son de Disney y de Marvel. Solo la historia me pertenece.

1954

Después de tres años de los últimos avances del Proyecto Reproducción, la doctora Débora Volkov permanecía sentada detrás de su amplio escritorio de madera, revisando con atención los expedientes más recientes del programa.

‎Uno de ellos llamó especialmente su atención.

‎Correspondía al recién nacido del Proyecto Reproducción.

‎El informe era impecable. El bebé había llegado al mundo con un excelente estado de salud y, tras los análisis realizados durante las primeras semanas de vida, los científicos confirmaron que el suero del supersoldado circulaba de manera estable por sus venas. Su organismo lo había aceptado sin presentar rechazo alguno, superando todas las expectativas del equipo de investigación.

‎Una leve sonrisa apareció en el rostro de Débora.

‎-Exactamente como lo habíamos previsto... -murmuró mientras cerraba el expediente.

‎María Petrova se había convertido en madre por primera vez, cumpliendo las órdenes del comandante Petrova. Para él, aquel nacimiento no era únicamente un motivo de orgullo familiar, sino la prueba de que su linaje podía fortalecerse con la misma ventaja biológica que durante años había distinguido a la familia Volkov.

‎Su objetivo era claro: que las futuras generaciones de los Petrova heredaran el suero del supersoldado desde el nacimiento y aseguraran la continuidad del programa durante las décadas siguientes.

‎Débora dejó el expediente sobre el escritorio y, de manera casi instintiva, apoyó una mano sobre su propio vientre, donde el embarazo de cinco meses ya era imposible de ocultar bajo la bata blanca.

‎Aquel sería su segundo hijo.

‎Había aceptado volver a participar en el Proyecto Reproducción por petición expresa de su padre, el general Viktor Volkov. Para él, ampliar la familia no respondía únicamente a un deseo personal, sino a una estrategia cuidadosamente planeada. Cada nuevo descendiente representaba una oportunidad para consolidar el legado de los Volkov y demostrar que el proyecto podía perpetuar el suero del supersoldado de generación en generación.

‎Débora guardó unos segundos de silencio mientras acariciaba suavemente su vientre.

‎Sabía que aquel segundo embarazo también sería observado por decenas de científicos. Cada revisión médica, cada análisis de sangre y cada cambio en el desarrollo del bebé quedarían registrados en interminables expedientes que pasarían por las manos de médicos, genetistas y altos mandos del proyecto.

‎No era únicamente una madre esperando el nacimiento de su hijo. Se había convertido en la principal evidencia viviente de que el Proyecto Reproducción avanzaba exactamente como había sido concebido.

‎Con expresión serena, abrió la gruesa carpeta que descansaba sobre su escritorio y continuó revisando la documentación correspondiente a los preparativos de la futura Sala Roja. Los informes detallaban el avance de las instalaciones, la selección del personal encargado del entrenamiento, los protocolos de seguridad y los programas de adoctrinamiento que comenzarían a aplicarse en los próximos años.

‎Cada página reflejaba meses de planificación. Todo debía quedar listo para cuando la siguiente generación estuviera preparada para iniciar su formación. Nada podía dejarse al azar.

‎Mientras repasaba los documentos, apoyó una mano sobre su vientre de manera inconsciente.

‎Los médicos confirmaban que el embarazo evolucionaba con normalidad y que el desarrollo del bebé seguía cumpliendo todas las expectativas. Aun así, sabía que tanto ella como su hijo continuarían siendo objeto de un seguimiento constante por parte del equipo científico.

‎Un leve sonido interrumpió el silencio de la oficina.

‎La puerta se abrió lentamente.

‎Débora levantó la vista y observó a un pequeño niño rubio de tres años que se asomaba con timidez desde el pasillo. Sus ojos azules recorrieron la habitación hasta encontrarse con los de su madre. Permanecía en silencio mientras se sujetaba el brazo donde, hacía apenas unos minutos, los médicos le habían tomado una nueva muestra de sangre.

‎La expresión de Débora cambió por completo.

‎La frialdad con la que acostumbraba dirigirse a científicos y oficiales desapareció durante unos instantes, sustituida por una mirada cálida que muy pocas personas llegaban a conocer.

‎-Ya estás enojado porque te volvieron a pinchar tu bracito, ¿verdad? -dijo con un tono maternal, aunque procuró no demostrar demasiado afecto delante de sus superiores-. Ven aquí.

‎El pequeño caminó hasta ella sin decir una palabra.

‎Débora lo ayudó a subir a sus piernas con cuidado, procurando no ejercer presión sobre su embarazo. Después tomó con delicadeza su pequeño brazo y observó el diminuto vendaje colocado por los médicos.

‎-Solo fue un momento... Ya pasó.

‎El niño frunció ligeramente el ceño antes de apoyar la cabeza sobre el hombro de su madre.

‎Débora acarició con suavidad su cabello rubio.

‎Sabía perfectamente por qué realizaban aquellas pruebas de manera constante. Cada análisis permitía estudiar cómo el suero del supersoldado se transmitía de forma natural a la siguiente generación. Para los científicos, el pequeño representaba una fuente invaluable de información.

‎Pero para ella, durante aquellos breves instantes, no era un sujeto de estudio.

‎Era simplemente su hijo.

‎John era fruto del Proyecto Reproducción y también hijo biológico de Steve Rogers. Sin embargo, entre ambos no existía ningún vínculo. Steve jamás había conocido al niño y, debido al constante condicionamiento al que era sometido, tampoco conservaba recuerdos que le permitieran reconocerlo.

‎El hombre que una vez había sido Steve Rogers había sido convertido en el Soldado del Invierno, un arma obediente sin memoria de su pasado ni de las personas que alguna vez formaron parte de su vida.

‎Mientras el niño permanecía abrazado a ella, Débora volvió la mirada hacia los documentos de la Sala Roja. Sobre el escritorio descansaban varios expedientes relacionados con los preparativos del programa. Informes médicos, listas de niñas seleccionadas y órdenes firmadas por el alto mando estaban perfectamente organizados. Todo avanzaba conforme a los planes establecidos.

‎El silencio de la oficina solo era interrumpido por el sonido de las hojas al pasar.

‎-Mamá... -dijo John, levantando la vista hacia ella con sus ojos azules.

‎Débora dejó el expediente a un lado y, por primera vez desde que había entrado en la oficina, centró toda su atención en su hijo.

‎-John, sé que quieres mi atención -dijo con calma-. Pero necesito que escuches con mucha atención.

‎El niño permaneció en silencio, esperando lo que iba a decir.

‎-Hoy verás a tu padre. En este momento se encuentra cumpliendo una misión y regresará esta noche antes de que vuelvan a criogenizarlo.

‎Los ojos del pequeño se iluminaron con una mezcla de curiosidad y alegría.

‎Débora mantuvo su expresión seria.

‎-Quiero que recuerdes algo muy importante. Jamás lo llames "papá". Para ti está prohibido tener cualquier vínculo con él. No debes acercarte a él como si fuera tu padre ni esperar que te reconozca.

‎John bajó lentamente la mirada.

‎-Él no sabe quién eres. No recuerda absolutamente nada de su vida anterior. Para él, tú eres solo otro niño dentro de este complejo.

‎El pequeño comprendió las palabras de su madre y asintió obedientemente.

‎-Sí, mamá.

‎Débora acarició con suavidad su cabeza.

‎-Buen niño.

‎John volvió a abrazarla durante unos segundos antes de bajar de su regazo.

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⏰ Última actualización: 7 hours ago ⏰

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