Prologo

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Prólogo

La ciudad tenía dos rostros.

Durante el día parecía un lugar como cualquier otro. Las calles se llenaban de niños que corrían detrás de un balón, de vendedores ambulantes que anunciaban su mercancía a todo pulmón y de personas que caminaban con prisa hacia sus trabajos, creyendo que aquel era un sitio donde aún era posible construir una vida tranquila.

El aroma de la comida recién hecha salía de los pequeños puestos instalados en las esquinas, los autobuses recorrían las avenidas abarrotadas y las risas se mezclaban con el ruido constante del tráfico. Desde lejos, cualquiera pensaría que aquella ciudad era simplemente otro lugar más en el mapa.

Pero las apariencias siempre mienten.

Porque cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios y el cielo cambiaba su color azul por tonos anaranjados y púrpuras, algo también cambiaba en las calles.

Las persianas de algunos negocios bajaban antes de tiempo.

Las familias apresuraban el paso para llegar a casa.

Las madres llamaban a sus hijos desde las puertas y les recordaban que no permanecieran afuera después del anochecer.

Y entonces aparecía el verdadero rostro de la ciudad.

Uno donde el miedo tenía nombre.

Donde las luces de neón iluminaban bares clandestinos, casinos ilegales y negocios que jamás figuraban en ningún registro oficial.

Donde el dinero compraba lealtades, silencios y traiciones.

Donde un apretón de manos podía significar una alianza... o una sentencia de muerte.

Allí, el poder no pertenecía a quienes ocupaban oficinas elegantes ni llevaban trajes impecables.

El verdadero poder estaba oculto entre las sombras.

Lo controlaban personas cuyos nombres apenas se susurraban por temor a que alguien los escuchara.

Hombres capaces de destruir familias enteras con una simple orden.

Personas que jamás ensuciaban sus propias manos, porque siempre había alguien dispuesto a hacerlo por ellas.

En aquella ciudad nadie era completamente inocente.

Solo existían quienes sobrevivían... y quienes no.

En uno de los barrios más humildes, donde las casas mostraban el paso del tiempo y los sueños parecían desmoronarse junto con las paredes, vivía Armando.

Tenía diecinueve años.

No conocía el lujo.

No sabía lo que era dormir sin preocuparse por el dinero del día siguiente.

Compartía una pequeña casa con su madre, quien trabajaba incansablemente para mantenerlos a flote, aunque el esfuerzo nunca parecía ser suficiente.

Desde muy joven entendió que la vida rara vez era justa.

Mientras otros disfrutaban de fiestas, vacaciones o lujos, él aprendía a contar cada moneda antes de comprar comida.

Trabajaba donde pudiera.

Cargaba cajas, limpiaba locales, repartía pedidos y aceptaba cualquier empleo que le permitiera llevar algo de dinero a casa.

No soñaba con convertirse en millonario.

Ni con coches deportivos.

Ni con mansiones.

Su único sueño era mucho más sencillo.

dos mundos, un destino | BrimigaStories to obsess over. Discover now