Hay días que uno recuerda por lo que pasó.
Y hay otros que solo parecen un martes cualquiera... hasta que, años después, descubres que ese fue el día en que todo volvió a empezar.
El despertador sonó a las cinco y media de la mañana ese martes. Beep. Beep. Beep. Un sonido agudo, metódico y desalmado.
Tammara estiró el brazo cansado por debajo de la almohada blanca, tanteando las sábanas frías hasta dar con el celular. Apagó la alarma de un manotazo torpe sin abrir los ojos.
—"Cinco minutos. Solo pido cinco minutos más de paz",— pensó, volviendo a hundir el rostro en el colchón gastado.
El silencio duró apenas unos segundos.
La habitación todavía estaba en penumbra. Una cortina blanca dejaba pasar los primeros rayos de un amanecer gris. Sobre la cómoda descansaban un perfume casi vacío, una fotografía vieja boca abajo y un recibo de la luz sujeto con un imán que llevaba tres días recordándole que debía pagarlo.
Del otro lado de la pared se escuchaba el dibujo animado que algún vecino ponía todas las mañanas exactamente a la misma hora.
Tammara ya podía decir qué capítulo estaban viendo solo por las voces.
—Mami...
Tammara entreabrió un ojo. Bruno estaba de pie junto a la cama, despeinado, arrastrando una cobija azul de dinosaurios. Con su tez pálida, su cabello negro como el carbón y esos ojos oscuros, verlo era como mirar un fantasma del pasado.
—Tengo hambre —anunció Bruno con voz dramática.
—Buenos días a ti también, mi amor —murmuró Tammara con la voz ronca por el sueño.
—Y Noah dice que no encuentra un zapato —agregó el niño.
Desde el pasillo llegó una pisada fuerte, seguida por el sonido de un pie descalzo arrastrándose. Noah apareció bajo el marco de la puerta, cruzado de brazos, con el ceño fruncido y vistiendo un solo tenis azul. Misma piel blanca, mismo cabello oscuro.
—¡Porque tú lo escondiste! —se quejó Noah dando un paso al frente—. ¡Apuesto a que lo pusiste debajo del sofá!
—¡Yo no fui! —protestó Bruno abriendo mucho los ojos—. ¡Tú lo dejaste ahí ayer cuando jugábamos a los autos!
—¡Claro que no! ¡Tú dijiste que el sofá era un taller mecánico!
—¡Niños, por favor! —intervino Tammara, sentándose en la orilla de la cama.
Se pasó las manos por la cara y miró de reojo su reflejo en el espejo del peinador.
Tammara tenia veinticuatro años y todos decían que parecía de treinta. Las ojeras ya ni con maquillaje se le disimulan, el rubio del tinte pidiendo a gritos un retoque para tapar las raíces oscuras... pero bueno, el piercing que se hizo a los quince años en la nariz seguia en su lugar. Algo de la antigua Tammara quedaba.
Se recogió el cabello en una coleta alta.
—Otro mes más...
Prometía retocarse el cabello desde hacía semanas.
———
Cinco minutos después ya estaban todos de pie.
La cocina era pequeña, colorida y caótica. Paredes de un tono beige, electrodomésticos blancos y un refrigerador repleto de imanes de frutas y dibujos hechos con crayones.
Mientras el café comenzaba a gotear dentro de la cafetera, puso pan a tostar, revisó la lonchera de los niños y abrió el refrigerador, había: media botella de leche, huevos, mermelada, un recipiente con sopa de la noche anterior.
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Restos
Mystery / ThrillerTammara nunca imaginó que, a sus veinticuatro años, su vida cabría entre las paredes de una pequeña casa prestada. Comparte sus días con Noah y Bruno, sus hijos gemelos de cinco años, y con Chuy, la mujer que decidió abrirle la puerta cuando ya no t...
