"Dicen que todos tenemos una historia de amor. Durante mucho tiempo pensé que la mía todavía no había comenzado."
Tenía aproximadamente veintiséis años cuando esta historia empezó.
No porque ese fuera el primer hombre que conocí, sino porque fue la primera vez que comprendí que el amor podía cambiar una vida sin siquiera pertenecerle.
Siempre fui una muchacha silenciosa, me limitaba a observar, a desear las cosas, más no las decía, me las imaginaba y me conformaba con ese sentimiento de pensar que era mi sueño interno, un sueño que muy en el fondo sabía que jamás se cumpliría.
No soy de las chicas que llaman la atención al entrar a un lugar, soy más de las que pasan desapercibidas, de las que escuchan más de lo que hablan. Aprendí a disfrutar la compañía del silencio mucho antes de que aprendiera a disfrutar la de las personas.
Mientras muchas personas hablaban de fiestas, salidas o aventuras, yo pasaba horas leyendo frases de amor. Me gustaban los poemas, las cartas antiguas y esas palabras que hacían creer que el amor era capaz de vencer cualquier distancia.
A veces hasta guardaba frases en el celular pensando:
"Algún día tendré a quién dedicárselas."
Ese "algún día" tardó mucho en llegar, e incluso siento que a estas alturas no ha llegado.
Siempre he sido una mujer profundamente romántica.
No de las que esperan flores todos los viernes, sino de las que encuentran amor en los pequeños detalles.
Un "¿ya llegó bien?".
Una taza de café compartida.
Una mano buscando la otra mientras caminan.
Un abrazo largo después de un día difícil.
Siempre soñé con casarme, admito que nunca lo he aceptado en voz alta. Me daba vergüenza reconocer que, detrás de la mujer independiente que intentaba mostrar, vivía una niña que todavía imaginaba un vestido blanco, una casa llena de risas y alguien esperándola al final del día.
También decía que no quería hijos. Era más fácil decir eso que aceptar cuánto deseaba escuchar algún día una pequeña voz llamándome mamá.
Mi mayor sueño nunca fue viajar por el mundo.
Nunca fue hacerme rica.
Nunca fue ser famosa.
Mi sueño siempre fue mucho más sencillo.
Quería una casa... Un hogar.
Una mesa donde siempre hubiera alguien esperándome para cenar.
Y un amor que eligiera quedarse incluso cuando los días dejaran de ser fáciles.
Pero había algo que nunca le decía a nadie. Me dolía la soledad. No la soledad de una habitación vacía. Sino esa que aparece cuando miras alrededor y parece que todos encuentran un lugar en el corazón de alguien mientras tú sigues preguntándote, en silencio, cuándo llegará tu turno.
Muchas noches me acostaba pensando si algún día alguien sería capaz de quererme con la misma intensidad con la que yo estaba dispuesta a querer.
Nunca imaginé que la vida respondería esa pregunta de una manera tan hermosa...
...y al mismo tiempo tan imposible.
Porque antes de Lucas...
Antes de Bruno...
Antes de Adrián ...
Hubo un hombre que cambió para siempre mi forma de entender el amor.
Su nombre era Gabriel...
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El eterno atardecer
Non-FictionHay historias que comienzan con un beso. La mía comenzó mucho antes, con silencios, despedidas, sueños que no fueron, cartas que nunca envié y la esperanza terca de que algún día alguien me mirara como yo siempre he mirado a los demás. Entre termina...
