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Un nuevo comienzo

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"A veces el destino no toca la puerta... simplemente entra sin pedir permiso."

📍 Guadalajara, Jalisco
🗓️ Lunes | 6:00 a. m.

El sonido de la alarma rompió el silencio del pequeño departamento.
-Cinco minutos más... -murmuré con la voz todavía adormilada mientras escondía la cara entre la almohada.
Cinco minutos que, como siempre, terminaron siendo apenas treinta segundos.
Suspiré, apagué la alarma y me senté al borde de la cama. La luz del amanecer comenzaba a entrar por la ventana, iluminando poco a poco la habitación. No era un departamento grande ni lujoso. Tenía una pequeña sala, una cocina sencilla, un baño y una habitación donde apenas cabían la cama, un escritorio lleno de apuntes y un clóset.
No era el lugar con el que soñaba cuando era niña.
Pero era mío.
Y cada peso que pagaba por él representaba un paso más hacia la vida que quería construir.
Me levanté despacio y corrí la cortina.
Guadalajara ya estaba despertando.
Los primeros autos pasaban por la avenida, algunas personas caminaban con prisa rumbo al trabajo y el cielo comenzaba a pintarse de tonos anaranjados.
Sonreí un poco.
-Un día más...
Entré al baño, me lavé la cara y me observé unos segundos frente al espejo.
Mi cabello castaño caía sobre mis hombros todavía un poco despeinado. Mis ojos cafés reflejaban el cansancio de combinar la universidad con el trabajo, pero también las ganas de salir adelante.
-Vamos, Dayana... tú puedes.
Después de bañarme, me puse el uniforme del restaurante: un vestido negro elegante, perfectamente planchado. Recogí parte de mi cabello, me puse un poco de perfume y tomé mi mochila.
Antes de salir, preparé un desayuno sencillo. Mientras el café terminaba de hacerse, abrí una libreta donde tenía anotadas mis metas.
La primera estaba escrita con letras grandes.
Terminar la carrera de Criminología y Criminalística.
La observé unos segundos.
Era el motivo por el que había dejado a mi familia para venir a estudiar a Guadalajara.
Era el motivo por el que trabajaba todos los días.
Y también era el motivo por el que jamás pensaba rendirme.
Guardé la libreta nuevamente y tomé las llaves.
-Nos vemos en la noche... -dije riéndome al departamento vacío antes de cerrar la puerta.
Las calles de Guadalajara ya tenían movimiento.
Había personas esperando el camión, estudiantes caminando con mochilas al hombro y vendedores acomodando sus puestos.
Siempre me gustaba observar a la gente.
Cada persona parecía tener una historia distinta.
Mientras caminaba, mi celular vibró.
Mamá ❤️
Sonreí de inmediato.
-¿Bueno?
-Buenos días, hija. ¿Ya vas para el trabajo?
-Sí, ma. Ahorita voy caminando.
-No olvides desayunar bien. Luego por andar con prisas nomás tomas café.
Reí.
-Sí desayuné.
-¿Y la universidad?
-Todo bien. Hoy salgo un poquito más tarde.
-Qué bueno. Estamos orgullosos de ti.
Esas palabras siempre lograban hacerme sonreír.
Platicamos unos minutos más antes de despedirnos.
Guardé el teléfono y seguí caminando.
A los pocos minutos apareció frente a mí el elegante edificio donde trabajaba.
Un enorme letrero dorado anunciaba el nombre del restaurante.
La Rosa D'Or.
Era uno de los restaurantes franceses más reconocidos de Guadalajara.
Respiré profundo antes de entrar.
-Buenos días.
-¡Dayana! -escuché una voz conocida.
Al voltear vi a Daniel Cruz, uno de los meseros del restaurante y, sin duda, el más bromista de todos.
-Buenos días, Daniel.
-¿Lista para sobrevivir otro turno?
-No exageres.
-Eso dices ahorita. Espérate a que lleguen veinte mesas al mismo tiempo.
Solté una pequeña risa.
-Siempre tan positivo.
-Alguien tiene que ponerle ambiente a este lugar.
Los dos entramos riendo hasta que una voz seria nos hizo detenernos.
-Buenos días.
Era Roberto Castillo, el gerente.
Siempre impecable, con traje oscuro y una expresión que imponía respeto.
-Buenos días, señor Roberto -respondimos al mismo tiempo.
-Quiero que todos pongan mucha atención.
Los meseros comenzaron a reunirse alrededor.
-Hoy recibiremos clientes muy importantes. Quiero el mejor servicio posible. Nada de errores, nada de distracciones y, sobre todo, mantengan la misma calidad que caracteriza al restaurante.
Todos asentimos.
-¿Entendido?
-Sí, señor.
Roberto observó a cada uno antes de retirarse.
Daniel soltó el aire lentamente.
-Cada vez que habla siento que me van a despedir.
-Ni hiciste nada.
-Por eso. Imagínate cuando haga algo.
No pude evitar reír.
Las primeras horas transcurrieron con normalidad.
Atendí familias, parejas, empresarios y turistas.
Había aprendido que una sonrisa sincera muchas veces hacía que los clientes se sintieran bienvenidos.
Era un trabajo cansado.
Pero me gustaba.
Cerca del mediodía, cuando el restaurante comenzaba a llenarse por completo, Roberto volvió a recorrer el salón verificando que todo estuviera en orden.
El ambiente era elegante.
El sonido suave del piano llenaba el lugar mientras los clientes conversaban tranquilamente.
Parecía un día como cualquier otro.
Hasta que un sonido diferente llamó la atención de todos.
El rugido de varios motores se escuchó afuera del restaurante.
Algunos clientes voltearon hacia los enormes ventanales.
Daniel frunció el ceño.
-¿Y ahora quién llegó?
Yo también levanté la mirada.
Tres camionetas negras acababan de detenerse frente a la entrada.
Las puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Sin saberlo...
aquel momento estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.

Entre balas y rosasStories to obsess over. Discover now